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¿Por qué Dios no acaba con mi dolor?

Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/11/16

El día en que Jesús prometió el paraíso a un ladrón

Jesús me promete la salvación desde la impotencia de la cruz. El buen ladrón pide misericordia en el último momento de su vida: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada”.

El buen ladrón se vuelve hacia Jesús: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y Jesús responde con misericordia: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Uno de los ladrones quiere ser salvado desde la cruz. El otro quiere estar con Jesús para siempre.

Lo reconoce entre la sangre. Descubre en su silencio un poder que no es de este mundo. Me impresiona la mirada del buen ladrón que ve el paraíso en medio del infierno de la cruz. Distingue la verdad oculta en ese silencio incomprensible.

¿Por qué no actúa Jesús? Su reino no es de este mundo. Y ese ladrón cambia el corazón. Se convierte en un momento de gracia. Descubre lo que durante tantos años no había visto. Lo descubre entonces, en medio de su propio dolor.

En ese instante ve la justicia de Jesús, su inocencia. Ve la pureza de su alma. Y Jesús descubre en él el amor, la verdad de una vida dilapidada sin sentido. Ve su pureza y se conmueve. Y le promete el paraíso. En ese mismo momento. En ese rayo de esperanza. Me impresionan siempre estas palabras.

Quisiera tener yo la mirada de ese ladrón arrepentido. Yo me creo salvado muchas veces. No veo el mal en mis obras. Y pienso que Jesús ya me ha dicho esas mismas palabras. Es mi orgullo el que me hace pensar que mi vida es digna de su amor. Me creo justificado. Y entonces no suplico perdón.

Quiero aprender de Jesús hoy. Quiero aprender de este buen ladrón. Quiero esa mirada pura y arrepentida. Quiero ver mi fragilidad y reconocer que todo es don, gracia, misericordia.

Dios me salva por su amor incondicional, no por mis méritos. Me quiere como soy en mi fragilidad. Me abraza en mi pobreza y en mi pecado. Y me levanta. Como hace hoy con los brazos clavados. Sus palabras son esperanza. Ese mismo día estaría en el paraíso. Es como si todo hubiera tenido sentido.

Me gustaría mirar al buen ladrón como lo miró Jesús aquella tarde. No lo juzgó. No condenó su vida pasada. Se conmovió simplemente ante sus palabras de arrepentimiento. Yo a veces juzgo al que actúa mal. Al que no es como yo. Al que no tiene presente a Dios en su vida. Lo juzgo por su pasado y por su presente. Juzgo al ladrón que me robó sin conocerlo. Lo condeno desde mi cruz. Juzgo con mis ojos llenos de poder, vacíos de perdón.

No sé mirar como mira Jesús, que perdona, abraza, sostiene, da esperanza. Quiero mirar así la vida de los que me confía. Sin juzgarlos. Viendo la luz que hay en su corazón. Perdonándolos y alentándolos a dar la vida, a confiar en el amor de Dios.

Quiero prometer el paraíso. Hablar con palabras llenas de esperanza. Quiero sembrar luz en medio del dolor. Y hacer que su reino de misericordia y bondad se extienda con mis gestos.

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