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Cómo un psicólogo infantil encontró el elemento espiritual en su trabajo

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Para poder mejorar el cómo nos sentimos, primero debemos volver a los pensamientos y cuestionar algunos

Era una típica tarde de mi vida como psicólogo pediátrico. Trabajaba con un chico que llevo viendo varios años. Su vida ha quedado marcada por el divorcio, la violencia y la inestabilidad, pero su madre persiste en ayudar a su hijo a mejorar la regulación de sus emociones y el control de sus impulsos, entre otras habilidades.

Estaba usando un capítulo del libro Qué puedo hacer cuando estallo por cualquier cosa, de Dawn Huebner, para ilustrar la función de los pensamientos en nuestros sentimientos y nuestras respuestas. El chico leía en voz alta el siguiente pasaje: “Pero existe un secreto sobre la ira, algo que te ayudará a evitar que estalles cuando algo va mal. Lo único que hace que te enfades eres tú mismo”.

De repente, me inundó una sensación de consciencia, como una voz que me susurraba: “Estás involucrado en una tarea espiritual”.

Bueno, en la superficie, mi trabajo con este muchacho era sobre usar técnicas cognitivo-conductuales para enseñarle las herramientas para cuestionar nuestros pensamientos y para su redefinición, algo para lo que yo también estoy entrenado.

Pero mi voz interior me alertó, recordándome que, según nos repiten una y otra vez los santos, todo lo que hagamos debe ser un acto de fe y caridad, es decir, debe tener un elemento espiritual.

En mi vida profesional, confío en primer lugar en la doctrina católica sobre el libre albedrío. Según explica el Catecismo, “la libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo”.

En terapia cognitivo-conductual, enseñamos a niños y adultos por igual que los acontecimientos que suceden todos los días puede que estén o no bajo nuestro control. Sin embargo, nuestra actitud y nuestros pensamientos hacia esos acontecimientos afectan a nuestras emociones, nuestras reacciones conductuales, estados internos (por ejemplo, dolor de cabeza, de estómago).

Así que, para poder mejorar el cómo nos sentimos, primero debemos volver a los pensamientos, que a veces parecen automáticos, y cuestionar aquellos que son dañinos o exagerados. Luego, hemos de esforzarnos en redefinirlos de una forma más realista y positiva.

Básicamente, aplicamos el libre albedrío, induciendo un mayor razonamiento e incrementando la consciencia sobre cómo pensamos y actuamos.

De otra forma, podríamos experimentar problemas conductuales y emocionales significativos, incluyendo ansiedad y miedos innecesarios (que resulta aquello contra lo que nos advierte en primer lugar Dios en la Biblia: No tengáis miedo).

Como cristianos, sabemos que podemos usar la oración para pedir la ayuda de Dios para reducir las emociones negativas. Pero Dios también nos regaló la capacidad de “redefinir”.

Es posible que no consideremos esta “re-definición” como una tarea espiritual. Pero si la unidad con Dios comienza con la libertad, y los vicios nos impiden buscar Su perfección, entonces cualquier ejercicio que empleemos para unir nuestra voluntad con la Suya resulta una apertura a lo auténticamente divino.

En todas las Escrituras vemos que los profetas y los apóstoles no trabajan con Dios desde una posición de méritos, sino de voluntad. La simple voluntad propia crea esa apertura; nos conecta con lo divino.

Aquel día sentado con este muchacho, todo quedó claro. No soy responsable de su salvación. No soy responsable de su vida. Pero sí soy responsable de entregar de mí aquello que le ayude a trascender sus retos. Llamémoslo terapia. Llamémoslo orientación psicológica. Llamémoslo como queramos. Pero a fin de cuentas, mi esperanza es que su libre albedrío, su libertad, sea un poco más del estilo a Hágase Tu voluntad.

 

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