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Cómo evitar que las palabras hirientes te hundan

Carlos Padilla Esteban - publicado el 09/01/17

Nadie tiene poder para hacerme daño pero sucede, una y otra vez me hieren

El otro día pensaba que nadie me puede hacer daño con sus palabras. Lo he escuchado muchas veces. Me lo han dicho. Lo he aprendido. Lo he olvidado. Sé que sólo yo, en la interpretación que hago de lo que escucho, de lo que ocurre, me acabo haciendo daño a mí mismo.

Me lo sé de memoria. Nadie me puede hacer daño. Me lo repito para no olvidarlo. Pero muchas veces compruebo que no es posible. Sigo sintiendo el dolor con las palabras hirientes, con las miradas de desprecio, con las risas de burla.

Y eso que sé que yo mismo tampoco puedo hacer daño a nadie con lo que digo y con lo que hago. No tengo nada que ver con el llanto que provoco. No tengo poder para causarlo. Lo sé. Pero también ocurre. Mis palabras hieren, duelen. Interpretan mis palabras y sienten dolor.

Las palabras generan dolor en el que las recibe, en la interpretación que hace de lo que escucha. Yo lo hago. Los demás lo hacen.

¡Qué importantes son mis palabras! Con ellas expreso mis convicciones. Me comprometen cuando las pronuncio con voz audible. Cuando salen de mi boca crean, generan, producen. Son semillas llenas de vida.

Cuando las digo en alto, me comprometo por dentro. El mero hecho de decirlo ya me compromete. Si me lo digo a mí mismo también me compromete.

Cuando me digo en mi cabeza que no valgo, acabo no valiendo. Cuando me repito con tristeza que otra vez he perdido, pierdo la esperanza. Cuando vuelvo a decirme en alto o en bajo que no valgo para nada, me hieren esas palabras en mi alma. Me paralizan. Me dejan sin vida.

Pero sé que hay al mismo tiempo otras palabras que me ayudan. Decía Rafa Nadal: “La vida consiste en hacer lo que tienes que hacer y que la cabeza te deje hacerlo”. Que mi cabeza no me haga pensar que no valgo y me deje luchar. Que descubra en mi corazón las fuerzas para seguir dando la vida.

Necesito encontrar palabras que me ayuden a seguir luchando. Esa jaculatoria que me recuerde algo esencial, algo que me dé vida. Que me recuerde quién soy, mi verdad más honda. Y me anime a seguir porque estoy llamado a hacer algo grande.

El entrenador de Carolina Marín, jugadora española de bádminton, le dijo en un momento difícil de un partido de las olimpiadas: Recuerda a esa niña de catorce años que llegó a la academia y quería cumplir su sueño. Esa niña de catorce años me dijo lo que quería, esa niña confía en ti. Esa niña sabe cuál es el plan de juego y juega con disciplina, porque es su sueño. Y ese deseo que tú tienes es más fuerte. Esas palabras le dieron fuerza. Luchó, jugó y ganó la medalla de oro.

Siempre hay un juego interior en mi mente. No importa lo que esté sucediendo en el juego exterior. Yo estoy jugando en el corazón, muy dentro de mi alma.

Nuestro mundo interior depende del modo en que nuestro ser interpreta un suceso externo.Nuestro mundo interior está en calma o convulso debido a una dinámica interior: la significación que nuestro mundo interior hace de un suceso externo[1].

Dentro de mi cabeza juego contra obstáculos que yo mismo me creo. Oigo palabras y las interpreto. Juzgo lo que ocurre y me alegro o sufro. Interpreto lo que sucede en mi exterior. Juego contra mi miedo o contra la poca confianza que tengo en mí mismo. O contra esa misma poca confianza que otros alguna vez han tenido en mí.

Sé que mis palabras crean vida. Las que me digo a mí mismo me hunden o me levantan. Las que les digo a los otros en medio de la vida. Las palabras que enaltecen y levantan. Las palabras que humillan y desalientan. ¡Cuánto poder tienen las palabras!

Pero también sé que si mis palabras interiores son alegres, positivas, enaltecedoras, será más fácil hacer frente a esas palabras que choquen contra mi vida. Nadie podrá hacerme daño si yo no lo permito. Tendría que grabarme esta verdad en mi alma para no olvidarla.

Quedarían sin fuerza esas palabras que me descalifican. Que quieren hacer que desconfíe de mis fuerzas. Me lo vuelvo a repetir, en realidad, nadie tiene poder para hacerme daño. Pero sucede. Una y otra vez me hieren.

Me sorprende mi vulnerabilidad. Me empeño en ponerme corazas para proteger mi ánimo, mi autoestima, mi decisión. Como si protegiendo por fuera lo lograra.

Tengo que rearmarme mejor por dentro. Repetirme esas palabras que necesito oír. Las que me dicen que valgo, que mi vida es grande, importante a los ojos de Dios. Las que construyen la base de mi vida. Las que me fortalecen.

Quiero decirme todo aquello que me hace mejor. Nadie puede de verdad hacerme daño si yo no quiero. Aunque a veces suceda. De mí depende. De mi alma en paz. De la certeza de estar donde Dios quiere que esté. De ser como soy sabiendo que Dios me ama así. Eso lo sé.

Pero también sé el poder que tienen en mí las palabras de las personas que me importan, a las que amo, las que me aman. Decía Ana Magdalena sobre su esposo Sebastián Bach:Una palabra de aprobación suya valía más que todos los discursos de este mundo”.

La palabra de la persona amada tiene más poder en mi ánimo que ninguna otra. La palabra de aquel que tiene una autoridad sobre mí que yo mismo le doy. La palabra de mis padres, de mi profesor, de mi cónyuge, de mis hijos, de mi amigo.

Esas palabras que me hunden o me levantan. Esas palabras las guardo como mi tesoro. Me construyen para siempre.

[1] Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón

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