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El propósito de año nuevo de este abuelo te ayudará (incluso si sientes que has caído demasiado bajo)

Esteban Ignacio-cc
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Las personas se purifican desde dentro...

A los 35 años mi vida era un desastre. Ciertamente profesional y económicamente me había ido  bien, pero tenía vicios, era infiel, muy soberbio y  mi matrimonio estaba hecho añicos. Con todo, los rescoldos de bondad en mi corazón hacían que mi conciencia no me diera paz, me sentía hundido en el fango, asqueado. Tanto, que no deseaba asistir a la gran fiesta familiar de fin de año, pero ante mucha insistencia, lo hice.

La gran  reunión de todos mis hermanos y sus familias fue en casa de mi padre, donde entre brindis se escucharon los consabidos propósitos de año nuevo: la dieta, el ejercicio, ahorrar, un curso de lenguas, cierto proyecto,… Cuando le tocó el turno a mi abuelo, con franca sonrisa nos dijo: –Tengo un solo propósito, vivir si Dios quiere  un año más, para quererlos más y mejor.

Nadie dudó de sus palabras. Lo cierto es que en otras circunstancias, tranquilamente nos ha dicho que Dios se lo puede llevar en cualquier momento.

Mi abuelo ya hace tiempo que enviudó, es longevo, y en el inevitable declinar de la senilidad percibimos que poco a poco su mirada se va apagando respecto de los intereses de la vida, mientras que se acentúan aún más los rasgos de su personalidad amable y tranquila, porque ha aprendido a comprender a las personas, a disculpar errores, a perdonar y  olvidar  males recibidos.

Es un soldado de la vieja guardia que se encuentra lejos de dejar sus armas. Más que nunca me quedó claro la primera mañana de año nuevo en que acepté su invitación a desayunar a solas, para  luego, según una costumbre muy suya,  caminar charlando por el pequeño jardín de su casa que tanto cuida.

Conociéndolo, sabía que la invitación no era casual ya que seguía de cerca la vida de toda la familia, así que pensé en aprovechar para platicar de todo con él y desahogarme sin justificarme; lo hice esperando una reprimenda  o una serie bien intencionada de doctorales consejos, pero no fue así.

Lo que hizo fue abrirme su corazón contándome con sinceridad algo que yo ignoraba y que había sido el lado oscuro de su existencia. Fue un acto de gran humildad pues sabía que yo lo tenía en un pedestal.

Me contó que alguna vez en su vida pasó por lo mismo que yo: se había portado tan mal que a punto estuvo de perderlo todo, incluyendo el amor de la abuela; que el pozo en que solía beber para calmar su sed de libertad y paz interior lo había inundado de podredumbre.

Que ese pozo se encontraba en lo más íntimo de su corazón.

Un día, en medio del sórdido ruido de mil demonios que lo acosaban, alcanzó a escuchar una  voz que le pedía que no perdiera la esperanza y volviera a limpiar el pozo. Fue terrible en un principio, pues por más que excavaba solo encontraba hojas muertas, piedras, barro y más barro revuelto con los más repugnantes desechos.

Cuando se encontraba a punto de claudicar, volvía a escuchar el nítido susurro de aquella voz  que le animaba a proseguir.

Después de mucho trabajo y sufrimiento, el fondo del pozo quedó libre de impurezas y de pronto volvió a brotar el agua más limpia y cristalina que pudiera haber soñado.

Llegado a este punto, mi abuelo guardó profundo silencio.

Empecé a comprender…

Mi abuelo me hablaba de la penosa confrontación que se puede dar en algunas personas cuando al ver en el interior de su corazón, se encuentran con que el pozo que antes lo mantenía limpio, puro y calmaba su sed, está  inundado de cosas vergonzosas, agobiantes y sucias.

Pero que si al hacerlo, vencen la cobardía de enfrentarse con ellas mismas, son entonces capaces de limpiarlo aun con lágrimas en los ojos, y de ser necesario, con sus propias manos  sin dejarse vencer por sus asquerosas  inmundicias.

Que si se persevera, llegará entonces el momento en que por más profundas que se encuentren  sus heridas psíquicas, por más arraigados que estén los pecados, vicios y errores, se verán liberados al volver a brotar de nuevo la límpida fuente que habrá de borrarlo todo mitigando su sed, y que no es más que la presencia de Dios en el corazón.

Mi abuelo con voz profunda y clara  prosiguió diciendo que las personas no se purifican desde el exterior sino desde dentro, no tanto por el esfuerzo moral que se aplica, sino porque de esa forma se descubre en  el interior una íntima y divina presencia para volver a entregarle todo el corazón.

Que desde entonces aprendió a vivir  ya no desde la periferia psíquica herida -miedos, amarguras, agresividades, concupiscencias- sino desde el fondo de su corazón, en donde se puede encontrar la seguridad y la confianza en el amor de Dios Padre.

Terminó diciéndome con mucha paz reflejada en su rostro que se acercaba inexorablemente a la muerte, que la aceptaba y amaba por comprender que está a las puertas de una nueva vida, de un cambio de casa, de un salto en el que deja el mundo y de momento a los que en él le hemos acompañado.

Y que en esta fase solo Dios puede llevarle de la mano, así que su propósito de año nuevo, realmente era crecer en la esperanza, pidiendo  la gracia nunca merecida de la perseverancia final.

Mi abuelo, con radical esperanza, hizo el mejor de los propósitos y me ayudó a comprender que el mío era empezar a excavar en el pozo de mi corazón.

Un testimonio cedido para Despacho pro familia

Por Orfa Astorga de Lira, Máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.

Escríbenos a: consultorio@aleteia.org

 

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