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Las “resistencias” curiales y el peligro del “funcionalismo”

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No hay que olvidar los pasajes del discurso que Francisco pronunció ante la Curia este jueves 22 de diciembre por la mañana en los que documentó, con abundantes notas, que el fin de la Curia es el de «colaborar en el ministerio del sucesor de Pedro» y, por lo tanto, «sostener al romano pontífice en el ejercicio de su potestad singular, ordinaria, plena, suprema, inmediata y universal». Desde san Gregorio Magno hasta la constitución «Pastor Aeternus» del Concilio Vaticano I, desde el decreto «Christus Dominus» del Concilio Vaticano II hasta la introducción de la constitución «Pastor Bonus» de Juan Pablo II, pasando por los discursos de Pablo VI, es significativo que el actual sucesor de Pedro haya querido recordar la naturaleza y la esencia de la Curia. No un órgano de gobierno central sobre las Iglesias locales. Tampoco un poder burocrático con ministros y ministerios que acaba por entorpecer la vida de las comunidades cristianas desperdigadas por el mundo, sino una estructura de servicio al Papa y a su misión, que actúa siempre solamente en nombre y con la autoridad del Obispo de Roma, ayudándolo concretamente en el ministerio.

Algunos podrían pensar que se trata de algo obvio, incluso superfluo. Pero teniendo en cuenta la historia reciente de la Iglesia, y la del Pontificado actual, no lo es. Muchos Papas del siglo XX tuvieron que afrontar «resistencias» curiales. Basta recordar las del llamado «partido romano» en la época de Juan XXIII, o las que trataban de frenar la aplicación de las reformas conciliares con Pablo VI. Sería poco congruente e incluso ideológico catalogar como «resistencia» cualquier posición dialéctica, la diversidad de opiniones y de pensamiento, o la falta de acuerdo sobre cómo obtener ciertos resultados. Así como los temores por posibles malos entendidos de algunos de los pasos que el Papa pretende dar. Francisco explicó en su discurso que las resistencias, incluso las consideradas «malévolas» (que no surgen de la sincera voluntad de comprender, de plantear preguntas verdaderas o hacer presente, con respeto, la propia objeción) son de cualquier manera signo de vitalidad y «merecen ser escuchadas y animadas a expresarse».

Pero la novedad que se ha hecho más evidente en estos tiempos es otra. En el pasado, las divergencias quedaban en ámbito de las relaciones personales entre el Pontífice y sus colaboradores, es decir de los que actúan en su nombre o por su autoridad. O se afrontaban en Consistorios o reuniones interdicasteriales, sin que fueran publicadas. Había una manera compartida de comprender y vivir el servicio al Papa en la Curia romana. Como se sabe, por ejemplo, el más leal, preparado y anciano de los colaboradores de Papa Wojtyla en el Vaticano, el cardenal Joseph Ratzinger, tuvo en algunos casos raros ideas que no coincidían completamente con las del Pontífice. No es ningún misterio que Ratzinger temiera posibles malos entendidos sobre la reunión interreligiosa de Asís (octubre de 1986), que fue un gesto profético de Juan Pablo II. Pero no se encontrarán sus temores en entrevistas, libros, ensayos (todavía no existían ni los blogs ni los periódicos en línea) del entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe que pudieran parecer, incluso de lejos, posturas divergentes frente a las del Papa, de quien fue siempre un fiel servidor.

Claro, se podrían citar como precedente las declaraciones públicas (del año 2000) que hizo el cardenal australiano Edward Idris Cassidy, presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos y de la Comisión para el Diálogo con el Hebraísmo, en las que criticó el estilo de la declaración «Dominus Iesus», publicada con la firma de Ratzinger desde el ex Santo Oficio. Cassidy subrayó que no se trataba de un texto firmado por el Pontífice. El entonces secretario y futuro presidente del dicasterio, Walter Kasper, habló de «problema de comunicación». Intervino Juan Pablo II para explicar públicamente que había inspirado, querido y aprobado el documento. En relación con el «motu proprio» de Benedicto XVI con el que liberalizó la misa preconciliar, varios obispos lo criticaron públicamente (fue muy respetuoso el distanciamiento del arzobispo emérito de Milán, el cardenal Carlo Maria Martini), pero no hubo críticas públicas por parte de los colaboradores curiales.

Como sea, todas estas situaciones no se pueden comparar con lo que ha sucedido en los últimos tres años y medio. En una reciente entrevista, el Sustituto de la Secretaría de Estado, Angelo Becciu, habló de los «príncipes que siempre me enseñaron en la sana tradición de la Iglesia: como humilde colaborador del Papa, siento el deber de decirle lealmente mi pensamiento cuanto se encuentra tomando una decisión. Una vez tomada, yo obedezco totalmente al Santo Padre. La unidad de la Iglesia, por la cual Jesús sudó sangre y dio la vida, viene antes que mis ideas, por bellas que sean. Las ideas vividas en desobediencia han arruinado a la Iglesia».

Hay otro pasaje significativo en el discurso de Bergoglio que subraya los peligros de un proceso de reforma que podría caer en el «funcionalismo», que podría ser considerado una forma de resistencia peor o de «gatopardismo». «No basta una formación permanente —explicó el Papa— se requiere también y sobre todo, una conversión y una purificación permanente. Sin un cambio de mentalidad, el esfuerzo funcional resultaría vano». Sin conversión, sin una mirada auténticamente evangélica, las reformas estructurales se reducen a consignas y también el mensaje de Francisco puede ser reducido a nuevas consignas para sustituir las viejas, pero sin que nada cambie verdaderamente. Los peligros concretos del funcionalismo y del «eficientismo» merodean en la estación de reformas que se vive actualmente en el Vaticano.
 

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