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¿Sabías que de las siete maravillas del mundo antiguo sólo queda una en pie?

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Los secretos de las siete maravillas del mundo, contados en un libro

De las siete maravillas del mundo antiguo sólo queda una en pie -la gran pirámide de Keops, en Giza-, y fragmentos de algunas otras reservadas en museo. Algunos elementos del Mausoleo de Halicarnaso, por ejemplo, fueron reutilizados en construcciones posteriores, y hoy reposan en el British Museum de Londres, junto a algunas partes del Templo de Artemisa. Del faro de Alejandría, se sabe que algunas piezas están aún bajo el mar, desperdigadas, después de que un terremoto lo derribase. La estatua del Zeus Olímpico, que según algunas fuentes sobrevivió hasta el siglo V, al haber estado hecha de oro y marfil, pereció, seguramente en la medida en la que sus materiales fueron también reutilizados para otras piezas. De los jardines colgantes de Babilonia, como del Coloso de Rodas, no queda ni el polvo.

Pero nada de ello es óbice para que el arqueólogo, historiador y escritor Valerio Manfredi, uno de los más conocidos expertos en la Antigüedad clásica –autor de Odiseo y Alexandrós, entre otros-, publique su más reciente texto a propósito de estas maravillas, titulado –obviamente- Las Maravillas del Mundo Antiguo.

El texto, según se lee en la nota publicada por Jacinto Antón en El País, es “un viaje a través de los siglos para visitar esos monumentos en todo su esplendor, y conocer cómo fueron construidos y cómo se disolvieron (…) en el polvo del tiempo”.

Pero, además, el texto de Manfredi es rico en anécdotas y detalles poco conocidos incluidos en estas maravillas. Por ejemplo, es poco sabido que Fidias, el escultor de la estatua crisoelefantina del Zeus de Olimpia, incluyó en el dedo de la imagen del padre de los dioses olímpicos una declaración de amor; o que el Coloso de Rodas estaba condenado a caer desde el momento mismo de su construcción, de inestable que era; o que lo que hacía al faro de Alejandría especial no era tanto su tamaño como el complejo sistema giratorio de los espejos que proyectaban su luz; o que el Templo de Artemisa contaba con el primer sistema antisísmico del que se tenga registro en la historia.

El autor, que decidió emprender la tarea de escribir este libro mientras diseñaba un proyecto de restauración para un templo en Sicilia, señaló que todas estas grandes obras coexistieron en un breve período de la historia, entre los años 300 y 227 antes de Cristo, año en el que cayó el Coloso, y tienen en común no sólo haber sido obras señeras de las civilizaciones que conquistó Alejandro sino, además, fruto de una era “fantástica, increíble, osada (…) una civilización que creó la conciencia de que no hay nada imposible”.

Para leer la nota completa de Jacinto Antón, en El País de España, puede hacer clic aquí.

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