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Papá, ¿le puedo pedir regalos al Niño Jesús?

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Una pregunta que descolocó a los padres, pero que tuvo un desenlace aún más conmovedor

No es cierto que la Navidad esté fuera de los medios de comunicación. Sí es cierto que Papá Noel le lleva cuerpos de ventaja, en cantidad de apariciones, a Jesús, el verdadero protagonista de la Navidad.

Ya en la novena de Navidad, rezando en familia ante el pesebre, Santiago, de casi 4 años, preguntó a su papá: “Papá, ¿le puedo pedir regalos a Jesús?”. Santiago era un niño que sabía, de pedirle a Jesús. En cada comida sus papás y sus catequistas le enseñaron a pedirle a Jesús que bendiga los alimentos y que los lleve a las casas de los niños pobres. Y antes de dormir a pedirle que nos ayude a descansar bien, y que ayude a los enfermos y a los que no tienen casa.

Lo de los regalos, le habían enseñado sus papás, corría por cuenta de Papá Noel, el señor simpaticón y barbudo que viste de colorado.

La teoría de la familia, autoinventada para aprovechar el impulso mediático, era que Papá Noel es un hombre que se pone tan contento por el nacimiento de Jesús que busca dejar regalos en la casa de todos los niños que se portan bien. Tiene algo de reminiscencia del verdadero san Nicolás, se cuenta en internet, pero ante todo tiene sentido para los chicos.

Donnie Ray Jones-CC

“Papá, ¿le puedo pedir regalos a Jesús?”, insistió Santiago. Descolocado, el padre le respondió que también están los Reyes Magos, esos tres señores que hay junto a José en el pesebre, y que unos días después de la Navidad llegan con sus camellos y quizá, así como hace mucho tiempo le habían dejado regalos a Jesús, dejan algo para nosotros. Pero había que portarse bien y saber que el regalito tenía que ser más chiquito. Santiago insistió: “Y a Jesús, ¿le puedo pedir regalos?”.

Algo incrédulo y casi cansado, el papá le respondió que sí, pero que ya le había pedido los regalos a Papá Noel. El muñeco que se transforma, como quería Santiago, ya estaba preparado para ser entregado; papá y mamá se habían encargado de financiar a Papá Noel para que puediera regalárselo al niño.

Y papá y mamá tampoco querían que a Santiago se le dijera que sí sin mayor reflexión. Pero la pregunta, con tono de ternura, y también de picardía, parecía no admitir una respuesta negativa.

Ante el sí, Santiago se quedó pensando. Los papás, atónitos y ansiosos, le insistieron: “¿Qué le vas a pedir a Jesús?”. Pero él siguió callado mirando el pesebre, acariciando las figuras. Su hermana, de un año y medio, algo más atolondrada por la edad, quería imitarlo y agarraba la ovejita con su mano hábil, se la llevaba a la boca y le daba besos. Santiago prefería al niño Dios.

Entre controlar a la hermana y la preocupación para que no se rompieran las figuras de porcelana que habían sido regaladas para el casamiento hacía ya varios años, y el silencio de Santiago, los papás casi olvidan el comentario del hijo mayor del matrimonio.

Pero él, antes de que se pararan y cortaran oficialmente el momento de oración, alzó la voz: “Quiero pedirle a Jesús un regalo para mis papás, para mi hermana, para mis abuelos, para los niños pobres, para los que no tienen donde dormir… y un muñeco que se transforma”.

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