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Ratzinger y esos “conservadores” que sabotean la Tradición

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Para Joseph Ratzinger, el Concilio Vaticano II fue un destino. Como asesor teológico del cardenal Frings, vivió las cuatro sesiones de aquella gran aventura sumergido en el ritmo intenso de las sesiones de trabajo, iniciativas, reuniones y elaboraciones de documentos, en contacto con los mayores obispos y teólogos del siglo XX, desde Congar hasta Rahner, pasando por Frings, Volk, De Lubac y Danièlou. Cuando era ya cardenal y Prefecto del ex Santo Oficio, vinculó su nombre al Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992, para volver a proponer sistemáticamente el «depositum fidei» a la luz del Vaticano II. Como Pontífice, trató de subsanar el cisma con los tradicionalistas lefebvrianos, exponiéndose a las acusaciones de haber abierto el camino a la Iglesia del «anticoncilio». El entusiasta defensor de la reforma conciliar, al convertirse en Sucesor de Pedro, también reivindicó una apropiada «hermenéutica» del Concilio Vaticano II, indicando que esa reforma no implicaba ninguna alteración genética en la Iglesia. Pero justamente la centralidad del Vaticano II en el camino recorrido por Joseph Ratzinger se convirtió en algunas ocasiones en un dato enigmático. Muchas personas, durante varios años, se pusieron a medir la «coherencia» del recorrido ratzingeriano, acaso para reprocharle vergonzosos cambios de «partido», que habrían indicado arrepentimiento tardío, o (en el otro frente) con la intención de insinuar una perdurante pulsión «modernista» activa bajo decisiones atormentadas asumidas cuando era custodio de la ortodoxia católica.

Finalmente, la publicación del primer tomo de los escritos de Joseph Ratzinger en y sobre el Vaticano II, reunidos en el VII volumen de la «Opera omnia» editada por la Libreria Editrice Vaticana, permite consultar, «sine glossa», la intensidad con la que el Papa emérito vivió el Concilio y todas sus consecuencias. Frente a los ríos de palabras incandescentes que surgieron «en vivo», mientras estaba sumergido en ese gran evento eclesial, desaparecen muchas agotadoras discusiones sobre la hermenéutica (sobre el Concilio y sobre el pensamiento de Ratzinger). Y, sobre todo, se encuentran diseminadas en las 726 páginas del volumen muchísimas intuiciones y muchos descubrimientos llenos de sugerencias para el presente de la Iglesia.

La consoladora actualidad eclesial de los textos conciliares de Joseph Ratzinger no se agota en las asonancias profundas que hay entre las intuiciones y los entusiasmos del entonces joven profesor de teología y el «sensus Ecclesiae» del octogenario Papa Francisco. La frescura y la actualidad de las páginas surgen de esa que Ratzinger definía entonces como la auténtica fuente de la reforma conciliar. La misma que nutre hoy la «conversión pastoral» que ha sugerido el actual Sucesor de Pedro, y que sigue suscitando nuevas resistencias sordas y sabotajes organizados.

Hay un pasaje de los escritos sobre el Concilio que acaban de ser publicados en el que Joseph Ratzinger advierte y describe con una intuición nítida y muy actual los rasgos reales de la reunión conciliar. Y las dinámicas que describió entonces se parecen mucho a las que mueven y agitan los escenarios eclesiales del presente. La feliz intuición se encuentra en su feliz resumen del tercer periodo conciliar, en las páginas dedicadas a la «Nota explicativa previa», el texto firmado por el cardenal Pericle Felici con el que se explicaban los criterios con los que había que interpretar los pasajes sobre la colegialdiad episcopal contenidos en la Constitución apostólica «Lumen Gentium»: esos que la minoría del Concilio nunca dejó de criticar, aduciendo que eran un posible factor de «debilitamiento» de la autoridad papal.

Según Ratzinger, se habían delineado claramente dos opciones de fondo que se enfrentaban en el Concilio a la sombra de la «Nota previa» (que él no apreciaba para nada): por una parte, «un pensamiento que parte de toda la vastedad de la Tradición cristiana, y con base en ella trata de describir la constante amplitud de las posibilidades eclesiales». Por otra, «un pensamiento puramente sistemático, que admite solo la presente forma jurídica de la Iglesia como criterio de sus reflexiones, y, por lo tanto, necesariamente teme que cualquier movimiento fuera de ella sea caer en el vacío» (471).

El «conservadurismo» de la segunda opción, según Ratzinger, estaba arraigado «en su extraneidad a la historia y, por tanto, en el fondo, en una “carencia” de Tradición, es decir de apertura hacia el conjunto de la historia cristiana» (471). La descripción de los hechos que hizo Ratzinger le daba la vuelta al ya entonces existente esquema prefabricado que describía el Concilio en curso como un conflicto entre «conservadores» ansiosos por los posibles «desgarres» de la Tradición y los «progresistas» condicionados por las pulsaciones modernistas. La situación, explicaba Ratzinger, era completamente al revés: los que eran catalogados como «progresistas», o, por lo menos, «la parte más consistente de ellos» que estaba trabajando para favorecer una «vuelta a la amplitud y a la riqueza de lo que ha sido transmitido». Ellos volvían a encontrar las fuentes de la renovación que esperaban justamente en la «intrínseca amplitud  propia de la Iglesia» (471).

Lo mismo sucede hoy, en la Iglesia, en la que los que despliegan las banderas de la doctrina y de la Tradición son justamente los que se resisten a la Iglesia que camina en la sencillez de la Tradición.

El deseo de volver a las fuentes para disfrutar de toda «la amplitud y la riqueza de loq que ha sido transmitido», es la filigrana tenaz que se aprecia en todos los textos que Ratzinger dio al gran trabajo del Concilio: desde sus intervenciones sobre la Divina Revelación hasta los textos sobre la misión, desde los escritos (críticos) sobre cierto «optimismo» en la Constitución «Gaudium et Spes» sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo hasta los textos (de enorme riqueza) que escribió sobre la «batalla crucial» sobre la colegialidad episcopal en la Iglesia, con los cuales pretendía demostrar y documentar que la doctrina de la colegialidad no era una novedad teológica, sino parte de la Tradición. A los que seguían sosteniendo que los términos Colegio y colegialidad no aparecían en los Evangelios, Ratzinger (con sus colegas teólogos Karl Rahner y Gustave Martelet), hacía notar que lo mismo se podía decir sobre los términos «Primado» e «Infalibilidad». «La Tradición y el magisterio», escribía el entonces futuro Papa Benedicto, «siempre deben desarrollar el germen contenido en la Escritura» (210). Porque la Iglesia, Esposa de Cristo, no es una entidad sacra autosuficiente, fuera del tiempo y del espacio, que hay que defender a como dé lugar de cualquier tipo de crítica. Ella se reconoce a sí misma como una realidad que camina en la historia, sin dejar de depender, paso a paso, de la gracia de Cristo, «continuamente necesitada de renovación», situada «bajo el signo de la debilidad y del pecado», por lo que «siempre necesita la ternura de Dios que la perdona».
 

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