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Una carta abierta a las madres que se arrepienten de haber tenido hijos

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Una respuesta al creciente movimiento de mujeres que públicamente admiten arrepentirse de haber tenido hijos

Querida madre que lamentas haber tenido hijos:

He leído la reciente avalancha de artículos que dan cuenta de un movimiento en alza de mujeres que declaran públicamente arrepentirse de haber tenido hijos, entre las que te encuentras tú, y primero permite que te diga que no te juzgo. Tú, que lamentas el nacimiento de tus hijos, estás pasando por lo que se conoce como una noche oscura del alma. Pero me gustaría intentar ayudarte a mirar tu situación desde una perspectiva diferente y, si puedo, ofrecerte esperanza y consuelo.

En esta época de redes sociales, puede resultar tentador pensar que de verdad sabemos cómo es la vida de una u otra persona. Sin embargo, hay que recordar que únicamente vemos lo que determinada persona elige mostrar. Solamente porque esté de viaje y cumpliendo objetivos y siempre sonriente no significa que su vida debiera ser una que querrías cambiar por la tuya.

Es posible que desearas ser esa mujer sin hijos que se va a saltar con parapente o a celebrar la inauguración de un nuevo espectáculo en Broadway o que acaba de conseguir un ascenso, pero es absolutamente posible que ella esté mirando las fotografías de una mujer abrazada a sus sonrientes hijos, deseando estar en su piel.

Es cierto que la maternidad puede ser difícil, incluso solitaria, intimidante y agotadora. Sí, hay acontecimientos divertidos que te pierdes debido a necesidades familiares. Tu carrera, si tienes una fuera del hogar, se da un trastazo, en mayor o menor medida. Tu casa será un desastre cuando desearías que estuviera impecable. Habrá noches de llanto y, en momentos oscuros, tal vez te sientas tentada de sentir remordimientos al imaginar “el camino no elegido”, como dice el famoso poema de Robert Frost.

Pero según explica el doctor Hamilton Beazly en su libro No Regrets: A Ten-Step Program For Living in the Present and Leaving the Past Behind [Sin remordimientos: los diez pasos para vivir en el presente y dejar atrás el pasado], “¿Qué habría pasado de haber elegido el camino más transitado? Esa elección también habría ‘supuesto una diferencia total’. Pero ¿qué diferenciaba a los dos caminos (…)? Ninguno podremos saberlo nunca. El camino no elegido es el origen de todos los lamentos. Nos seduce con fantasías de un futuro alternativo (…) envenenando así el camino que sí tomamos o nos vimos forzados a tomar y también el presente en que vivimos”.

En otras palabras, el camino no transitado que realzamos y por el que languidecemos es, sencilla y llanamente, una trampa. Cuando nació mi primer hijo, yo también solía decir a mi madre: “Es muchísimo estrés; ¡no sé si estoy hecha para esto!”, a lo que respondía ágilmente: “Bueno, ¿qué más quieres hacer con tu tiempo aquí en la tierra? ¿Qué hay más importante?”.

Nada de lo que hagas en este mundo, ningún libro que escribas o viaje que hagas, ninguna gloria profesional que logres, ningún monumento construido en tu honor durará para siempre. Llegado el momento, todo se convierte en polvo. Pero lo que sí durará para siempre es el alma de tu hijo, impulsada por ti, y las almas que impulse tu hijo, eternizando tu legado.

Quizás sientas la tentación de responder a esa pregunta como yo respondí: “¡pues quiero escribir otro libro!”. O quizás responderías con que quisieras ser juez, o conseguir el graduado escolar, o cogerte unas vacaciones largas, o montar un negocio.

En momentos como este, deberíamos considerar las palabras del cardenal Josef Mindszenty: “La persona más importante de la Tierra es una madre. No puede reclamar el honor de haber construido la catedral de Notre Dame. No lo necesita. Ha construido algo más impresionante que ninguna catedral: un hogar para un alma inmortal, la pequeña perfección del cuerpo de su bebé. (…) ¿Qué hay en este mundo de Dios más glorioso que ser madre?”.

Nada de lo que hagas en este mundo, ningún libro que escribas o viaje que hagas, ninguna gloria profesional que logres, ningún monumento construido en tu honor durará para siempre. Llegado el momento, todo se convierte en polvo. Pero lo que sí durará para siempre es el alma de tu hijo, impulsada por ti, y las almas que a su vez impulse tu hijo, eternizando así tu legado.

No sé si rezas habitualmente ni si has rezado mucho últimamente. La oración puede resultar difícil cuando el desánimo llega hondo. A veces no puedes encontrar las palabras. Es entonces cuando necesitas a alguien que te recuerde quién y de quién eres.

Quizás tengas unos padres fantásticos y puedan recordarte cuánto les debes a ellos y cómo devolverles el favor. Tal vez te sientas decepcionada por la forma en que te educaron o porque te abandonaron. Este podría ser un buen momento para que intentaras rezar. Podría ser un dolor demasiado profundo para asumir a solas; podría ser necesaria la intervención divina y la mano sanadora de tu creador, tu Padre celestial, que siempre quiere tu amor y que nunca para de amarte y que nunca te abandonará.

Las buenas familias son uno de los mejores inventos para el amor y la aceptación, al igual que un refugio de este mundo hermoso, pero a menudo falso, del que ansiamos formar parte.

Cuando la oscuridad se cuela en tu interior, tal vez te ayude recordar que este mundo no es todo lo que hay. Este es tu momento para construir un reino, una tribu… con la imprenta de todos los grandes hombres y mujeres de tu línea sanguínea que vinieron antes de ti, como guías. Atención a este pensamiento contracultural que puede ser extremadamente liberador: estás en este mundo y puedes amarlo, pero recuerda, tu destino no es ser de este mundo. Eres una hija de Dios. Este no es tu hogar final, a fin de cuentas. Según decía de Dios san Agustín: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti”.

Mi esperanza está en que todas las mujeres valientes que hemos ejercido nuestra libertad y poder como mujeres para dar vida y criarla, encontremos un suave equilibrio entre amarnos a nosotras mismas y amar a las extensiones de nosotras mismas. (Después de todo, al amarlas, en realidad te estás amando a ti misma). Mereces ser amada y valorada, al igual que ellas. Las buenas familias son uno de los mejores inventos para el amor y la aceptación, al igual que un refugio de este mundo hermoso, pero a menudo falso, del que ansiamos formar parte. En tu lucha, confío en que no te prives de las sorpresas y las alegrías que pueden surgir de las elecciones que tomaste.

Así que, en definitiva, ¿cuál es el antídoto para el remordimiento? Esperanza en el futuro: decidir continuar soñando con buenas cosas al margen de los desafíos presentes. Sin embargo, tal y como dice la canción de los Rolling Stones: “No siempre puedes obtener lo que quieres pero, si lo intentas, a veces te encuentras con que recibes lo que necesitas”. Concienciación: estar plenamente presente en el momento, en cada taza de té, cada bocado de chocolate, cada perfume de una flor, cada canción que suena mientras conduces. Risa: buscar el humor en tu pathos particular. Gratitud: darte cuenta de cuánto tienes en comparación con alguien si hogar o sin comida o sin familia a quien amar. Y, por último, tener presentes a los fallecidos y celebrar a los nacidos.

Nuestros recorridos de maternidad pueden llegar a sentirse como un largo Adviento, un tiempo para esperar por el bien de los hijos. Pero recordemos qué es lo que aguarda después de las arduas travesías, y de esos rechazos como los de Belén por parte de aquellos corazones que no querrán dejarnos hueco.

Mi abuela, que tuvo una familia enorme, a menudo habla sobre la gran bendición que fueron los hijos en su vida. Hablamos de una mujer que a sus 100 años mantiene vivos sus sueños, sigue inquieta y llena de energía. No fue en absoluto una mosquita muerta de mujer, sino una fuerza a la que tener en cuenta. Se forjó una carrera notable en los 60, consiguiendo un puesto laboral que ninguna otra mujer había logrado antes en su empresa.

Nos habla de cómo después de intentar tener hijos sin éxito durante cinco años de matrimonio, ella y mi abuelo decidieron que estarían agradecidos por cualquier hijo que Dios quisiera mandarles. Y Dios les mandó seis. Nos habla de lo duro que podía llegar a ser, de lo abrumador de la situación. Pero también destaca: “A veces es un hijo el que te salva a ti”.

Cuando escribo estas palabras ya es Adviento, una época de espera. Nuestros recorridos de maternidad pueden llegar a sentirse como un largo Adviento, un tiempo para esperar y esperar, por el bien de los hijos. Pero recordemos qué es lo que aguarda después de las arduas travesías, y de esos rechazos como los de Belén por parte de aquellos corazones que no querrán dejarnos hueco, y después de la labor de ayudar a Dios a dar vida a un hijo. Si viajamos como mejor podemos y seguimos la estrella que todos los sabios siguen, encontraremos al niño que ha venido a salvarnos.

Hay un famoso poema del estadounidense Robert Hayden, Aquellos domingos de invierno, que ilustra el heroísmo de ser un buen padre, incluso en las tareas más ordinarias y menos agradecidas, cientos de padres y madres pasan desapercibidos diariamente.

Este poema también nos recuerda que nuestros hijos sí perciben los muchos sacrificios que hacemos por ellos, incluso aunque esa percepción llegue varios años más tarde, cuando devuelven el favor, entregándose ellos mismos al mundo. Y lo que es más, nuestros actos cotidianos de amor son el material que compone las grandes odas.

“También los domingos mi padre se levantaba temprano
y se vestía en medio del frío negro azulado,
después, con manos agrietadas, doloridas
de trabajar a la intemperie, hacía
arder los rescoldos. Nadie nunca se lo agradeció.
[…]
¿Qué sabía yo, qué sabía yo
del amor austero y los oficios solitarios?”

 

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