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The Neon Demon: Cuidado con el estómago

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En esta película se alcanza una fantástica síntesis de las peores derivas de nuestra cultura

Prefiero considerar The Neon Demon (2016) un síntoma en lugar de una obra de arte. Sin duda, habrá quien considere que una cosa implica la otra. En ese caso, tiene aquí un peliculón en el que se alcanza una fantástica síntesis de las peores derivas de nuestra cultura. Si, por el contrario, el espectador no cree que una de las funciones del arte sea la de angustiarle y de hacerle anticipar en su malestar psicológico los efectos del décalage cultural, entonces mejor abstenerse.

Nicolas Winding Refn presenta una historia que narrativamente es muy sencilla. Su primera hora tiene resonancias a la Caperucita Roja. Una chica inocente, llegado el momento de la menarquía o primera regla –simbolizada por el color rojo que la reviste-, se adentra, para cumplir su misión, en la dantesca selva oscura –bosque, en su versión más pop.

Este inhóspito lugar se revela la guarida del lobo –hombre adulto sátiro que intentará aprovecharse de su virginidad-, que la hará madurar a través de malas experiencias, que solo superará exitosamente gracias a otros hombres decentes y buenos como el cazador.

En la primera parte del filme, el director se limita a contarnos una de los mil cuentos que se podrían integrar en Into the Woods (2014), solo que con una fotografía soberbiamente publicitaria, una banda sonora tecno pegadiza y obsesiva, y una ambientación en el mundo de la moda y de las barbies, que lo convierte en una producto deliberadamente pretencioso, en busca de aventuras en Cannes.

Jesse, una chica preciosa de dieciséis años (Elle Fanning) llega de la América profunda a Los Angeles. Intenta sacar partido de su belleza innata en las pasarelas. El mundo de la moda rápidamente reconoce en ella ese “algo” indefinido que la convierte en un diamante en un mundo de cristales.

Pero en este cuento, no hay lobo –en pequeña medida lo sería Keanu Reeves en su papel de hostalero chungo-, sino tres brujas que se hacen pasar por amigas: dos modelos y una maquilladora, inquietantemente interpretada esta última por la habitualmente secundaria Jena Malone. Todas ellas, por una razón o por otra, quieren poseer la pureza de Jesse.

La cuestión es que una vez consiguen su objetivo, uno se da cuenta de lo mucho que ha cambiado el cuento. El lobo de Caperucita era el mal, mientras que aquí las gestoras del ocultismo y de todo el ceremonial a caballo entre el gótico, el gore y el canibalismo, no son más que víctimas de un sistema pagano que también las acabará devorando a ellas. Pero, además, uno percibe, sin ningún género de duda, que el escenario moral en el que sucede la trama no permite a los actores que en él se desenvuelven, entender y juzgar lo que va aconteciendo.

De hecho, lo alarmante del asunto es que el lector de caperucita no quería encontrarse con el lobo, mientras que el espectador de The Neon Demon, pese al apocalipsis que se incuba e intuye en todo momento, está como imantado por las mesméricas imágenes de belleza trucada y extraña que la publicidad sabe lanzarnos, como un posmoderno canto de sirena que anuncia el nuevo y tremebundo sueño americano.

Habitamos un mundo que carece de un sistema de creencias estable y compartido, y eso dificulta que la lectura de lo real se desestructure en una sopa primordial que recuerda al aparato psíquico del Narciso, a quien le ha faltado la figura paterna y por tanto el super-yo, que es el que permite articular lo que le acaece al individuo en un espacio racional.

Tony Anatrella cuenta que, en estos casos de narcisismo profundo emerge del inconsciente un super-yo arcano desorganizado y plagado de imágenes aberrantes y sádicas. Y eso es precisamente lo que vemos en pantalla en la segunda parte de la película. Se desencadena una delirante sucesión de síntomas visuales. Una bacanal de telenarcisismo estroboscópico, gore y surrealista, vertebrada más por la música hipnótica y el morbo que por una lógica racional rastreable.

El cuadro resultante es muy deudor de aquel cine lírico europeo del que decía Pasolini que perdió la partida del séptimo arte ante la contundencia narrativa del sueño americano de Hollywood. Sin embargo, el artista-titiritero ya actúa sin la cultura cristiana y su secularización, la ilustrada, funcionando como red protectora de sus insurrecciones contra el statu quo.

Y así, fotograma tras fotograma, se percibe una nueva estética escurridiza, sin patrón organizativo, con una pertinaz voluntad de escandalizar al espectador previsible –al estilo Haneke o Lars Von Trier, aunque quizás con menos pulso en cuanto a los límites de la casquería.

Al final tenemos un Holocausto caníbal con pretensiones de Versace, que únicamente es apto para estómagos intrépidos o aficionados a la hermenéutica cocinada en mucha absenta.

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