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El musulmán y la valiente mujer africana entre los no violentos

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«La no violencia practicada con decisión y coherencia ha producido resultados impresionantes». Lo escribió Papa Francisco en el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2017; y, para demostrarlo citó algunos ejemplos de figuras provenientes de ámbitos y contextos religiosos diferentes. Algunas de estas figuras son muy conocidas: Bergoglio recordó tanto las palabras y las acciones de la Madre Teresa de Calcuta como el aporte de Juan Pablo II en la caída de los regímenes comunistas en Europa. Y después citó a dos figuras que normalmente, incluso en el mundo laico, se relacionan con las batallas no violentas: mahatma Gandhi de la India y Martin Luter King, el pastor bautista asesinado en Memphis en 1968 por sus batallas en defensa de los derechos civiles de los negros de Estados Unidos.

Pero en el mensaje de Papa Francisco también aparecen otros dos nombres mucho menos conocidos, pero que representan muy bien la voluntad de Bergoglio de indicar la no violencia como vía no solo para los católicos sino para la humanidad entera. El primero es el nombre de Abdul Ghaffar Khan, vinculado con el de Gandhi en relación con el éxito de la liberación de la India. El detalle importante es que mientras mahatma Gandhi era una personalidad hindú, Khan era un pashtún de religión musulmana.

Nació en 1890 en la zona de Peshawar, en el noroeste de la entonces India británica. Era el hijo del khan, el jefe de la aldea, muy respetado. Su recorrido fue muy parecido al de Gandhi: educación en las mejores instituciones inglesas, pero sin perder sus vínculos con las propias raíces. Y en ese contexto maduró la convicción de que la respuesta más fuerte posible a la injusticia no era la venganza inscrita en el antiguo código de honor, sino la no violencia.

En 1929 fundó los Khudai Khidmatgar, el primer ejército no violento de la historia, que llegó a tener entre sus filas 80 mil pashtunes. Tuvo que enfrentar una represión inglesa mucho más dura con respecto a la que se enfrentó Gandhi. Pero siempre le pidió a todos los que formaban parte de su movimiento que juraran «abstenerse de la violencia y de la búsqueda de la venganza», además de perdonar «a los que me oprimen o me tratan con crueldad».

Después del dominio colonial, Khan se negaba a la partición de la India y por este motivo fue acusado de traición por los nuevos «hombres fuertes» de Paquistán, quienes temían que su activismo a favor de los más pobres. Pasó 30 años en la cárcel, un tercio de su vida, y siete en el exilio en Afganistán, pero nunca dejó de sostener sus principios. Murió el 20 de enero de 1988 y no se ha olvidado su heroísmo: muchos musulmanes de todo el mundo adoran recordarlo como el ejemplo de una vía islámica de la no violencia. Entre ellos está la chica paquistaní que recibió el Premio Nobel de la Paz en 2014.

El otro nombre que, un poco sorpresivamente, incluyó el Papa en su mensaje es el de la liberiana Leymah Gbowee: ejemplo del compromiso de las mujeres en la no violencia. Su historia es la de un compromiso de paz dentro de uno de los conflictos más sangrientos de la historia reciente de África, conocido desgraciadamente por el fenómeno de los niños-soldado. Leymah Gbowee, cristiana luterana, sufrió la violencia de la guerra y fundó un movimiento de mujeres cristianas y musulmanas que se reunían para rezar por la paz. Y alrededor de este gesto común creció un grupo de presión completamente femenino a favor de las negociaciones. Hubo muchos gestos públicos de este movimiento, incluida la idea de una «huelga del sexo». En 2003, para concluir, en el momento decisivo de las negociaciones, Gbowee  organizó una valla humana de 200 mujeres para impedir que, en Accra, salieran de la sala en la que estaban reunidos los representantes del entonces presidente Taylor y otros señores de la guerra hasta que no encontraran un acuerdo. Al final la paz llegó y poco después llegó incluso la elección de una mujer, Ellen Johnson Sirleaf, como Presidenta de Liberia. Un aporte que fue reconocido a nivel internacional en 2011 con la entrega del Premio Nobel para la Paz a ambas mujeres Leymah Gbowee y Ellen Johnson Sirleaf.
 

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