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Quedan 6 días de Adviento: estás a tiempo de descongestionar tu vida…

Neil Conway/Flickr

Carlos Padilla Esteban - publicado el 19/12/16

... y escribir una felicitación o preparar un regalo que te salga del alma, por ejemplo

El Adviento es un camino hacia dentro, no hacia fuera. Un camino lento y sin prisas. Un camino que se improvisa y se sigue siempre fielmente. Un camino de sorpresas y días parecidos. Un camino hondo y profundo. Un camino de fidelidad y creatividad. Un camino de subidas y bajadas. Un camino de lágrimas y sonrisas. Un camino de esperas, de silencios, de búsquedas, de encuentros.

El camino del Adviento es el de la vida misma. Siempre estoy en Adviento. Siempre espero más de lo que poseo y anhelo más de lo que toco. Como ese niño enamorado de la luna que sueña siempre con poder abrazarla.

Me gusta este camino en el que me detengo. Camino despacio, no dejo de andar. Quiero dejar de hacer esas cosas que me sacan de mí mismo.

Porque a veces, casi sin quererlo, mis días previos a Navidad se me llenan de ruidos y de citas, de encuentros y de cenas, y el alma camina con prisas de un lado para otro. Inquieta, como buscando fuera lo que dentro no encuentra.

Por eso corro a veces hacia fuera. En lugar de mirar más hondo en mi interior. Corro queriendo llenarme. De cosas, de amores, de vida. Y no miro dentro.

Quiero en Adviento seguir mi camino. Pero sin prisas. Calmar el ansia. Calmar los gritos. Ahogar las voces que me confunden. Hacer un silencio sagrado dentro del alma.

Me tocan las palabras de una persona que rezaba: Quiero llegar más alto. No me conformo con una vida mediocre, vulgar, triste, sedentaria. No quiero verme sin dibujar en el papel ese sueño que nadie ha soñado. Déjame abrazar lo imposible que brota de mi alma. Gracias, Jesús, por quererme. Gracias por caminar a mi lado. Gracias por dar sentido a mi vida cuando a veces yo no lo encuentro. Te abrazo en silencio cada mañana. Quiero medir con calma la tierra entre mis manos. Quiero sentir tus huellas junto a las mías. En el camino de mi vida. Allí donde estoy escondido. Quiero sembrar estrellas infinitas en un camino de vida. Alegrar a los que sufren. Sostener a los que caen. Levantarme con ellos y salir corriendo. No tengo el alma cansada. Estoy atenta y dispuesta”.

Quiero vivir siempre en camino. Pero no disperso. Siempre hacia fuera. Pero desde dentro. Siempre atento a la vida. Sin descuidar mi alma. Con palabras de consuelo. Nacidas de mis silencios. Sin que me perturbe la vida más allá de la piel de mi alma. Contenido en mí mismo para no caer desparramado en un sinfín de luces y de cantos.

Quiero en este camino de mi Adviento calmar mis prisas. Detener mis pasos. Apaciguar mis ansias. Apagar mis ruidos. Quiero en un intento audaz por ser yo mismo seguir un ritmo nuevo, el que Dios tiene. El que marca mi alma llena de Adviento, de espera, de anhelo.

Quiero escribir a los que quiero. Regalar a los que amo. Pero no cualquier cosa. Algo de mí mismo, de muy dentro. Sin querer quedar bien con los que esperan. Dándome a mí cuando me entrego. Sin prisas. Con la calma de un Niño que nace lentamente, siempre de nuevo, carne entre mis dedos.

Quiero recorrer mi camino de Adviento a mi manera. Con mis formas. Con el lema que enciende mi alma. Con las palabras del Ángel que otra vez me recuerdan: ¡Alégrate, el Señor está contigo!”. Para que no me turbe al no tocar mis sueños. Y cuando fracase no crea que nada irá bien de nuevo.

Porque el Adviento es comienzo. Y quiero comenzar de nuevo. Con la alegría del inicio. Con la calma del que nace. Sin exigirle a la vida más de lo que me entrega. Dejando de lado amarguras antiguas. Junto con la impaciencia que me inquieta y me turba.

Quiero vivir hoy mi Adviento. Hoy. Cada mañana. Quiero vivir más libremente de las cosas que me atan. Me lo recuerda el papa Francisco: “El adviento es una invitación a la sobriedad, a no ser dominado por las cosas de este mundo, por las realidades materiales, sino más bien a gobernarlas”.

Quiero ser más sobrio y más austero en mi camino. Dejar de lado lo que me pesa. No preguntarme en cada hora lo que deseo. Vaciar mis armarios llenos. Descongestionar mi vida llena. Hacer hueco para Dios allí donde no me cabe nada en la agenda.

Abrir espacios hondos en mi alma abrumada, para que pueda surgir una vida nueva. Dejar en barbecho la tierra en la hondonada de mi corazón. Para que nazca algo nuevo.

Que no me domine la vida, ni el tiempo que se escapa, ni las prisas por llegar antes a ningún sitio. Con el corazón abierto a lo que surja en el camino. Me siento poco libre tantas veces... Tal vez más atado de lo que deseo.

Quiero vivir la misericordia de ese Niño Dios que me recuerda que sólo el perdón me sana por dentro y me libera el alma. Para vivir sin ataduras. El perdón que recibo. El perdón que yo entrego.

Una persona se pregunta: “¿Se puede perdonar para realmente así curar las heridas sin que haya habido el menor atisbo de disculpa o reconocimiento del daño causado?”. No lo sé. Me parece difícil. Es un don. Por eso lo suplico.

Mi Adviento es tiempo de pausas. De tiempos muertos. Para que surja la vida. Para que brote el perdón. El reencuentro. Un desierto florido en mi corazón herido. Es tiempo de misericordia, cuando me siento atado por ese rencor opaco que amarga mi ánimo.

El perdón que suplico que crezca entre mis dedos. ¿Se puede perdonar cuando me han hecho daño? Ese perdón que limpia mi vida por dentro.

Me detengo de nuevo en medio de mi Adviento. Quiero mirar muy hondo. Quiero un perdón que salve mi vida de la ira. De ataduras que quitan luz a mis entrañas. Son días de paz en mi espera. Aguardo con anhelo la llegada de Jesús. Su llegada en mi carne. Con la alegría que produce el encuentro.

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