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¿Sabes cómo aprender a empezar el año con María?

©Luc OLIVIER/CIRIC
La statue Notre-Dame de France. Le Puy-en-Velay, Auvergne.
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Descubre cómo guardar esos preciosos momentos de la vida en el corazón

Hoy la Iglesia se une en oración con María para rezar por la paz. El papa Francisco me recuerda que lo que nos une a todas las religiones es ser hijos de Dios. El amor es la parte esencial del camino. Muchas veces lo olvido en esa lucha enfermiza por acentuar siempre lo que me separa y distingue de los demás. Me quedo en la diferencia.

¿Es posible unirme con otros que piensan de forma diferente? ¿Es posible construir un mundo más unido desde el amor, desde el perdón, desde la misericordia? Sin duda es posible. Puedo hacerlo posible.

Puedo ser un pacificador que no pretende imponer su punto de vista. Puedo lograrlo cuando no quiero imponer mis ideas, ni exigirles a los demás que vean la vida como yo.

Decía el papa Francisco a los jóvenes en Cracovia: No vamos a gritar ahora contra nadie, no vamos a pelear, no queremos destruir. No queremos vencer el odio con más odio, vencer la violencia con más violencia, vencer el terror con más terror. Y nuestra respuesta a este mundo en guerra tiene un nombre: se llama fraternidad, se llama hermandad, se llama comunión, se llama familia. Celebremos el venir de culturas diferentes y nos unimos para rezar. Que nuestra mejor palabra sea unirnos en oración. Puede que os juzguen como unos soñadores, porque creéis en una nueva humanidad, que no acepta el odio entre los pueblos, ni ve las fronteras de los países como una barrera y custodia las propias tradiciones sin egoísmo y resentimiento.

Dios espera que yo construya la paz con mis manos. María lo hace posible en mí. Quiere que pacifique, que una, que cuide y respete al que es diferente. Quiere que siembre amor en lugar de odio.

Pero a veces me falta la paz. Quiero la paz de Jesús ante la cruz. Ese abandono. Esa confianza. Miro a María al comenzar el año. Necesito su paz: “Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

Miro a María que me mira meditándolo todo en su corazón. María lo guarda todo como lo más valioso. Guarda su vida. Las palabras oídas. Los gestos de amor. Lo guarda todo en su alma, en lo más hondo. Guarda palabras. Guarda sus sentimientos.

Guarda a cada uno de los pastores que llegan. Guarda al ángel, a Jesús en sus brazos. Busca en ellos la mano misericordiosa de Dios. Me conmueve ver a María meditándolo todo en su corazón. La miro a Ella en Belén. Abrazada a su hijo. La miro. Quiero ser como Ella. Asemejarme a Ella.

Me dice el padre José Kentenich: “Quien medite sobre Ella sentirá que dentro de sí se enciende el anhelo de totalidad, de plenitud, de naturaleza intacta, de superación de todas las cosas enfermas de nuestra pobre y débil naturaleza”[1].

Mirar a María me eleva por encima de mis límites, me hace soñar. Comienzo el año con Ella, soñando, meditándolo todo en mi corazón. Quiero ser más suyo. Más de Dios. Más niño, más puro.

Debía ser algo muy propio de María guardar, acoger. Lo que se guarda en el corazón dura para siempre. Nunca muere. Y además, en momentos de cruz y oscuridad puedo sostenerme sobre lo que guardé. En la oscuridad busco la luz guardada en el pozo del alma. Esos momentos en los que viví la alegría.

María guarda lo mío. Mis palabras. Mi historia. Es testigo de mi llegada al portal, de mi asombro. Ella acoge lo mío como lo más valioso. Ella guarda dentro de su corazón mi vida pobre. No tengo mucho que darle. Más bien nada. Ella se alegra. Tiene ese don. Ante Ella todos somos importantes.

Pienso en las veces en las que me he sentido guardado por Ella. Pienso en este año. A veces vivo las cosas muy rápido y no me detengo a meditarlas. Quiero guardar todo muy dentro. En lo hondo de mi pozo.

No quiero quedarme en la superficie de lo que va pasando. No quiero pasar de una cosa importante a otra cosa también importante. De un sentimiento a otro. ¿Qué palabras guardo de este año? Si tuviera que pensar tres o cinco palabras. ¿Cuáles son mis palabras del año pasado?

¿Qué sentimientos guardo? ¿Qué luces guardo? ¿Qué momentos se han guardado para siempre en mi alma como un tesoro? Quiero ahora volver a ellos. Meditarlos. Dar gracias.

Muchas cosas pasan, otras se quedan dentro. Forman parte de mi camino al cielo. De mi historia sagrada. Miro a María y le entrego lo que he vivido este año. Mis mejores imágenes. Mis más valiosos recuerdos.

Es un pozo lleno de luz, y algunas sombras. De encuentros y abrazos. De ternura y silencios. De Dios caminando a mi lado. Llenándome de luz. Miro conmovido a María.

Ella se fija en mi vida, en mis días pasados. Los abraza todos. Los sostiene. Los buenos y los malos. Mis logros y mis fracasos. Mis méritos y mis pecados. Todo lo abraza con alegría. Todo es valioso para Ella porque es mío, porque está en mí, porque soy yo mismo.

[1] J. Kentenich, Kentenich Reader III

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