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Somos unos padres ejemplares, ¿por qué entonces los hijos no nos hacen caso?

Kathleen Finlay / Image Source
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En la relación padre/madre–hijo no importa si eres una limpiadora o tienes un doctorado, si eres discapacitada/o ni cuántos ceros hay en tu cuenta bancaria

Antes no necesitábamos manuales de cómo ejercer de padres, simplemente lo éramos… 

Adán, de seis años de edad, sufre ataques de histeria y es agresivo con sus padres. Cuando llega a casa, se sienta delante del televisor y “desaparece”. Los juegos iniciados por su madre los resume brevemente con un: “Aburriiiiiiiiido, no me interesa”.

María, de once años de edad, como regalo del cumpleaños recibió una tablet y un smartphone. Es su actividad principal. SnapChat, Messenger y YouTube, es decir, el centro de operaciones del mundo adolescente. Gracias a ello está en contacto permanente con lo amigos y adquiere conocimientos sobre cualquier tema.

-¿Has ordenado tu habitación?, ¿Has hecho los deberes y has preparado las cosas para mañana?” -pregunta una vez más el padre irritado-. ¿Cómo qué noooo?

-¡¿No ves que estoy haciendo algo?

-!¡No voy a discutir contigo! ¡A la habitación, ya! –grita el padre

-¡Ahhhhh! ¡Tú no entiendes nada! –la adolescente se enoja y cierra con rabia la puerta.

¿Mal padre o mal hijo? Conocemos muy bien este tipo de escenarios. No necesitamos ir lejos. Todo el mundo tiene amigos con los niños que estallan de ira como volcanes activos, niños retirados de la vida social, encerrados en sí mismos, usuarios de sustancias psicoactivas, violentos, tratados por depresión, neurosis y ansiedad.

Niños que parecen no tener ningún rumbo en la vida, cuyos guías son los famosos de YouTube y los amigos de la escuela, no sus padres. Añadamos, unos padres realmente involucrados, responsables y cariñosos.

Cuanto más chocamos con el muro que se interpone entre nosotros y nuestros hijos, tanto más y con mayor probabilidad, para lograr resultados, empezamos a suplicar, pedir favores, regatear, chantajear, premiar o castigar.

Disciplinamos de forma autoritaria, buscando culpables en la escuela, en los juegos o la televisión y llegamos al punto donde nos sentimos simplemente inútiles.

El papel del padre empieza a molestar, porque estamos perdiendo la certeza de que el mundo de los valores y de los principios que queremos transmitir a los hijos, se ancla en ellos.

Es una paradoja de nuestro tiempo, porque tenemos acceso a una enorme dosis de conocimientos sobre el desarrollo y los métodos educativos, a un millón de guías y cursos. En teoría, deberíamos ser padres ejemplares.

Mientras tanto, con demasiada frecuencia nos sentimos inútiles, y los hijos no obedecen o son simplemente indiferentes. ¿Por qué, a pesar de involucrarnos plenamente y con todo el amor, ser padres, en práctica, nos sale así así?

El contacto y la cercanía 

Esta pregunta fue formulada por el psicólogo del desarrollo Dr. Gordon Neufeld * en el libro La unión, un bestseller que considero un manual must-have para cualquier padre.

Según Neufeld, la clave para entender los orígenes de la crisis de la paternidad es el contexto. Esto es lo que exige la educación productiva. Porque la educación automática -resultante del simple hecho de ser adultos, y de que, en nuestra opinión hacer lo mejor para nuestros hijos, y decidir motivados por el amor- no funciona.

Sólo cuando el niño confía en nosotros, todo el problema de la educación, toda nuestra preocupación, queriendo ser el faro y un lugar seguro en el mundo, traerán los resultados esperados.

Pero para “que el niño esté abierto a ser educado por un adulto, debe buscar un vínculo con este adulto, querer estar cerca de él (…). El secreto de la paternidad no radica en lo que hace el progenitor, sino más bien en cómo es como padre”.

En el mundo de un hijo, en la relación padre/madre-hijo, no importa si se eres una señora de la limpieza, si tienes un doctorado, si eres famosa/o, discapacitada/o o el número de ceros que tienes en tu cuenta. Ninguna de estas cosas cancela ni garantiza el éxito de ser padres.

Por nuestro mundo caminan millones de personas, a las que parecerás más o menos tonto en el campo de las ciencias, el trabajo o los deportes. Pero será a ti a quien vendrá tu hijo en busca de consolación y de consejo. Porque el mejor maestro, inspiración, guía, refugio, patrón a seguir, amigo, serás tú y nadie más, si anteriormente te habías preocupado por consolidar vuestra relación, es decir, por crear un fuerte vínculo. Es la única condición que debes cumplir.

* Si deseas que en el próximo artículo responda a la pregunta: ¿cómo, según el Dr. Neufeld, reparar el vínculo roto?, házmelo saber escribiendo un comentario

 

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