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El hombre que decidía renunciando por amor

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Su silencio fue el paso más grande que dio en su vida

San José es el protagonista de este cuarto domingo: “José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto”. Es su noche oscura. En medio de la noche duda y tiene miedo. No comprende. Quiere confiar pero no lo logra. No hay explicación a lo que ha ocurrido. María guarda silencio. José la mira a los ojos.

Comprendo su lucha humana. Su corazón se rompe. ¡Qué noche más oscura! Cuando todo en lo que crees deja de ser evidente. Y no hay nada claro. Sólo silencio ante muchas preguntas.

Es de noche. José está solo frente al cielo. ¿Qué se puede hacer? Debe denunciarla. Es la ley. Pero José es bueno. Ama a María con pureza. No puede ponerla ante todos como pecadora. Quiere proteger su fama, su honra. Le cuesta aceptar que alguien piense mal de ella. Que la mire con sospecha.

Pienso en esa decisión tan difícil. Así empieza el evangelio de hoy. No con un ángel, sino con una decisión humana tomada en soledad, en medio de la noche del alma.

Me admira su hombría. Su integridad. Su honestidad. Su verdad. Su amor hondo por María. ¡Qué bueno era José! Me conmueve su bondad, su autenticidad. Seguro que Dios se conmovió ante José.

Pienso en esa mujer apedreada por adúltera a quien salvó Jesús. ¿Qué hubiera sido de María si José la acusaba? Pero José no quiere dañar a María. Ya no puede vivir con ella para siempre como él soñaba. Ese hijo no es suyo. Y le toca ahora renunciar al amor de su vida. A sus sueños. A estar con ella.

¿Duda? ¿Teme? ¿Confía? Tal vez un poco de todo. María está embarazada. ¿Qué puede hacer? Decide dar un salto en medio de la noche de su alma. Me gustaría tomar así mis decisiones. Pensando en lo mejor para el otro y no en lo mejor para mí. Renunciando por amor al otro. Pensando en su bien.

Esa fue la medida de José. Quiso lo mejor para María. No quiso su condena. Ese silencio de José fue el paso más grande que dio en su vida. Lo hizo sin comprender. Lo hizo con un hondo dolor en el alma.

Y Dios no lo abandonó. Lo rescató en medio de su caída. Cuando había renunciado a todo, Dios le habló.

Así es también Dios en mi vida. Nunca me defrauda. Dios sale a mi encuentro. Le conmueve mi audacia. El que me arriesgue sin saber muy bien. Le conmueve que lo haga por amor, tanteando, tomando como medida de mis decisiones el amor.

A veces no decido, no me muevo, porque no oigo a Dios diciéndome lo que debo hacer. ¿Cuántas veces hago eso? No oigo a Dios y me quedo quieto.

José mira su corazón, no oye a Dios, pero decide, se arriesga. Entrega su vida entera, su historia, su amor por María. Ahí está Dios. En sus entrañas. No necesita un ángel para decidir no hacer daño a María. No exponerla a la multitud, a la rabia, a la condena pública.

¡Qué conciencia tan bien formada! ¡Qué hombre tan entero! ¡Qué grande es su amor! No duda. No piensa en él, en su fama, en su nombre. Es un hombre bueno, noble, fiel. Un hombre íntegro, de una pieza.

Me conmueve el silencio de José. No dice nada. No cuestiona a Dios. No se rebela contra algo tan injusto y duro. Decide con honestidad en su corazón y renuncia por amor a sus planes.

Me impresiona el valor de la renuncia y del sacrificio. Me cuesta entender la renuncia tantas veces en mi propia vida. ¿Tan importante es aprender a renunciar? Creo que mi renuncia llena de estrellas el cielo.

A veces valoro poco el sacrificio y me acomodo. Pienso que da igual dar que no dar, guardar que entregar. Y pienso en mí con egoísmo. Quiero lo mejor para mí. Quiero ser feliz yo. Y vivo la vida dejando escapar oportunidades de amar desde lo más hondo.

La renuncia me hace más niño. Porque me hace confiar en Dios. Y me hace más hombre, trabaja mi corazón. La renuncia siempre duele. Duele renunciar al propio esquema, al propio plan, a la propia idea. Duele esa renuncia no buscada, exigida por la vida, por las circunstancias.

En ocasiones me pongo renuncias como regalo de amor a Dios. Me exijo. Me esfuerzo. Renuncio a la comida, a mis caprichos, a mis dependencias y adicciones. Es verdad que lo hago por amor. Y es una entrega muy honesta y sincera. La renuncia me hace más libre.

Decía el padre José Kentenich: “Si no aprendemos a renunciar, a veces por obligación –pero también voluntariamente–a aquellas cosas que podemos permitirnos, la vinculación al trabajo y a las personas no va a convertirse en algo que nos eleve el corazón”[1].

Muchas veces la renuncia viene sola a mi alma en medio de mi camino. Sin que yo tenga que buscarla, aparece.

Una persona rezaba: “Te ofrezco, Señor, mi renuncia. ¡Siento tanta nostalgia! Me siento tan fuera de lugar. Aun así, siempre me hablas, me das libertad y me alegro. Y sentir nostalgia no me importa, forma parte de mi vocación y de lo que Tú quieres de mí. La nostalgia siempre me lleva hacia dentro, hacia ti, hacia el lugar de mi corazón donde estás esperándome, llamándome, abrazándome. La nostalgia me recuerda quién soy y para qué me has hecho. Y me ayuda, de alguna forma, a vivir más en solitario por dentro. Es bonito. Es la nostalgia del otoño, de los colores de los montes. De esa luz entre las hojas que me gusta especialmente. No sé, quizás porque cambia la hoja. Se vuelve cálida. Así quiero ser yo”.

Muchas veces la nostalgia forma parte del camino, de la renuncia. La nostalgia del cielo, de la plenitud. La nostalgia que me lleva hacia dentro, donde Dios se encuentra. La nostalgia que brota con esa renuncia que exige confianza en Dios y abandono.

Esa renuncia me llena el corazón de nostalgia. Me hace mirar a Dios lleno de anhelo. Mi alma tiene nostalgia de infinito. Siempre sueño más de lo que tengo. Y sé que mi renuncia me hace más libre de apegos, de planes propios, de caprichos.

Cada uno sabe cuál es la renuncia que más le duele. Esa renuncia diaria, no programada, no planeada. La que forma parte de mi propio camino y que yo no he buscado.

Sé que cada vez que renuncio por amor a Dios, cada vez que beso la renuncia de mi cruz, de mi enfermedad, de mi soledad, de mi ausencia, la aspereza de mi pobreza, de mi austeridad impuesta, de mis miedos a la vida, cada vez que abrazo esa renuncia inevitable y le doy un sí alegre y confiado, en ese mismo momento, estoy seguro, el cielo se llena de estrellas. Se llena de luz y mi vida tiene más claridad. No lo dudo.

Quiero mirar a Dios sin los apegos de mis afectos desordenados. Renuncio a mi camino cuando le entrego mi vida a Dios. Y lo hago siempre de nuevo al rezar el padrenuestro. Al declararme cristiano. Al decidir amar a Aquel que murió en la cruz por mí.

Renuncio a decidir yo. Renuncio a estar donde tal vez quisiera estar. Como José esa noche renunció a otra vida junto a María antes de saber lo que Dios le pedía de verdad.

Y entonces, tras la decisión de José en la noche, llegó la voz de Dios a su corazón: “Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: – José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los pecados”.

En sueños Dios le muestra otro camino inesperado. Algo totalmente nuevo que él desconocía. Dios le habla en el corazón y permanece a su lado. Le comunica una verdad que sólo María sabía.

Ya él antes había actuado justamente y había decidido hacer lo justo. Ahora esa decisión no tiene sentido. Antes de saber la verdad había procedido por amor. Ahora que sabe toda la verdad, actúa movido por un amor muy hondo y verdadero.

El sueño lo cambia todo. María no es culpable. María es inocente, es pura, es tan de Dios… El ángel confirma en su corazón lo que él ya sabía. De eso estoy seguro. José amaba tanto a María… Creía tanto en Ella, que no podía dudar de su verdad.

Pero no comprendía nada. Por eso ahora el ángel trae luz a su alma y confirma su deseo más hondo. María es de Dios, le pertenece a Dios por entero. Seguramente José no lo entiende del todo. No sabe bien dónde se encuentra él mismo.

No comprende lo que está pasando. Es todo demasiado grande. Pero se fía y se arriesga. No acaba de entenderlo todo. Pero es capaz de tomar una decisión todavía más audaz que la primera. Decide llevarse a María a su casa. Pronuncia su sí ante Dios y se pone en camino.

José es un hombre de silencios. Un hombre que habla más con hechos que con palabras. Su sí son gestos concretos: “Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer”.

Obedece al instante sin dudar de la palabra de Dios. Se fía hasta el extremo. Es el Dios que se abaja para caminar conmigo. Es ese Dios con nosotros. Ese Dios que decide conmigo. Él me escucha. Yo le escucho. Ese es el caminar humano que pienso que merece la pena.

Dios ya está aquí, a mi lado, en mi corazón, en mi camino. El ángel le habla a José de parte de Dios. Ahora ya tiene el corazón abierto para escucharlo. La decisión que había tomado le abrió el corazón y el oído. Y Dios entonces le calma, como siempre hace. Le dice que no tema.

También le dijo eso a María. Eso es lo que Dios me dice cada vez que llega a mí y me ve turbado. Me dice que no tema porque está conmigo. Nunca me va a dejar. Me abraza.

Es lo que hace con José. Le quita sus miedos. Le anima para que acoja a María y la cuide. A partir de ahora la protegerá no sólo con sus silencios, sino con su caminar a su lado cada día, cuidando juntos a Jesús.

Dios le da a José la misión de ponerle el nombre a Jesús. Le está diciendo que ejercerá como padre humano. Que será muy importante en la vida de Jesús y de María. Que será su custodio fiel hasta el final. Un padre tan necesario. Será uno con María. Será padre de Jesús. Esposo de la Virgen.

José calla, mira, espera, no habla. No pregunta como María. No pronuncia su sí con voz audible. Sólo obedece. Es lo único que nos dice Mateo. Hace lo que le han dicho.

María dice: “Hágase en mí según tu palabra”. Que se haga según Dios le ha dicho. Pero José actúa. Hace lo que le han pedido. Lo hace carne. En silencio. Ya no necesita más. Cumple hasta el día de su muerte la misión de acoger, de custodiar, de guardar y de amar a María y a Jesús.

¡Cuánto se fió Dios de José, de un hombre pequeño y frágil! ¡Cuánto se fió José de Dios, en su impotencia, desde su amor!

Me gustaría decidir siempre como lo hizo José. Sin pensar en mí. Mirando mi corazón. Mirando lo que me grita el alma a pesar de que las cosas parezcan diferentes. Mirando siempre el bien de los que amo y no tanto el mío propio.

¿Cómo tomo yo mis decisiones? ¿Decido orando, dejando que salga todo lo que hay en mí? Dios siempre es más generoso. Siempre responde a mis ruegos. Nunca me va a dejar solo.

Pero es verdad que a veces tengo que dar pasos en la noche como hoy los da José. Dios le habló de algo que no estaba en sus esquemas, en su lógica. Le abrió el corazón a un camino nuevo. Y José creyó, como María. Como un niño confiado.

[1] J. Kentenich, Hacia la cima

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