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¿Por qué es mejor dejar que los propios niños pongan el belén?

©Jean-Matthieu GAUTIER/CIRIC

Inma Álvarez - publicado el 10/12/16

Un excelente recurso educativo para que vivan la Navidad

Poner el belén (también conocido como Pesebre o Nacimiento de Navidad) en casa es una de las tradiciones más queridas en muchos hogares de todo el mundo. Cuando mi esposo y yo nos casamos, desde nuestra primera Navidad juntos tuvimos nuestro belén de figuras de cerámica bien adornado en una esquina del salón.

Conforme fueron naciendo nuestros hijos, el belén tuvo que ir subiendo «en altura» para evitar previsibles catástrofes, a medida que los pequeños gateadores comenzaban a incorporarse y a crecer… Pero salvar nuestro precioso belén tenía un efecto colateral que no habíamos previsto: nuestros hijos se «perdían» visualmente lo más importante de la Navidad. Les acababa gustando más el árbol, lleno de luces y adornos de colores, y mostraban poco o ningún interés hacia esas figuritas extrañas que mamá y papá no les dejaban tocar.

Pero yo recordaba que para mí y para mis hermanos, el belén había sido siempre tremendamente importante. Y de pronto recordé… el belén era importante ¡porque lo montábamos nosotros! Cada año éramos los niños los arquitectos, iluminadores e ingenieros del belén, que confeccionábamos con nuestros propios juguetes. Nuestros padres siempre confiaron y nos dejaron solos en esta tarea.

¡Qué recuerdos! Cuando éramos más chicos, el belén se reducía a los ángeles, la Sagrada Familia y los pastores, sobre un fondo de serrín, y con estrellas de papel de aluminio. Pero cada año mejorábamos muchísimo el original: Recuerdo una vez que hicimos hasta pistas de esquí con yeso, pescadores con sus barcas, policías motorizados…

Otro año creamos un verdadero huerto vivo con lentejas germinadas junto al portal. A veces, la Sagrada Familia se perdía tanto entre los miles de detalles que había que explicar a «los mayores» dónde se encontraba… Cada uno aportaba sus juguetes, y a pesar de que hemos sido peleones, esos días suponían una «tregua»: nadie podía quitar sus cosas del belén aunque estuviera enfadado con los demás.

Por supuesto, ese belén estaba «vivo» durante las fiestas: la llegada de los reyes magos se celebraba moviendo a los correspondientes muñecos hacia el Niño Jesús, o alguna «mano inocente» cambiaba otros muñecos de posición, aprovechando que los demás no se daban cuenta.

Volver al pasado me ayudó a darme cuenta de que el belén no es un adorno navideño, sino una divertida y, al mismo tiempo, auténtica catequesis para los niños. No importa que sea menos vistoso, que el suelo se llene de musgo y harina o que aparezca alguna princesa inesperada en el portal: es más importante que sientan que la Navidad es algo importante en sus vidas, algo que es «suyo».

A mis hijos se les ocurrió una idea brillante, que les comparto: decidieron que algunos de los muñecos representarían a nuestra familia, que también se dirige a adorar al Niño Jesús. Elegir cada uno a su muñeco alter ego y colocarlo junto a los pastores les ha ayudado a comprender lo que es la Navidad mejor que miles de charlas.

También han insistido en poner una ovejita perdida por las montañas, pues uno de ellos recordó que una vez, nuestro párroco había dicho que Jesús vino a salvar a las ovejas perdidas…

Así que nuestras figuritas de cerámica han vuelto a su caja, a la espera de tiempos mejores. Sólo espero que nuestros hijos no olviden, y sean capaces de hacer vivir lo mismo a nuestros nietos…

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