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“Billions”: las dos caras del sueño americano

Antonio Rentero - publicado el 26/12/16

Inspirada (más que basada) en hechos reales acaecidos en 2013

Inspirada (más que basada) en hechos reales acaecidos en 2013, y tras aclarar que en Estados Unidos de América “billions” equivale a “mil millones” y no a un millón de millones como en el resto del planeta, conviene aclarar que esta serie es el complemento perfecto para después de haber visto la película El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2014) y confirmar una vez más que el ser humano nunca aprende y que desde luego no escarmienta en cabeza ajena.

Los protagonistas-antagonistas de la serie son por un lado el dinámico y carismático inversor Bobby Axelrod (interpretado por Damian Lewis, anteriormente visto en la serie Homeland) que dirige un agresivo fondo de inversiones que coquetea (podría decirse incluso que cohabita) con la información privilegiada para obtener pingües beneficios.

Enfrente tenemos a Charles Rhoades jr. (Paul Giamatti, que también tuvo una estelar aparición en la pequeña pantalla en “John Adams”), fiscal del distrito sur de Nueva York (ciudad donde está ambientada la trama, la ciudad que nunca duerme y donde lo que menos duerme es el dinero), empeñado de forma histriónica en atajar la criminalidad de cuello blanco que deriva del incontenible flujo de millones de dólares que constituye la marea de Wall Street.

Sumido en un mar de complejos y pugnas internas que lo atormentan (algunos, de manera física como la enfermiza relación de índole masoquista que mantiene con su propia y dominante esposa) está en permanente búsqueda de gloria profesional.

Ese enfrentamiento nada maniqueo (resulta complicado dibujar en blanco y negro ambos personajes, repletos como están de matices de gris) se ve armónicamente enriquecido por los ecos provenientes de las respectivas esposas de ambos personajes.

Así Lara Axelrod, esposa del inversor (interpretada por Malin Akerman, de quien el público en general tuvo noticia en Watchmen, Zach Snyder, 2009) oculta, tras su apacible aspecto de joven esposa, perfecta un carácter sibilino pero contundente capaz de convertir la respuesta a una intervención desafortunada en una alocución pública de su marido en una fría y calculada operación de ninguneo y muerte social.

Pero el eje en torno al que pueden gravitar las pasiones personales, los intereses empresariales y las urgencias de cumplir con el mandato legal de los protagonistas masculinos es el personaje de Wendy Rhoades (Maggie Siff, vista también en pequeña pantalla en Hijos de la anarquía), psiquiatra esposa del fiscal pero que resulta trabajar para el ávido inversor en su departamento de recursos humanos.

Si hay conflicto en la persecución judicial por parte del fiscal Rhoades contra las actividades posiblemente ilegales del inversor, no menor es el que existe entre el propio fiscal y su esposa al intentar obtener información que pueda utilizar contra Axelrod.

Este, que fue el único superviviente de su empresa cuando tuvieron lugar los ataques del 11-S, se encuentra en la cima del sector financiero gracias a sus privilegiadas fuentes de información (es precisamente el uso de esas técnicas lo que supone el motivo para que la fiscalía quiera investigarlo y llevarle a juicio) pero quien está realmente ante una oportunidad única para remontar en su carrera es el fiscal, que podría establecer un importante precedente ante un asunto potencialmente tan relevante, mientras que pugna por desembarazarse de la opresión que supone que su propio padre sea también un inversor (no totalmente retirado) cuya imagen ve reflejada en Axelrod (quien, además de su gran éxito, también es el jefe de su esposa, recordemos) por lo que todo le lleva a querer acabar con él.

Como en Los Soprano, Mad Men o Breaking Bad, en Billions también tenemos como trasfondo la lucha de un hombre por salir airoso de un momento de crisis en lo personal y en lo situacional.

Los tiempos están en permanente cambio para todos y la canción de todo un premio Nobel como Bob Dylan sigue pudiendo tararearse mientras asistimos a cómo un hombre (dos, en este caso) hacen ante los ojos del espectador todo lo posible por seguir enunciando el orteguiano “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, en esta ocasión cambiando el mundo de la mafia, de la publicidad o del narcotráfico por el de las inversiones.

Ya saben, una piscina llena de tiburones, pero no son mejores quienes están en el borde de la misma tratando de pescarlos.

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