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Abusos sexuales y celibato

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¿Si los curas católicos no fueran célibes disminuirían los abusos sexuales a menores en el clero? 

Esta pregunta ha vuelto a ser puesta sobre el tapete, en razón de los aberrantes casos de abusos salidos a la luz recientemente en nuestro país. 

En días pasados, y en diálogo con diversos medios sobre las crisis sacerdotales, las preguntas se han centrado también en el vínculo entre celibato y abusos. Comparto ahora algunas de las reflexiones que he podido hacer en esos valiosos encuentros con los medios. Son un aporte para una discusión amplia de un tema delicado e importante. 

Las razones por las que un cura abusa sexualmente de un menor resultan semejantes a las que tiene un adulto que no es clérigo o célibe para tener la misma conducta. 

Sin negar la complejidad del asunto, los abusos sexuales pueden ser pensados, al menos en buena parte de ellos, como abusos de “poder” que, en este caso concreto, toman la forma de un comportamiento sexual. Un adulto, normalmente, busca como compañero sexual a otro adulto. En la violencia sexual con menores la asimetría entre la víctima y el victimario es un dato clave. 

Entre los rasgos que caracterizan el perfil de un abusador se destaca precisamente esta tendencia a rehuir el contacto con sus pares, prefiriendo los ambientes donde hay menores u otras personas vulnerables sobre las cuales puede hacer sentir su ascendiente. Priman la seducción, la absorción del otro y la mutua dependencia. 

La del sacerdote es una misión que, por su propia naturaleza, lo ubica en situación asimétrica con muchas personas que lo buscan como acompañante espiritual, consejero o soporte para una situación difícil de la vida. Es un referente que tiene un innegable rol de autoridad y liderazgo, tanto en la comunidad eclesial como fuera de ella. 

La cuestión es cómo se gestiona adecuadamente esa asimetría. De ahí que haya que cuidar tanto su buena salud psíquica y emocional, como las motivaciones espirituales, morales y pastorales para ejercer su ministerio. Se trata de ayudarlo para gestionar como adulto su mundo afectivo y sexual en el ejercicio de sus diversos roles de autoridad pastoral. Como ocurre, por otra parte, con otras profesiones similares: docentes, agentes sanitarios, entrenadores, etc. Sin olvidar las relaciones asimétricas dentro de la misma familia: padres, abuelos, tíos. 

La vida célibe, incluso cuando supone luchas y tensión, no es razón suficiente para que un adulto, más o menos sensato, llegue a una conducta como la que se da en el abusador, sea cura o laico. 

El celibato no es causa del abuso. Puede ser, y de hecho lo es, factor de riesgo. Es así, sobre todo, si se admite a la vida celibataria a personas con fuertes disfunciones sexuales que, dadas las condiciones, pueden llegar a la violencia sexual con menores o vulnerables. Es lo que, por diversas causas no exentas de responsabilidad, ha ocurrido en seminarios y casas de formación. 

La vida célibe puede ofrecer la ilusión de un contexto aparentemente sin sobresaltos a personas que tienen problemas relacionales como las arriba descritas. En realidad, es todo lo contrario: la vida célibe acerca más al precipicio a quienes tienen esas dificultades que, dicho sea de paso, tampoco se resolverían con el matrimonio (la mayoría de los abusos acontece precisamente en el seno de las familias). 

De ahí que, en su política de prevención de los abusos, la Iglesia esté extremando las medidas para seleccionar a los candidatos al sacerdocio y la vida consagrada, y en el acompañamiento a sus ministros, atendiendo precisamente a la capacidad de entablar vínculos adultos, libres y sanos, con todos, especialmente con los más vulnerables. 

Sobre el celibato como forma evangélica de vida, asumida por varones y mujeres, se sigue reflexionando, escribiendo y debatiendo en la Iglesia. Es bueno que así ocurra, escuchándonos e iluminándonos mutuamente. Y no solo a nivel de reflexión académica o crítica, sino también de experiencias concretas de vida por parte de quienes nos sentimos llamados al celibato por el reino de los cielos. 

La crisis de los abusos nos ha permitido comprender mejor que no se puede asumir una vida célibe de cualquier manera. Incluso si la praxis futura de la Iglesia dejara espacio para el ministerio de hombres casados, la creación de ambientes seguros para niños y personas vulnerables y la prevención de eventuales situaciones de abusos seguiría siendo una prioridad de la Iglesia, tanto para ministros célibes como casados. 

* Obispo de San Francisco y presidente de la Comisión de Ministerio del episcopado argentino 

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