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“La guerra es un cúmulo de falsedades”

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«Nuestra única respuesta a la violencia y al terrorismo es la fe y la unidad». Hoy, «desgraciadamente, nos hemos acostumbrado a la guerra, a la destrucción, pero no debemos olvidar que Siria es un país lleno de historia, de cultura, de fe», advirtió Papa Francisco. Y «no podemos aceptar que esto sea negado por la guerra, que es un cúmulo de abusos y de falsedad. Hago un llamamiento a todo el mundo para que se lleve a cabo una elección de civismo: no a la destrucción, sí a la paz, sí a la gente de Alepo y de Siria». Jorge Mario Bergoglio prosiguió: « Cada día tengo presente, sobre todo en la oración, a las personas de Alepo. No hay que olvidar que Alepo es una ciudad y que allí hay gente: familias, niños, personas mayores, enfermas». Después, el Pontífice expresó su cercanía al «Papa Tawadros II, el líder de la Iglesia ortodoxa copta, y a su comunidad: rezo por los muertos y por los heridos», insistió refiriéndose al atentado contra la catedral de El Cairo. Geopolítica y cuidado pastoral, como sucede en todo su Pontificado.

«Pensemos en nuestros catequistas, que trabajan tanto: ser catequistas es una cosa bellísima, porque llevan el mensaje del Señor. Un aplauso a todos los catequistas», dijo. «Jesús toca a nuestro corazón para acercarnos. Su Salvación son hechos, no palabras». Un Ángelus con una exhortación: «Dios nos cura, volvamos a descubrir el sabor de la verdadera alegría». Según el Papa «un cristiano que no es alegre no es cristiano: le falta algo». Por ello, recordó, «estamos llamados a dejarnos involucrar por el sentimiento de exultación, de la cual la liturgia de hoy está llena, por la venida del Señor a nuestra vida como liberador: es Él quien nos indica la vía de la fidelidad, de la paciencia y de la perseverancia para que, a su regreso, nuestra alegría sea plena». Un himno a la fe que abre las puertas de la alegría auténtica. La de la Navidad «no es una alegría superficial o puramente emotiva, tampoco mundana o del consumismo, sino que se trata de una alegría más auténtica, de la cual estamos llamados a descubrir el sabor». Es una alegría que «toca lo íntimo de nuestro ser y la liturgia de la Palabra nos ofrece el contexto adecuado para comprender y vivir esta alegría». La Navidad «está cerca», los signos de que se está acercando «son evidentes por nuestras calles y en nuestras casas, y también aquí en esta Plaza pusieron el pesebre con el árbol al lado». Estos signos externos «nos invitan a acoger al Señor, que siempre viene y toca a nuestra puerta y a nuestro corazón; nos invitan a reconocer sus pasos entre los de los hermanos que pasan a nuestro lado, especialmente los más débiles y necesitados», subrayó el Pontífice. «Hoy celebramos el tercer domingo de Adviento, caracterizado por la invitación de san Pablo a la alegría: “Alégrense siempre en el Señor: se los repito, alégrense porque el Señor está cerca”. No es —explicó Papa Francisco— una alegría superficial o puramente emotiva, ni mucho menos aquella mundana o del consumismo, sino que se trata de una alegría más auténtica, de la cual estamos llamados a descubrir el sabor». De hecho, «es una alegría que toca lo íntimo de nuestro ser, mientras esperamos a Aquel que ya ha venido a traer la salvación al mundo, el Mesías prometido, nacido en Belén de la Virgen María: la liturgia de la Palabra nos ofrece el contexto adecuado para comprender y vivir esta alegría. Isaías habla de desierto, de tierra árida, de estepa; el profeta tiene ante sí manos cansadas, rodillas vacilantes corazones extraviados, ciegos, sordos y mudos». Es, añadió el Pontífice, «el cuadro de una situación de desolación, de un destino inexorable sin Dios».

El Papa recordó que «hoy en Vientiane, en Laos, son proclamados beatos Mario Borzaga, sacerdote de los Misioneros Oblatos de María, a Paolo Thoj Xyooj, fiel laico catequista y a catorce compañeros asesinados por odio a la fe. Que su heroica fidelidad a Cristo sea aliento y ejemplo para los misioneros y especialmente los catequistas, que en tierras de misión desempeñan una valiosa e insustituible labor apostólica, por la cual toda la Iglesia les está agradecida. Y pensemos en nuestros catequistas: tanto trabajo que hacen, ¡un trabajo tan hermoso! Ser catequista es una cosa bellísima: es llevar el mensaje del Señor para que crezca en nosotros. Así que, un aplauso para los catequistas, para todos».

Después de haber saludado «con afecto» a todos los peregrinos de los diferentes países, Bergoglio reservó el «primer saludo» de hoy «a los niños y chocos de Roma que vinieron para la tradicional bendición de los Niños Dios, organizada por los Oratorios parroquiales y por las escuelas católicas romanas». Después recomendó: «Queridos chicos, cuando recen frente a su pesebre con sus padres, pídanle al Niño Jesús que nos ayude a todos a amar a Dios y al prójimo, y acuérdense también de rezar por mí, como yo me acuerdo de ustedes». Después saludó a los «profesores de la Universidad Católica de Sídney, al Coro Mosteiro de Grijó en Portugal y a los fieles de Barbianello y Campobasso». Al final pidió que los niños que estaban presentes en la Plaza San Pedro cantaran una canción, no sin antes haber deseado a todos «¡buen provecho!». Inmediatamente después, se elevó el coro que había pedido el Pontífice. Quedará impreso su grito de dolor por Siria y por las masacres en Egipto y Estambul, y por otros ataques en Somalia y Nigeria. Efectivamente, «única es la violencia que origina muerte y destrucción, como también es única la respuesta frente a ella: fe en Dios y unidad en los valores humanos y civiles».
 

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