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¿Lo quieres todo ya? Adéntrate en esta exquisita escuela de paciencia

Kazmulka/Shutterstock
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"Sólo quiero perder el tiempo contigo, esperarte con paciencia, sin hacer otras cosas al mismo tiempo..."

Me gustaría cuidar en el Adviento la virtud de la paciencia: “Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca”. Es esa virtud que tanto escasea. Lo quiero todo ya, ahora mismo. No me gusta esperar. Voy con prisas. No quiero perder mi tiempo.

Y el Adviento me invita a vivir esperando, a invertir el tiempo en la espera, a cultivar el anhelo. Decía el padre José Kentenich: “La medida del anhelo es la medida de la gracia”. Si anhelo poco, si espero poco de la vida, si sueño poco, obtendré poco. El que apunta alto consigue más. Eso lo sé.

Si me duermo y no espero nada de la vida, no recibiré nada. La medida del anhelo está en proporción a la medida de la gracia que se me regala. Quiero apuntar alto. Quiero vivir inquieto, en búsqueda.

No me gusta la paz del que lo tiene todo y no necesita nada más para vivir. Me da miedo pensar que no me hace falta nada en esta vida. No estoy completo. Me faltan muchas cosas. No lo tengo todo claro. Estoy muy lejos del ideal. Me da miedo pensar que viviendo instalado voy a ser más feliz.

Me gusta la oración de una persona: “Quiero que Tú seas el centro. Me cuesta tanto. Me turbo cuando las cosas no son como yo quiero. Pierdo la paz. Me pongo triste. Con la cabeza quiero hacer lo que Tú quieres. Pero luego me da miedo perder lo que tengo. Como un niño aferrado a su pelota. Me gusta la vida que tengo. Me he acomodado. Basta con seguir la rutina cada día. Sin hacer cambios. Sin esperarlos. Quiero ser más tuyo cada día en este Adviento. Ser más carne de tu carne. Espíritu de tu espíritu. Quiero amar más sin pensar en mí. Que no quiera el reconocimiento y el aplauso. Me siento débil. Me da miedo caer en ese orgullo y pensar que me necesitas para cambiar el mundo. Cuando soy yo el que te necesito”.

Me gusta esa actitud paciente en la espera. Quiero ser más de Jesús. Quiero ese fuego inquieto en el alma. Soy impaciente. Pero también sé que Dios construye a partir de lo que soy, a partir de mi impaciencia.

Sabe que lo quiero todo ya, ahora mismo. Y por eso le gusta cuidar mi corazón para que aprenda a esperar. A perder el tiempo. A aguardar.

La oración tiene mucho de espera. Me detengo ante Dios y le digo: “Este tiempo perdido es para ti, te lo entrego. No busco frutos en esta oración. Sólo quiero perder el tiempo contigo, esperarte con paciencia. Sin hacer otras cosas al mismo tiempo como hago a veces. Todo yo a solas contigo sin interferencias”.

La oración es una escuela para aprender a vivir con paciencia. Sin buscar satisfacer mis deseos, mis anhelos y mis planes de forma inmediata.

No soy paciente con Dios. No soy paciente con las personas. Me impacientan las personas lentas. Me cuesta esperar a que hagan lo que tienen que hacer. ¡Cuánto me educa convivir con personas lentas! No buscan el resultado inmediato. ¡Qué bien me viene para aprender a ser paciente!

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