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El Black Friday, ¿una oportunidad?

BLACK FRIDAY
By Pressmaster | Shutterstock
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Tras ver lo que realmente necesitas vale la pena consultar webs que monitoreen precios

Parece que en la era de la globalización digital nos estamos acostumbrando al marketing viral como forma de destacar entre tanta abrumante información.

Esta viralidad comercial aboca a las empresas a subirse a la ola o bien a ser fagocitadas por la moda del momento, por absurda que sea. De nada sirve nadar contra corriente salvo para mermar las propias posiciones del mercado.

Así sucede con la comercialización de Halloween, San Valentín, Papá Noel, Cyber Monday, etc.

Hoy no es un viernes cualquiera. Así lo ha dictaminado el marketing viral. Es el Black Friday.

Hasta el bar de la esquina sufrirá la obligación o la tentación de sumarse, ya sea ofreciendo cafés black o bien tapas a descuento de ensueño, si no quiere verse aplastado por el tsunami de consumismo que los medios de comunicación se obstinan en transmutar en una suerte de apocalipsis. A tenor de su insistencia parecería no haber un mañana.

Con la misma intensidad con la que acontecerá, de igual manera, se anunciará en nuestra economía de consumo el siguiente horizonte a mercantilizar.

El Black Friday, último viernes de noviembre tras el día de acción de gracias en EEUU, da el pistoletazo que anuncia la época de compras navideñas. Como si se tratara de una religión más, el consumismo convoca sus tiempos “litúrgicos”.

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Así como el consumismo ha ido desplazando el nacimiento de Jesús del centro de las fiestas navideñas para erigir su Papá Noel totémico de anuncio de refresco, el Black Friday es un tiempo preparatorio que emula el tiempo litúrgico del Adviento.

El sentido original reside en la necesidad de las empresas de hacer limpieza y dejar espacio a los nuevos productos para la campaña navideña.

Así como el nacimiento de Jesús invita a una reflexión profunda que requiere una preparación previa, el Black Friday opera como preparación al advenimiento del exceso superficial consumista más allá de las necesidades propias e impropias que colman las fiestas navideñas.

No obstante, sin necesidad de participar del boato alienante emocional de compra compulsiva, es lícito considerar si existen precios realmente ventajosos que aligeren el coste de lo que necesitemos.

Si bien el reclamo de hace unos años disponía de un alcance relativamente local, hoy día se ha globalizado y digitalizado.

Por lo tanto, a la concentración de oferta a bajos precios le sucede una expansión de demanda muy concentrada en el tiempo.

En consecuencia, es altamente posible que a pesar de todo el marketing de bajos precios, la expansión de la oferta quede compensada por la expansión de la demanda dando lugar a precios similares o de bajadas no tan significativas como lo que se anuncia.

No es de extrañar entonces que el Black Friday vaya dando lugar a toda una semana de ofertas reclamos, porque para un día con bajadas de precios no significativas, por mucho marketing, poco les iba a durar.

Entonces ¿qué es recomendable? En primer lugar, ser dueños de nosotros mismos y mantener el control sobre las propias necesidades.

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Si bien el consumismo se fundamenta en la supuesta libertad de elección de qué consumir y cuánto, dispone de un “sagrado” mandamiento que reza así: “Supeditarás la decisión de cuáles son tus necesidades a las modas que dicte el mercado”.

Tal vez éste no sea el mensaje más indicado como preparatorio para la Navidad.

Una vez se analiza lo que realmente se necesita, para no caer en los cantos de sirena de grandes descuentos que camuflasen una subida de precio previa, vale la pena consultar sistemas de información que monitoreen precios.

Existen, por ejemplo, Camelcamelcamel que muestra la evolución histórica para todos los productos de Amazon; o Slickdeals Price Tracker que permite consultar el historial de precios de varias tiendas on line con sólo insertar la dirección web del producto.

Otra posibilidad interesante consiste en poner atención a los productos reacondicionados de marcas que ofrezcan garantías.

Al no ser nuevos y necesitar salida en el mercado, una ocasión como el Black Friday puede ser propicia con importantes descuentos.

Así pues, el Black Friday nos debería servir como instrumento para encontrar satisfacer una necesidad real de la que tengamos pleno control; pero si cedemos a lo que se pretende, un chute emocional de compra compulsiva como antesala a venerar el advenimiento del consumo navideño, los que pasaremos a ser instrumentos seremos todos nosotros al servicio de las empresas que necesitan mutar números rojos a negros.

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