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A propósito de The Young Pope: Dios sonríe

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El oscarizado Sorrentino plantea una miniserie sobre la Iglesia, sus olvidos y sobre la necesidad de volver a su mensaje original: el amor

Esto va a doler. Aquelarre en el Vaticano.

Dicho de corrido: Paolo Sorrentino (La grande bellezza, Youth) plantea una serie de escándalo sobre un joven papa americano, Pío XIII, un pontífice huérfano y retrógrado con dudas de fe a quien le llevan al pairo las tramas políticas de la curia vaticana y que con métodos un tanto peculiares desea quitar polvo a una Iglesia vieja que huele a muerte y que se ha olvidado de su pueblo. Promete, ¿no?

La serie quiere escandalizar. Y muchos se escandalizarán. Pero hay que ser justos: la propuesta es de diez y permite a todos, cristianos o no, creyentes o no, hacer un camino de vuelta hasta un origen religioso, hacia ese recóndito lugar olvidado donde está Dios, un Dios que ama y que sonríe. Vean toda la serie y juzguen. Pero véanla toda, porque Sorrentino nos hace ir hasta el final de esta película fascinante e hipnótica de diez horas. No vale quedarse a medias en alguna de sus seis incómodas cápsulas y criticar sin más.

Poesía, esteticismo, teatralidad, fotografía, vestuario y música excepcionales, referencias a Fellini, a El Padrino, en una obra atractiva y sugerente. Universo Sorrentino total para plantear el anhelo de amor y felicidad, a propósito de la Iglesia. ¿Quién como esta para responder al drama humano?

Lenny Belardo (Jude Law y el papel de su vida) es un cura joven y guapo que lleva la herida de la orfandad. Sus padres, unos jipis rematados, le dejaron tirado en Venecia. Crecido de la mano de la hermana Mary (¿quién no ha crecido con Diane Keaton?) y formado por el cardenal Spencer (James Cromwell), sufre los traumas del abandono y la soledad lacerante. Por sorpresa, es escogido pontífice gracias a las estrategias del cardenal Voiello (Silvio Orlando), quien espera manejarle a su antojo con sus amiguetes de la curia. ¿Quién es el nuevo Papa? Pues un joven de ideas viejas, semilla de contradicción. Extraño y sincero, formalista e improvisador, sagaz y temerario, santo y pedante, solitario y necesitado. Sobre todo muy necesitado de amor y de perdón.

El joven Papa ama a Dios, de quien sufre un silencio angustiante. Desea encontrarle, sacarle de los despachos y proponerlo al mundo. Hay que acabar con las objeciones doctrinales (ahí está Burke, Caffarra, etc.), con los pederastas, con los abortistas, perseguir los pecados que se vuelven derechos en un mundo laicista. Mientras esto no ocurra, mientras la Iglesia no sea nueva y los creyentes no maduren, no habrá apariciones públicas ni más ordenaciones sacerdotales. ¿Resistirá la Iglesia? ¿Y la curia? Una cosa sabemos: el papa Belardo es autor de unas cartas de amor que dejan a todo el mundo sin habla.

Nada de mojigaterías. Seamos serios. Que la serie pueda escandalizar es normal. El cristianismo es escándalo y la Iglesia, frágil y limitada. ¡Vamos si lo es! Lo dijo el mismísimo san Pablo a los Corintios: vasijas de barro llevando un gran tesoro. La pretensión es fuerte: Dios se ha hecho hombre y ha entregado su Iglesia al necio y torpe ser humano, al que perdona. Imagínense, pues, si el vicario de Cristo es un peculiar papa yanqui.

Aquí de lo que se trata es de ver si la fe resiste o no al caos de la estructura y al pecado de sus miembros. ¿Es la Iglesia un invento humano? Entren a ver la serie sin miedo los que la aman y sin prejuicios los que la odian. Porque Sorrentino quiere decir algo a una Iglesia que le fascina en la forma. Y quiere hacerlo recurriendo de continuo a san Agustín y a la necesidad de amor. «Nunca hemos querido ni satanizar ni criticar ni siquiera hacer una lectura cínica», sostiene Jude Law.

¿Dónde está la alegría anunciada dos mil años atrás? Nietzsche recriminaba a los cristianos no tener cara de resucitados. Sorrentino también. Hay que volver al origen, donde nos olvidamos de algo, sostiene el director italiano. Como dice el joven Papa, la Iglesia debe sonreír para abrazar a todos uno a uno. Y en esto la serie se alinea con el Papa actual: la fe vuelta ideología o laberinto doctrinal no es interesante. Los creyentes no pueden ser guías de museo de un mensaje de ceniza. Es necesaria una Iglesia en salida, que vuelva continuamente a su origen, al escándalo. Y esto es una revolución cultural. Sin esto, sin este nuevo inicio, la fe deja de ser atractiva, y se ve como territorio ya conquistado. El cristianismo corre el riesgo de resultar excéntrico e incomprensible. Mera payasada, como dijo Ratzinger citando a Kierkegaard.

Sonrían, señores, sonrían. Que como dijo santo Tomás en su Suma Teológica la alegría es el amor disfrutado, y cuanto más grande es el amor mayor es la alegría. Gracias le sean dadas a Sorrentino por su atrevimiento. Les deseo que miren la serie y que no estén tranquilos.

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cine
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