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¿Eres libre frente al poder?

© reynermedia

Carlos Padilla Esteban - publicado el 20/11/16

Renunciar a mi autonomía y dejar que alguien decida sobre mi vida a veces parece inofensivo pero es muy peligroso

Hoy algunos le piden a Jesús cuando muere en la cruz que se salve si es rey: “En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: – A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido. Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: – Si eres Tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Incluso uno de los ladrones le pide lo mismo: – Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: – ¿No eres Tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”.

Le piden que demuestre su poder. Hacen muecas, se burlan, le exigen. Yo muchas veces hago lo mismo. A Jesús le pido que me salve. Le hago muecas. Me burlo de su poder ausente. Es como si sólo creyera en un Dios todopoderoso. Un Dios que me va a salvar porque no puede dejarme morir. Y yo no tolero que no haga nada por salvarme. Suplico, oro, grito. Quiero que se salve, que me salve.

Creo en ese poder de Dios en mi vida. Él lo puede todo. Lo he oído tantas veces. Y es que yo creo en el poder. Busco el poder. Me atraen las personas poderosas. Los que tienen mucho dinero e influencias. Los que han logrado mucho en la vida y detentan cargos importantes.

Me siento cerca de ellos, hablo con ellos, me gusta parecer importante a su lado. Admiro a aquellos que han llegado lejos en la vida y son admirados por muchos. Quiero estar cerca. Oír su voz. Escuchar sus palabras. Sus consejos. Me acerco a los poderosos. A los famosos.

Me siento algo pequeño a su lado. Como si mi vida no mereciera la pena y no fuera tan importante. Como si el poder engordara mi tamaño. Es curioso. La fama importa. Tiene su peso en oro.

Una persona decía: “A medida que fui creciendo, ese modelo de agrado, de complacencia, lo extendía al ámbito personal, académico, deportivo. Quería ganar en todo, triunfar en todo.Así que poco a poco me convertí en un perfeccionista, esclavo de los buenos resultados”.

Quiero triunfar en todo. Quiero ganar hasta en los juegos poco importantes. Busco la fama y el éxito que me dan poder. Me hacen poderoso para cambiar la realidad, para influir en los demás. Justifico ese poder que es tan necesario.

Es esa influencia sobre mi entorno lo que acaba teniendo peso en mi alma. El poder influir, el poder dominar, el poder cambiar la realidad.

Hay muchas relaciones de amor en las que no hay amor, sino egoísmo. Hay una lucha por el poder. Hay un deseo enfermizo por querer dominar al otro. Por querer someterlo a su voluntad. El ansia de poder es algo enfermizo.

Renunciar a tener poder me parece demasiado doloroso. Es perder la plataforma desde la que domino la vida. Es pasar a ser uno más entre muchos, sin ninguna influencia en este mundo.

Me parece que los cargos son una posibilidad para influir en el mundo. Busco un cargo, una responsabilidad, una plataforma de poder. Me convenzo a mí mismo y digo que es por servir más. Pero detrás hay una búsqueda enfermiza del poder.

La información es poder, el ser consultado es poder, el decidir es poder. Me gusta el poder. Da igual el ámbito en el que soy poderoso. Puede ser en la pequeña parcela de mi vida. Eso basta. Ahí decido yo. Nadie más decide.

El poder a la hora de tomar mis propias decisiones. Sin que otros las tomen por mí. Sin que me fuercen a nada. Es el poder de la autonomía, cuando puedo gobernar mi vida y no dependo de nadie. A todos nos gusta ese poder mínimo. El poder ser autónomo.

En realidad es un bien en sí mismo cuando no lo llevo a un extremo. Decía el padre José Kentenich: “Debemos procurar también que cada uno tenga suficiente claridad acerca de sí mismo como para poder guiarse normalmente a sí mismo”[1].

Conocerme para gobernarme. Es el poder al que no puedo renunciar. Decidir yo y no influido por otros, determinado por otros, forzado por otros.

Es verdad que con los años o la enfermedad puedo perder incluso ese poder básico de ser autónomo. La impotencia me desconcierta. Todos tenemos poder. El poder sobre la propia vida. El poder sobre otros.

Me da miedo en ocasiones usar mal mi poder. Hablar más de la cuenta. No guardar el sigilo. Pretender que los demás actúen como yo quiero abusando de mi poder.

El poder es algo peligroso. No lo tiene uno por sí mismo. El poder lo tengo si alguien me lo da. Hay personas libres frente a los poderosos. Siempre las admiro. Jesús se mostró así en su muerte en cruz. No se doblegó ante el poder humano de los romanos que podían impedir su muerte. No se doblegó ante el poder de los fariseos que buscaban su muerte. Fue libre hasta el final. Guardó silencio ante las preguntas. Es la fuerza de los mártires. No se doblegaron ante el poder humano.

Una persona se convierte en poderosa cuando yo le doy poder sobre mi vida. Me doblego ante su dinero, ante sus conocimientos, ante su fama, ante su fuerza. Busco sus influencias. Me someto a sus deseos. Y le doy poder sobre mí.

Cedo, renuncio a mi autonomía y dejo que él decida sobre mi vida. ¡Cuántas veces pasa esto! A veces parece algo inofensivo. Pero es muy peligroso. Pierdo mi capacidad de decisión. A veces lo hago ante los hombres.

A veces en un amor inmaduro le doy ese poder sobre mí a otra persona a quien amo y creo que también me ama. Pero en ocasiones puede amarme mal, de forma egoísta. Me someto y renuncio a mi independencia. Lo llamo amor. Pero no lo es. Porque el verdadero amor libera, nunca me esclaviza.

Dice el papa Francisco en Amoris Laetitia: “El amor confía, deja en libertad, renuncia a controlarlo todo, a poseer, a dominar. El amor verdadero me hace libre. Nunca me domina, ni me somete.

Hoy se habla mucho de abuso de poder. Es algo perverso y muy sutil. Puedo abusar de mi poder sobre aquellos que me lo han dado. Tengo que tener mucho cuidado. Cada persona es sagrada. Quiero respetar siempre su autonomía. No forzar.

Hoy es muy fuerte la tendencia a ceder a otros el poder sobre mi vida. A otra persona, a un grupo. Lo hago así y me vuelvo esclavo. Pierdo la libertad. No soy capaz de tomar decisiones libres y autónomas. El amor no crea esclavos, sino hombres libres con capacidad para tomar decisiones autónomas.

Me gustaría dejar que Jesús fuera el rey de mi vida. Sólo ante Él quiero doblegarme como ante esa custodia que sostiene su cuerpo expuesto.

Es verdad que a veces busco reyes poderosos que me hagan la vida más fácil. Huyo de los reyes impotentes que no me solucionan nada. No me gustan esos reyes que no vencen, porque no usan su poder para bajarse de su cruz.

Jesús me enseñó el día de su muerte que no puedo bajarme de mi cruz. Aunque pueda hacerlo. Aunque pueda ejercer mi poder. Jesús me enseñó a no huir, a no evitar las consecuencias de mis actos, a no eludir la responsabilidad por lo que he hecho.

Me enseñó a permanecer atado a mis clavos. Suspendido en el dolor de una corona de espinas. Me recordó que mi impotencia no es muestra de mi debilidad, sino del poder más grande, del poder heroico de un amor que se entrega. Ese poder que elige libremente el camino de la renuncia.

Es el poder de ese corazón libre que no se somete al poder de los hombres. No hace uso de su poder humano. Sólo se somete ante el poder de Dios. Me sorprende.

Estoy acostumbrado a hacer uso de mi poder. El poder de mis contactos, de mi dinero, de mis influencias. El poder de mi posición, de mi cargo, de mi condición. El poder de mi palabra, de mi apariencia, de mi nombre.

Estoy acostumbrado a juntar poder a manos llenas. A guardarlo esperando el momento de utilizarlo. El poder siempre puede ser útil. Pero aceptar que en un momento dado de mi vida no voy a hacer nada por salvarme, nada por limpiar mi imagen. Nada por proteger mi fama. Por justificar mis actos. Y no lo voy a hacer aunque sea injusto lo que está pasando. Aunque se derive un mal de mi silencio. Esa renuncia al uso de mi poder me parece ahora mismo absurda.

¿Por qué? ¿Qué sentido tiene renunciar a ejercer el poder que uno ha recibido? Me gusta hablar para defender mis posturas, mis actos, mis decisiones. Justifico mi labor con palabras fuertes. Me defiendo cuando me acusan injustamente. No tolero ni una falta a la verdad. Que alguien mienta sobre mí o sobre alguien a quien quiero, no lo soporto.

Pero hoy Jesús me enseña. Se burlan de Él y le hacen muecas. Lo critican y lo acusan. Todo es injusto pero Él no se defiende, calla. Renuncia al poder de bajarse de la cruz. Él era Dios y tenía ese poder. Era hombre y Dios.

Decía el Padre Kentenich: “Entonces se le acuesta en la cruz. Brutales clavos entran a golpe de martillo en sus santas manos y pies. Sus miembros, sus nervios son tensados y torturados hasta lo último. Impotente y bajo dolores horribles está colgado ahora entre el cielo y la tierra. No bebe nada. Quiere sufrir por el Padre. Padre, ¿qué más puedo hacer por ti? Todo mi anhelo es por ti. Déjame sufrir hasta lo último por ti”[2].

El dolor hasta el extremo, por amor. Padece por amor. De forma pasiva acepta el dolor por amor. En su impotencia bebe el cáliz amargo por amor. No se defiende. No lucha. No hay odio en sus ojos. Sólo ese perdón que libera. Perdona desde la cruz. Ama desde la cruz. Es totalmente libre. Guarda su poder mostrando impotencia.

[1] J. Kentenich, Textos pedagógicos

[2] J. Kentenich, Carta Semana Santa 1952

Tags:
libertad
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