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Verme caritativa impactó a mi hijo

Georgie Wileman via Getty Images

Laura Yeager - publicado el 13/12/16

... y su reacción fue una gran lección

Fue justo antes del Día de Acción de Gracias. Mi hijo Tommy y yo íbamos camino de Toys ‘R’ Us para elegir un regalo de cumpleaños para su amigo Mike. Tommy pensó que le gustaría algún peluche de Angry Birds. Justo cuando salíamos de la autopista vimos a una persona que sostenía un cartón que decía “Por favor, ayúdame”. Era un sin techo, un mendigo, ahí de pie bajo el frío.

No siempre respondo a las señales de los sin techos parados junto a la carretera, pero aquel día me sentí impelida a hacer algo. Nos detuvimos en el semáforo. Abrí la ventana e hice señales al hombre para que se acercara a mi coche. Vio mi gesto y comenzó a caminar hacia nosotros.

“Mamá, ¿qué haces?”, preguntó Tommy.

“Voy a ayudar a este chico”.

Cuando llegó al coche pude ver lo joven que era, de veintipocos años. Tenía el pelo largo y enmarañado y llevaba puesto un gran abrigo gris y una gorra roja. Llevaba la capucha cubriéndole la cabeza.

“Hola”, le dije.

“Hola”.

Saqué mi cartera, la abrí y me di cuenta de que no llevaba nada suelto. Perfecto. ¿Qué podía hacer ahora? ¿Decirle que se marchara? Un poco nerviosa, descubrí que sí tenía un cheque de regalo por valor de 10 dólares para la tienda de segunda mano Summit Thrift Store. ¿Lo querría? Dudé.

“¿Has oído hablar de la tienda Summit Thrift Store”, le pregunté.

“Sí, la conozco”.

“¿Sabes dónde está?”.

“No, pero puedo encontrarla”.

Le di el vale. Lo leyó y sonrió. “Gracias”, dijo. “Tengo una bici. Puedo acercarme hoy mismo”.

“Bueno, quizás allí puedas encontrar algo que te haga falta”, le dije esperanzada.

“Necesito una mochila nueva”, dijo mientras se giraba para enseñare la antigua. “Esta es muy pequeña”. La mochila era minúscula. Seguro que podía encontrar una mochila de buen tamaño en esa tienda de gangas por menos de 10 dólares.

“Estupendo”, le dije.

“Muchísimas gracias”.

“No hay de qué”.

El semáforo se puso en verde y nos marchamos.

“Mamá, eso ha estado muy bien”, me felicitó Tommy. “¡No puedo creer que le dieras algo a un vagabundo!”.

Tommy nunca me había visto haciendo este tipo de gesto de caridad. Normalmente mi ayuda es oculta, escribo un cheque y lo mando por correo postal o lo dejo en el cepillo de la iglesia. O ayudo a amigos y vecinos que Tommy conoce. Nunca había decidido ayudar a un extraño en un momento, improvisadamente.

Tommy había quedado muy impresionado. Lo que acababa de presenciar era el amor de Cristo propagándose a través de mí. Jesús hacía este tipo de cosas constantemente. Continuamente se ofrecía para ayudar, para sanar a personas, para alimentarlas, para instruirlas. Para morir por ellas.

Aquel día, entendí mejor que yo tenía que ser un buen ejemplo para Tommy en lo que concierne a la caridad. Tenía que dar a los demás para que él aprendiera a ser generoso y dar libremente.

Mi marido y yo a veces trabajamos como voluntarios en un comedor social. Creo que ya es hora de llevarnos a Tommy a que nos ayude en el servicio a los pobres. O quizás podríamos elegir algunos juguetes para niños necesitados, envolverlos para regalo y donarlos.

Tommy está entusiasmado con la generosidad estos días debido a nuestro pequeño encuentro con aquella persona sin hogar. Y quiero fomentar ese sentimiento.

El Adviento está en proceso. Nos preparamos para la llegada de Jesús.

¿No sería magnífico que todos fuéramos un poco más generosos este año?

Que Dios bendiga vuestros corazones e infunda caridad en ellos estas Navidades y durante todo el año.

Feliz Adviento.

Tags:
advientocaridadfamiliagenerosidadpobrezatestimonio
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