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El Líbano ve hacia el futuro, entre prófugos y la esperanza de la estabilidad

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Llegan los humos de la guerra de Siria al Líbano. Se perciben en los mil campos para prófugos espontáneos, que nacieron como hongos en cualquier parte e improvisados en las ciudades (en garages, centros comerciales abandonados), en el campo, en el Valle de Bekaa, en las fronteras, en el centro de Beirut. Pero, sobre todo, se ven en los ojos aterrorizados de los más de 1,5 millones de prófugos (según los datos de ACNUR; las ong hablan de 2 millones), en una población de poco más de 4 millones. «Mi hijo pequeño ya no podía dormir –dice Dalal, de 35 años, mientras muestra el cuartito que construyó su marido en el que viven desde hace 3 años ella, su esposo, sus 4 hijos y su hermano. Se despertaba de noche cuando se oían las bombas y antes de que escaparan; a cada ruido se despertaba. Ahora –y señala al niño de 7 años que está en un colchón—va un poco mejor». 

Desde la puerta de la pobre morada de la familia Alnaboulsi, se ve la explanada principal del campo par refugiados de Dekwaneh, periferia de Beirut, en donde viven unas setenta personas (la mayor parte de ellas son menores de edad) que huyeron Dar’a, el último territorio en el sur de Siria antes de Jordania, y en donde comenzó el desastre en 2011. Provienen de las zonas rurales y son principalmente campesinos que ahora trabajan en la construcción. El campo está muy sucio, hay escombros, charcos, basura, no hay servicios higiénicos ni alcantarillas. «No existen campos oficiales de ACNUR en el Líbano –explica un voluntario de la Asociación Juan XXIII, que vive en el campo para refugiados de Akkar, en el norte del Líbano. La gente se las arregla en donde encuentra espacio, construye lo que puede, usa tiendas o renta departamentos a precios cada vez más altos (en Beirut dos cuartos y una cocina cuestan 250 dólares al mes, ndr.), y luego llega ACNUR para registrarlos como refugiados y los toma bajo su jurisdicción». El “status refugee” que da el ente de la ONU tiene un valor simbólico y solo garantiza algunos servicios, además de la posibilidad de pedir asilo en un tercer país. El Líbano, efectivamente, no es uno de los países que firmaron la Convención de Ginebra sobre el derecho al asilo, por lo que no otorga el estatus de refugiado a nadie y deja a cientos de miles de prófugos en el limbo de la ilegalidad. 

Los niños están por todas partes en este mundo hecho de fugas, pesadillas y terror. En los últimos años ha aumentado increíblemente en el mundo el número de menores forzados a la migración. De los 65 millones de prófugos de 2015, más de la mitad (el 51%) son menores y muchos de ellos están solos. En el Líbano los puedes ver descalzos en los capos para prófugos, desorientados en los centros de acogida, tristes. «Odio Siria –grita uno de ellos, tiene 8 años y acaba de llegar a Beirut desde Alepo con su madre, su padre y sus dos hermanas–, solo hay guerra y la guerra no te deja vivir». «Para mi familia –dice su padre, un distinguido señor de la comunidad cristiana de Alepo, que prefiere no revelar su nombre– fue una decisión muy dura, teníamos todo, un buen trabajo, mis hijos iban a la escuela, la más grande ya había empezado la universidad, esperamos hasta el último minuto antes de tomar esta decisión, y al final venció el miedo, sobre todo de los niños». Llegaron a la frontera con un coche después de haber pagado un despropósito. Entraron de esta manera al universo oscuro de lo desconocido. 

«En cierto sentido –sostiene Janine Jalekh, periodista libanés de L’Orient le jour–, nosotros no podemos comprender bien qué viven estos prófugos, hemos estado durante muchos años en guerra, hemos conocido las bombas y los atentados, y creo que también por este motivo podemos al final acoger a un número tan grande de personas que huyen. Claro, los peligros son muchos, como lo ha demostrado Arsal (un pequeño centro del norte en donde había entre los prófugos algunas células del EI que en septiembre de 2014 provocaron la intervención armada del ejército libanés, ndr.), y no se puede negar que la crisis siria ha exacerbado la situación crítica en un país que vive un equilibrio muy frágil». 

Con la esperanza de finalmente tomar la vía de la estabilidad, después de más de dos años de vacío político y sin gobierno, los partidos libaneses firmaron un acuerdo histórico a principios de noviembre que llevó al nombramiento del presidente y del primer ministro, respectivamente el General Aoun (cristiano maronita) y el sunita Saad al-Hariri. El paso sucesivo fue la nada fácil tarea de crear el gobierno, que llegó finalmente ayer, 18 de diciembre.  

Justamente Hariri anunció ayer por la tarde la formación del nuevo gobierno de «unidad nacional», que deberá obtener el beneplácito del Parlamento, un voto que no debería reservar sorpresas. Hariri, hijo y heredero político de Rafiq, tuvo que decidir entre el compromiso y la “fórmula” de los 30 ministros, divididos en partes iguales entre la comunidad musulmana y la comunidad cristiana. 

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