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Cómo la belleza me llevó a Dios

© Fred Grinberg / RIA Novosti / Sputnik

Alexis Bétemps - publicado el 12/12/16

"Nunca había pensado que, con los 12 o 13 años que tenía entonces, podría experimentar un sentimiento totalmente nuevo"

Soy un joven parisino de casi 25 años del que nadie podría decir que estuviera destinado a esta cosa imprecisa que hasta hace poco todavía llamaba “la religión”. Sin embargo, desde hace casi dos años, me considero católico… y dentro de poco seré bautizado.

La cultura, en todas sus formas, ha servido de puerta entreabierta a un mundo de espiritualidad que antes me parecía inexistente, más que inaccesible.

Cada libro me planteaba preguntas o despertaba dudas en mí, me anticipaba algo venidero, escurridizo e incierto. Son también los libros los que, pasados mis 20 años, formularon claramente las preguntas que ya me agitaban de forma confusa desde hacía tiempo y que trajeron las respectivas respuestas.

Sin embargo, antes incluso de que comenzara el proceso que debía conducirme hasta la fe, otra forma de cultura la introdujo en mi vida, de manera menos intelectual y más intuitiva: la música.

Empecé con mis estudios de solfeo y piano con unos 6 años, lo que me hizo descubrir un repertorio musical muy rico; sin embargo, su esencia religiosa seguía siendo el privilegio de un mero oyente, ya que los niños, evidentemente, interpretan más sonatinas de Mozart que salmos de Bach.

Una noche de diciembre, durante un interminable viaje en coche, sentado en la parte trasera del coche y medio somnoliento, recuerdo haber escuchado el comienzo de la Pasión según san Juan, de Bach, las ondulaciones inquietas de los violines y el bajo obstinado del órgano, el coro desgarrador y la lenta progresión atormentada de esta pieza tan poderosa como cautivadora.

Nunca había pensado que, con los 12 o 13 años que tenía entonces, podría experimentar un sentimiento totalmente nuevo y perfectamente desconocido para mí. Me era difícil de describirlo, mucho más siquiera ponerle nombre: se trataba de un sufrimiento muy intenso, pero no acompañado de desesperanza alguna.

Una infinita tristeza resplandeciente que parecía elevarse, cuando las tristezas comunes parecen llenarse de tinieblas y desplomarse sobre nosotros. Era una especie de empatía súbita y absoluta hacia el mundo entero, una compasión universal.

A decir verdad, creo que por primera vez tenía conciencia de la existencia de una entidad en mí que no conseguía identificar con seguridad y que no estaba en absoluto ni en mi cuerpo ni en mi espíritu.

Desde entonces he tenido la oportunidad de escuchar muchas obras musicales, pero esta sigue operando en mí el mismo efecto. Otras piezas, como el , de Haydn, me daban más bien la impresión de una elevación muy espiritual; otras, como el réquiem de Fauré, y más en particular el voluptuoso que concluye la obra, parecen ir dirigidos más a mi cuerpo y a mis sentidos.

Pocas son las que consiguen tocar directamente mi alma y aferrarse a ella con tanto poder.

Concibo la existencia de una multitud de maneras en las que Dios puede manifestarse y a través de las que podemos, partiendo de nada (o de menos de lo que creemos que es nada), encontrarle y dirigirnos hacia Él.

Ignoro qué parte de este contacto entre el ser humano y Dios desempeña cada uno, qué parte pertenece a Dios y cuál a nosotros. No puedo más que alegrarme porque haya capturado mi corazón, a mí, que no daba importancia ninguna a mi cuerpo ni a mi espíritu, y por que se haya producido a través de uno de los instrumentos más misteriosos y más universales que existen: la belleza.

“¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas, y esto lo sé muy bien!” (Salmos 139: 14)

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