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Mamá, ¿eres la última en tu lista de tareas pendientes? Pues es un error

Andreas Gradin | Stocksy United
a young mother and her little baby girl in an autumn outdoor scenery
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Somos muy buenas posponiendo esa cita médica o incluso la peluquería para poner a nuestros seres queridos en primer lugar, en detrimento de nuestra familia. No podemos dar lo que no tenemos, ¿sabes?

Una mañana tuve una epifanía mientras tomaba el café. Técnicamente, no fue una epifanía, sino más bien un dolor agudo en el lado derecho de mi mandíbula mientras hablaba con mi marido. Con un gesto de dolor, solté la taza y me llevé la mano a la mejilla.

“¿Qué te pasa?”, me preguntó.

“Nada, nada, que está sensible”, respondí, quitándole importancia al dolor, como tenía por costumbre. Tomé la nota mental de inclinar la cabeza hacia el lado contrario la próxima vez.

“Tienes una pinta ridícula”, me dijo mi marido, reprimiendo la risa. “¿Cuánto llevas haciendo eso con la cabeza? Deberías ir a que te lo vieran”.

Lo pensé durante un buen rato. ¿Cuánto tiempo llevaba con este dolor intermitente (que cada vez era más constante)? ¿Tres meses? ¿Seis? Ni siquiera me acordaba. Pero daba igual, porque mi respuesta inmediata fue:

“No es para tanto”.

Por qué nos ponemos en último lugar

Lo que en realidad quería decir era: “No tengo tiempo”.

Nuestro calendario estaba lleno hasta los topes: reuniones de trabajo, transporte de los niños, citas para jugar, cenas familiares, iglesia, siesta, compras, cumpleaños, colectas, revisiones de los niños.

Las revisiones de los niños. Las había planificado con meses de antelación y las había priorizado en nuestro calendario, por considerar que era un asunto muy importante: la salud de los miembros de mi familia. Y aun así, ahí estaba yo ignorando mi propia salud porque me parecía inconveniente para el resto de actividades familiares.

Antes de aceptar con gusto este regalo que es la maternidad, no tenía que preocuparme de encontrar hueco para mí misma en el calendario. Tenía citas para hacerme las uñas, para cafés con los amigos y rutinas de deporte. Aunque estoy encantada de tener una creciente familia a la que criar y un marido que me quiere a pesar de mis uñas sin pintar y mis cejas alborotadas, también me veo que tengo que renunciar a cortarme el pelo regularmente o a ir a gimnasia. No hay tiempo ni dinero, me justifico. Y en algún lugar atrás en mi cerebro hay una voz que me dice: Eso es egoísta.

Doy prioridad a las clases de natación del pequeño pero yo nunca voy a clases de spinning. Me apresuro los domingos para llegar a tiempo a misa con la familia, pero rara vez tomo tiempo para rezar yo sola. Ya tengo la ropa de Navidad para mis hijos, pero yo llevo zapatos con un tacón roto.

Hay algo que no va bien en todo esto.

Cómo ser las madres que queremos ser

Cuanto más pienso en ello, más me doy cuenta de que cuidar de mí misma es cuidar de mi familia. Sin embargo, como la mayoría de madres, tiendo a ponerme a mí misma la última de la cola o, directamente, me excluyo. Aunque este tipo de sacrificio parece ser inherente al hecho de ser madre o padre, a menudo es innecesario y a veces puede ser un peligro para nuestra salud.

“Siempre tengo pacientes que comentan que llevan a sus hijos a su revisión ocular todos los años, pero que ellos hace 10 años que no van”, explica la doctora en optometría Amy Ung. “Lo que olvidan es que la salud de sus ojos es tan importante como la de sus hijos”.

Y, aunque no sea tan urgente como el cuidado de nuestra salud, la maternidad también puede afectar a la forma en que tratamos y la prioridad que damos a nuestra apariencia física.

Jennifer Mackey-Mary, propietaria de Apple & Pear Wardrobe Design diseña ropa para mujeres cuyos cuerpos y horarios han cambiado ahora que son madres. Aunque crea armario y ayuda a las mujeres con sus compras, reivindica que “lo importante no está en la ropa, sino en la vida que vivimos con esa ropa; pero cuando no nos gusta cómo nos vemos, nos reprime de participar plenamente en la vida”.

Y continúa: “Cuando veo a una mujer que se mira en el espejo y le gusta lo que le devuelve el reflejo (quizás por primera vez en mucho tiempo), es un momento muy poderoso. Creo que nuestros cuerpos son un regalo de Dios, así que valorarlos, al margen de su tamaño y forma, es una forma de honrarle”.

A veces estoy demasiado atareada como para pararme a mirarme en el espejo. Pero otras veces, para ser sincera, evito mirarme porque temo lo que pueda ver: la cara preocupada, sin maquillar, de una madre desaliñada totalmente exhausta y consumida, por dentro y por fuera. No tengo el aspecto de la madre que necesito ser; no me siento como la madre que necesito ser.

Tengo que tratarme con amor, con el mismo amor que trato a mis hijos, el mismo amor con que Dios nos trata a todos nosotros.

Reflexionando sobre esto, mi párroco me recordó un antiguo adagio: “No puedes ofrecer aquello que no tienes”. Y da este consejo a las madres: “el principio general que debería orientar a las nuevas mamás, y a todas las demás, es: ¿Estamos cultivándonos y cuidándonos para poder dar lo mejor de nosotras mismas?

Lo que necesitan nuestros hijos, nuestros seres queridos, nuestro prójimo, es la mejor versión de nosotras, vivas en plenitud con la presencia de Dios. Si confiamos en impartir amor incondicional, paciencia, bondad, ternura y los demás dones del Espíritu Santo, primero tenemos que recibirlos desde la fuente. En otras palabras, ¿nos alimentamos del aire o del Espíritu Santo?”.

Como otras muchas madres, demasiadas, yo también me siento a menudo como si funcionara a base de aire, como si mi combustible no fuera el adecuado. Es muy fácil quedar atrapada en los deberes y las obligaciones de la maternidad y olvidarse de los deberes y obligaciones para con una misma, tanto en cuerpo como en alma. O incluso peor, considerar que dedicar tiempo y esfuerzo para cuidarse significar ser desconsiderada y arrebatar tiempo del cuidado de los demás. Pero no puedes cuidar de nadie como es debido si primero no te cuidas a ti misma.

En Sabiduría 11:24 se dice que Dios ama a todos los seres y no aborrece nada de lo que ha hecho. No creo que yo sea la única que a veces olvida que, yo también, soy una creación de Dios y que es mi deber cuidar de Su creación. Tengo que tratarme con amor, con el mismo amor que trato a mis hijos, el mismo amor con que Dios nos trata a todos nosotros.

Ayer, por fin, fui al dentista en vez de esperar a mi cita anual. Resulta que lo que lo que yo menospreciaba como una simple sensibilidad dental era en realidad un asunto más serio y necesitaré una endodoncia. Será una hora ingrata y dolorosa en el dentista, y no una clase de gimnasia ni un salón de manicura, pero será un cuidado para mí, que ya me tocaba. Y me siento bien.

Y probablemente también estaré rezando el rosario para abstraerme porque, como todas las madres, soy una maestra de la multitarea.

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