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La fe en las estadísticas: ¿mienten, o no ven la realidad?

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Miguel Pastorino - publicado el 19/11/16

¿Qué sucedió con el Brexit, La Paz en Colombia y la victoria de Trump?

En un solo año, el determinismo de las estadísticas recibió tres duros golpes. Después del «Brexit», la «Paz» en Colombia y la victoria de Trump en Estados Unidos, una gran perplejidad asoló a los analistas sociales y a la mayoría de los periodistas: ¿Las cosas no suceden según lo previsto? Si los expertos y las estadísticas ya lo habían dicho, ¿cómo sucedió lo imprevisible?

Luego llegan los artículos de análisis buscando otras variables que no se tuvieron en cuenta, que si las redes sociales, que si la falta de contacto con la realidad, que si la gente cambió de repente y un sinfín de serios y profundos análisis que completan el cuadro interpretativo de fenómenos como los mencionados. Sin embargo hay un elemento más allá de la política, de los medios de comunicación y de las redes sociales, que no se tiene en cuenta. ¿No será que la fe en las estadísticas nos hace pensar de modo determinista? ¿No habremos olvidado un elemento constitutivo de la condición humana como es la libertad? ¿Acaso en el mundo de la tecnocracia no hay lugar para lo espontáneo y lo imprevisible? Parecería que no.

Las visiones deterministas que han depositado su fe en las estadísticas y en las «profecías» de los expertos, olvidaron que la libertad humana supera toda previsión. Si bien los estudios estadísticos son una ayuda muy importante en nuestra sociedad, nuestra ansiedad ante el futuro incierto y la necesidad de certezas, aun sobre aquello de lo que no podemos disponer, nos hace caer en la credulidad de que tenemos el control.

Otras variables con el caso Trump

Con la victoria de Trump hay otras variables que aparecieron a las pocas horas del impacto global de la noticia. De modo especial se ha resaltado el papel de las redes sociales como un mundo inmanejable por los asesores en comunicación estratégica.

Las redes son un espacio donde todos son protagonistas y paradójicamente a lo buscado por estrategas de comunicación institucional, los «escraches» a Trump le sirvieron de avalancha publicitaria a su favor; incluso en el Facebook de Clinton, donde había más fotos de Trump que de ella. Otros autores han manejado las hipótesis de que a pesar de la imagen «ultraconservadora» de Trump, su discurso sintonizó con una clase media castigada y olvidada por el «progresismo», con millones de trabajadores que viven en la incertidumbre y ya no tienen a quién ir.

Por otra parte, el historiador y teólogo católico norteamericano Matthew Bunson, en una reciente publicación en el National Catholic Register, afirmó que a Trump lo ayudaron los «pro vida» y que este dato no ha sido tenido en cuenta por los medios seculares. De hecho la fuerza del movimiento «pro vida» en Estados Unidos, tanto de católicos como de evangélicos, ha demostrado ser más fuerte que en otros países; y Trump públicamente afirmó ser «pro vida» y apoyar tanto a evangélicos como a católicos.

La prensa se preguntaba cómo ganó Trump en el Estado de Florida, donde hay tantos latinos. La respuesta está en el electorado católico pro vida. Y así, expertos de todo el mundo vociferan que hay una incontable lista de elementos que «no tuvimos en cuenta». Pero se sigue pensando que no supimos hacer el cálculo adecuado, que no vimos todo el «escenario» como les gusta decir ahora a los politólogos.

Muchos han criticado que los medios han generado un imaginario público que después no coincide con la realidad. Todos los expertos, casi siempre los mismos «comentaristas», crean un relato de la realidad, que siendo verosímil, no resulta siempre certero. Desde actores y músicos, sociólogos y economistas, religiosos y políticos, elaboraron su propia teoría con las que lo explican todo. El público ya no hace caso de lo que le dicen. Hoy eligen ver videos en Youtube, antes que estar pendientes de la TV digital en vivo. Creo que el problema es un grave olvido sobre la condición humana: que seguimos siendo libres y que no todo es previsible.

La ilusión del dominio técnico

La filósofa judía Hannah Arendt en 1951 escribió en su obra «La condición humana», que cuando lo social se confunde con lo político, se olvida lo propio de la acción humana que es lo imprevisible y lo espontáneo. «El conformismo, el supuesto de que los hombres se comportan y no actúan con respecto a los demás, yace en la raíz de la moderna ciencia económica, cuyo nacimiento coincide con el auge de la sociedad y que, junto con su principal instrumento técnico, la estadística, se convirtió en la ciencia social por excelencia» (p. 51).

Desde hace años asistimos a congresos de los más diversos temas, donde no importan los contenidos ni las ideas, sólo las gráficas, que parecen llevarnos ilusoriamente más cerca de la realidad. Incluso si un académico va a hablar de determinados temas, lo primero que le piden los entrevistadores son cifras.

Arendt, en un párrafo demoledor, muestra cómo la crisis de sentido de la historia y la política está profundamente relacionada con una visión reduccionista de la realidad que expresa en su propio modo de pensar una innegable contradicción:

«Las leyes de la estadística sólo son válidas cuando se trata de grandes números o de largos períodos, y los actos o acontecimientos sólo pueden aparecer estadísticamente como desviaciones o fluctuaciones. La justificación de la estadística radica en que proezas y acontecimientos son raros en la vida cotidiana y en la historia. No obstante, el pleno significado de las relaciones diarias no se revela en la vida cotidiana, sino en hechos no corrientes, de la misma manera que el significado de un período histórico sólo se muestra en escasos acontecimientos que lo iluminan. La aplicación de la ley de grandes números y largos períodos en la política o a la historia significa nada menos que la voluntariosa destrucción de su propia materia, y es empresa desesperada buscar significado en la política o en la historia cuando lo que no es comportamiento cotidiano o tendencias automáticas se ha excluido como falto de importancia«. (p. 53).

Los hechos más significativos para la historia de la humanidad no proceden del cálculo, sino de decisiones libres que podrían no haber sucedido. Pero en un mundo donde la normalización del comportamiento ha sido impuesta por un modelo tecnocrático, solo se espera la uniformidad.

«Las hazañas cada vez tendrán menos oportunidad de remontar la marea del comportamiento, y los acontecimientos perderán cada vez más su significado, es decir, su capacidad para iluminar el tiempo histórico. La uniformidad estadística no es en modo alguno un ideal científico inofensivo, sino el ya no secreto ideal político de una sociedad que, sumergida por entero en la rutina del vivir cotidiano, se halla en paz con la perspectiva científica inherente a su propia existencia«. (p. 54).

Arendt sostiene que incluso la sustitución de la acción por la burocracia, el gobierno personal por el de nadie, fue seguida por la pretensión de las «ciencias del comportamiento» que reducen al hombre en todos sus quehaceres al nivel de «un animal de conducta condicionada».

En 1968, Joseph Ratzinger en su obra Introducción al cristianismo, citando a Heidegger, expresaba el riesgo de este modo reduccionista de ver la realidad:

«Recordemos la contraposición que establece Martin Heidegger al hablar de la dualidad entre el pensamiento calculador y el pensamiento contemplativo. Ambas formas de pensar son legítimas y necesarias, pero justamente por ello ninguna puede disolverse en la otra. Deben existir las dos: el pensar calculador, que tiene que ver con la factibilidad, y el pensar contemplativo, que se pregunta por el sentido. No creemos que el filósofo de Friburgo se equivoque cuando manifiesta su temor de que, en un momento en que el pensamiento calculador triunfa por doquier, el hombre se vea amenazado, quizá más que antes, por la irreflexión, por la renuncia a pensar» (p. 64)

¿No vemos acaso en algunos ámbitos educativos la colonización de una mentalidad instrumental, que considera que lo que importa es el «saber hacer», la cuestión es dar con la técnica. Sin embargo, los grandes problemas que tiene hoy la vida humana reclama otra forma de pensar, a menudo olvidada o vista como inútil: las humanidades. Para hacer política no alcanza con ser alguien que entienda de éxito económico o de gestión, se necesita pensar de modo más humano.

Creo que vendría bien en los medios de comunicación un poco más de literatura, filosofía, teología, arte e historia, que humanicen un poco los análisis de los «expertos» en cifras. La historia es también la gran olvidada y por eso nos sorprendemos cuando alguien afirma que cosas como las que hoy suceden, son previsibles aunque no seguras. Pero esto puede decirse no solo por encuestas, sino por conocer cómo obraron quienes nos precedieron y por tomar contacto con la misma condición humana a lo largo de los siglos. La superficialidad con la que hoy se tocan ciertos temas de actualidad es una muestra de la poca profundidad con la que nos acostumbramos a mirar la realidad.

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