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Ayúdenme a dejar de pegar a mi mujer

Orfa Astorga - publicado el 06/12/16

Conoce -para rebatirlas- las razones por las que las mujeres no abandonan al maltratador

Soy uno de tantos cobardes que han golpeado a su esposa.

Quizá no cuente nada nuevo para quienes han vivido como víctimas o victimarios la violencia intrafamiliar, pero quiero dejar en claro que se trata real y verdaderamente de un crimen, en donde se ultraja y se humilla con golpes que atentan contra la vida.

Lo comencé a vivir en mi familia de origen.

Mi padre avergonzaba a mi madre en público, la forzaba y golpeaba, diciendo en el colmo del cinismo y depravación que ella aguantaba los malos tratos porque le gustaban y porque así se sentía más querida.

Lo cierto, es que mi madre guardaba silencio incapaz de rechazarlo, considerando que por su limitada condición, no podría hacer frente a la vida y sacar adelante a sus hijos.

Mi madre, sin amigos ni familiares a quienes acudir, solo encontró una salida: resignarse y esperar a que el tiempo cambiara su situación, y esperando murió…

Puede ser que yo haya heredado esos patrones de conducta, pero fui y soy responsable del mal uso de mi libertad, lo mío es absolutamente pecado personal, aunque a más de un psicólogo haya ofrecido exonerarme. Debo reconocerlo así, de lo contrario jamás lo superare.

Por eso narro solo los hechos sin atenuarlos con justificaciones de ninguna índole.

Conquisté a mi mujer con dotes de galán encantador, consciente de que lo hacía con una buena mujer que me amaría noblemente con la certeza de ser igualmente correspondida, pero lejos de ello me porté muy mal.

Cuando midiendo sus palabras, con mucha razón se atrevió por primera vez a reclamármelo, iracundo le contesté con golpes en pleno rostro y arrastrándola de los cabellos.

Quedó malherida, pero sobre todo gravemente sorprendida y asustada, pues mi reacción chocaba brutalmente con su confiado proyecto matrimonial junto al hombre que juró amarla y respetarla para toda la vida.

Desorientada, sin mi referente emocional, muy deprimida, su primera reacción fue abandonarme, pero…

Me hinqué, le rogué su perdón, le lloré y le pedí una oportunidad prometiendo que jamás volvería a suceder, al tiempo que ofrecía mil excusas en el absurdo de querer inspirarle lástima cuando era ella la víctima.

Logré su perdón y sin embargo la seguí golpeando en un fatídico ciclo donde empezaba con agresiones verbales, luego psicológicas, hasta llegar a los golpes sin importar que la lesionaba, luego… ¡ah eso sí! Nuevamente muy arrepentido, volvía a las vehementes promesas de convertirme, ahora sí, en el mejor esposo y padre que pudiera existir.

Después de una tenebrosa luna de miel, nuevamente volvía a las agresiones verbales y psicológicas en escalada, terminando en una explosión en la que después del primer golpe mi ira se desataba incontrolable.

Mi violencia la abarcó en todo impidiéndole desarrollar algún trabajo; dejando de hablarle durante largos periodos de tiempo; amenazándola con declararla enajenada y quitarle a los hijos. Mi esposa empezaba a comportarse como mi madre, con una indefensión aprendida.

Cínico y cobarde, ante familiares y amigos me comportaba como una persona agradable y tranquila, dando a entender que el sufrido era yo y me encontraba lejos de ser una persona hostil.

Invadida por el temor, mi esposa me dejó dos veces para irse con parientes. Pero hice mis cálculos, pues aún recibía mis llamadas, así que le hablaba insistente, sabiendo que el recordarme arrepentido y amoroso le provocaría un sentimiento más fuerte que el miedo y que eso la haría volver, y no me equivocaba.

Finalmente la liga se estiró tanto que terminó rompiéndose y pudo más el miedo. Mi esposa dejó de recordar los buenos momentos, cortó definitivamente la comunicación, pidió ayuda a una institución, a su familia, y me demandó.

La ley la protege y no puedo buscarla ni ver a mis hijos; de hacerlo, me queda claro que habrá consecuencias.

Me resulta muy difícil pensar en volverme a casar, no confío aún en mí, realmente me siento mal. Sufro al comprender que mi esposa me dejó de amar para siempre, que no era un objeto de mi propiedad, que su amor era libre como libremente me abandonó.

He buscado ayuda profesional, quiero salir del pozo.

Algunas razones por las que las mujeres víctimas de maltrato no abandonan la relación:

La esperanza. “Él realmente no es así, en el fondo es bueno”. Piensan que al sembrar amor cosecharán amor, y otorgan el perdón con la esperanza de que los episodios de violencia desaparezcan.

Los justifican. “Cuando deje de beber cambiaró” o “es por el estrés en el trabajo más los problemas económicos”. En su dependencia emocional, llegan hasta defenderlo.

Poca autoestima. “Eres una estúpida, te vas a morir de hambre, tus hijos me necesitan más a mí que a ti”… Las agresiones verbales con las que son continuamente descalificadas provocan que cualquier plan de salida termine dando marcha atrás.

La dependencia económica. “¡Que voy a hacer sin él!”. Haberse casado muy joven sin experiencia de la vida más no contar con una profesión o capacitación, les hace sentirse incapaces de sostener a sus hijos por sí solas. Sobre todo la falta de apoyo de algún conocido, pariente o de la misma familia de origen.

El miedo al qué dirán. “Que irán a pensar, a decir”. Se limitan ante los prejuicios de familiares, de vecinos, de amigos; llegan a sentir vergüenza ante la idea de ser la primera de la familia en separarse, en no ser comprendida ni aceptada. Este temor contribuye igualmente al silencio y al miedo a denunciarlo ante las autoridades.

Desconocimiento de sus derechos. “No sé qué hacer, a quién acudir”. Piensan que nadie las puede ayudar, desconociendo incluso que existen muchas instituciones que protegen a la mujer en caso de abuso intrafamiliar.

Los hijos. “Sin mí, tus hijos se echarán a perder”. Los hijos son uno de los principales motivos por los que la mujer se sacrifica al no apartarse. Sin embargo a la larga el daño a los hijos puede resultar un mal mayor al ser testigos y víctimas de la violencia intrafamiliar.

Presión psicológica. “Si me dejas me hundiré, tal vez hasta me mate”. Algunas mujeres llegan a creerlo, aunque es solo una presión psicológica que ejerce el hombre sobre la mujer para no ser abandonado.

Miedo. “Mi esposo es capaz de todo”. El miedo es una causa que identifica la mujer abusada. Teme por su vida, por la de sus hijos y demás familiares.

Apego emocional. “Es el hombre de mi vida“. Cuando por inmadurez afectiva, piensa que no encontrará otro mejor o que no es suficientemente mujer para emprender una nueva relación.

Creencias religiosas. “Es mi cruz y debo cargar con ella“. Algunas mujeres no rompen el lazo con el hombre agresor, se inmovilizan considerando que Dios es el responsable de colocarlas en ese punto y solo Él puede sacarlas de esa situación.

El cónyuge violento se incapacita para comprender el sentido de sus actos porque no comprende el valor de las personas, ni el de sí mismo. No puede comprender su acción violenta, sencillamente porque cualquier acción mala es incomprensible.


Por Orfa Astorga de Lira, máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.
Escríbenos a: consultorio@aleteia.org

Tags:
amor de parejamaltratomatrimonioviolenciaviolencia contra la mujer
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