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¡No le saquemos el pucho a Brochero!

Vatican Insider - publicado el 03/12/16

Del santo Cura Brochero nos han llegado apenas un puñado de fotos, todas en blanco y negro. Una de las más conocidas fue sacada en la casa de la familia Recalde en Panaholma. Allí se lo ve montado en su mulo malacara, con un poncho criollo sobre la sotana, su sombrero de ala ancha y pitando un cigarro en chala. Tanto dice de Brochero esa foto que muchos la usaron para dar a conocer su obra y su santidad. Incluso, para reforzar la fuerza de la imagen, alguna mano devota la dotó de colores. Pero eso no fue el único retoque en la historia de esta foto. En algún momento otro celoso difusor de Brochero le “borró” el cigarro de la boca. Lamentablemente, ese artista del photoshop no tuvo la deferencia de corregir la mueca que dejó esa ausencia en el rostro del santo. Esa imagen “retocada” fue la que flameó en el Vaticano el glorioso día en que la Iglesia declaró solemnemente la santidad de Brochero.

Fumar en chala era muy común en el siglo XIX, sobre todo entre los criollos más humildes. La pobreza no ofrecía muchas ocasiones para los placeres sensibles, más allá de un trago de ginebra, una partida de naipes o una pitada de tabaco. Los “vicios” de los que hablaba Martín Fierro. El cura  Brochero, desde su gran amor a Dios y a su pueblo, se hizo uno de ellos. No vivía entre los serranos para servirlos, se convirtió en serrano. Compartió sus vidas, sus luchas, sus esperanzas. Trabajó incansablemente con ellos en la construcción de escuelas, acequias y caminos. Se contagió lepra y murió entre ellos ciego y pobre. No sería extraño que disfrute con ellos los pequeños placeres que la vida les permite y le haya tomado el gusto al rústico cigarro. Eso no lo hace menos santo, más bien muestra la sinceridad de su entrega. Un verdadero pastor con olor a oveja.

No es la intención de este artículo instar al levantamiento de firmas para que le devuelvan el pucho a Brochero. Sí nos interesa pensar qué podemos aprender de este “furcio”. ¿Qué pensó la mano que borró el cigarro?: ¿no está bien que un santo tenga un pucho en la boca?, ¿tiene mucha pinta de criollo para ser santo?, ¿demasiado que aceptamos la mula sobre el altar?… No sabemos qué pensó. Pero esto nos puede hacer pensar: si veo una foto de un santo que no condice con mi concepto de santidad, ¿qué tengo que hacer?, ¿cambiar la foto o cambiar mi concepto de santidad? En el fondo: ¿qué es la santidad?

Brochero tenía una personalidad que es imposible de encasillar los moldes de lo políticamente correcto. Por ejemplo, usaba las llamadas “malas palabras”. No para ofender ni por guarango. Expresiones rústicas, sin malicia y hasta ingenuas. Como las que usa cualquiera en los ambientes no afectados. Frecuentemente organizaba ejercicios espirituales para los serranos y traía a padres jesuitas para que los prediquen mientras él se encargaba de cuidarle los animales a los paisanos para que puedan rezar tranquilos. En una ocasión –cuenta el libro del padre Aznar- el predicador instaba a que contemplaran a Jesucristo crucificado: ‘Acércate a esa cruz y contempla como está lastimado Jesucristo pagando por tus pecados…’ Se levanta Brochero y le dice aparte: ‘Padre, mis paisanos no lo entienden’. Y luego predica él: ‘Mira hijo lo jodido que está Jesucristo, saltados los dientes y chorreando sangre. Mira la cabeza rajada y con llagas y espinos. Por ti que sacas la oveja del vecino. Por ti tiene jodidos y rotos los labios, tú que maldices cuando te chupas. Por ti que atropellas la mujer del amigo. Qué jodido lo has dejado en los pies abiertos con clavos, tú que perjuras y odias’.

Como ésta, hay miles de anécdotas que testifican que Brochero, siendo un hombre de Dios, no encaja en una idea preconcebida de “santidad”. La santidad no es la encarnación de una moral que puede ser codificada en algunos criterios de urbanidad. Eso sería una caricatura de la santidad. Ser santo es ser de Dios. Dejar a Dios que tome nuestra vida con su amor y la transforme. Dios nos hace suyos y talla en nosotros la imagen de Cristo. Es por eso que puede decirse que Dios se da a conocer en sus santos. En cada uno de ellos hay un destello del rostro misericordioso del Padre. En el santo, tal como es, Dios nos habla. Si el santo nos escandaliza y lo estilizamos para hacerlo más digerible estamos deformando lo que Dios nos quiere decir con su vida. En Brochero Dios nos muestra un “cristo criollo”, un santo genuinamente argentino, que amó a la patria sirviendo a los más humildes hasta identificarse con ellos. Su vida nos señala un horizonte, sería una lástima cubrirlo de neblina.

Brochero llegó a los altares. Fue reconocido por la Iglesia Universal como intercesor y modelo. Su canonización es la cúspide de un largo racimo de honores humanos que recibió desde que culminó su vida en la tierra. Uno de los primeros grandes reconocimientos que tuvo fue un monumento con su figura que se inauguró en 1922, a ocho años de su muerte. Quien fuera dos veces gobernador de Córdoba, Ramón J. Cárcano, fue uno de sus primeros biógrafos y se consideraba su amigo íntimo. De este gran homenaje decía: “el año pasado el Sr. Pbro. Cuestas, tuvo la deferencia de enseñarme la fotografía del monumento proyectado. Era un clérigo de pie, correctamente vestido, y apoyado en su bastón, parecía que realizaba su paseo higiénico en una tarde apacible. Pero éste no es Brochero, dije, ni siquiera como símbolo. El BROCHERO que debe conmemorarse sólo se concibe en la acción, como yo lo conocí, con la sotana atada a la cintura, sombrero de anchas alas, espuelas sobre botines gruesos, el breviario en una mano y en la otra el rebenque. Ese era Brochero”.

Como Iglesia cabe preguntarnos: ¿a cuál Brochero queremos venerar?, ¿al Brochero auténtico o a una versión edulcorada que no ponga en crisis nuestros esquemas? Quiera este santo desde el cielo mostrarnos el camino para encontrarnos con el legado, no sólo del “clérigo de pie, correctamente vestido”, sino del Brochero real: criollo, con mula, poncho y cigarro, pero con un corazón pleno de amor a un Dios que –al decir de nuestro santo- “es como los piojos: está en todas partes pero más entre los pobres”.

* Sacerdote de la diócesis de San Nicolás. Profesor de la Facultad de Teología UCA. 

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