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La lucha de un sacerdote para que no muera más un pibe por la droga

Facebook CePLA Córdoba Los Galpones
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El sacerdote Mariano Oberlín cobró notoriedad por el acompañamiento a las "madres del paco" en una barriada de las afueras de la ciudad de Córdoba. En una entrevista denuncia el avance del narcotráfico con complicidad de sectores del poder.

Poner el cuerpo y alzar la voz. Se enuncia en pocas palabras. El desafío, justo cuando la Iglesia acaba de reclamar que se declare la emergencia nacional en adicciones, consiste en llevarlo a la práctica en un escenario de delito, hostilidad, negocio, droga y muerte. Lo sabe el padre Mariano Oberlín. Y no le importa o, mejor dicho, hace todo lo que hace porque le importa. Le importan los chicos. Le importa la gente. Le importan los padecimientos en la zona roja del narcotráfico de los barrios Maldonado y Müller, en cuyo límite se encuentra la parroquia cordobesa Crucifixión del Señor. Al religioso que no se calla frente al accionar de los narcos y apuntala a las “madres del paco” –ponderado, entre otros, por el presidente Macri–, le importa, sobre todo, esta devastadora realidad. Le importa y le duele.

“Yo llegué a esta parroquia hace seis años y medio, y lo primero que me sorprendió y movilizó fue la muerte de dos changos de 17, 19 años por cuestiones vinculadas al consumo. Y después otra muerte, muy extraña: la de una nenita de 4 que había sido ahorcada. Y me dije que algo tenía que hacer. Por eso empezamos con unos tallercitos de oficio, que con el tiempo fueron creciendo en el intento de transformar del barrio. Conseguimos galpones, compramos una casita barata e hicimos un convenio con la Sedronar, el organismo nacional que coordina las políticas contra las adicciones, que nos propuso hacer un centro de atención y acompañamiento comunitario”, le dice Oberlín a Valores Religiosos desde Córdoba.

–Usted cobró notoriedad por su lucha contra el narcotráfico. ¿Cómo lo sobrelleva?

–Siempre aclaro que lo nuestro no es propiamente la lucha contra el narcotráfico como tal, pero evidentemente terminamos tocándonos con esta problemática. La denuncia que hacemos apunta a que el narcotráfico ha venido cobrando mayor vigor y ha cooptado ciertos sectores del barrio. Mucha gente tiene miedo de hablar e incluso quiere irse de acá por todo lo que se vive.

–¿Y a usted, que se expone, no le da miedo?

–Lo que hace la exposición es, justamente, protegerme. Hay quienes me gritan cosas como andate, cura vigilante. Lo peor que hemos vivido fue la situación de las madres de los chicos que consumen paco. Hasta ese momento, en Córdoba no se conocían los casos de paco. Nosotros veníamos denunciando y las madres pedían por favor que se tomara nota. Sabemos que las problemáticas del paco son mucho más graves que las de otro tipo de consumo, sin restarles gravedad a los otros consumos. Hemos tenido casos de chicos que acuchillaban a alguien en la casa. Esto hace que algunas familias terminen expulsándolos. Y esos chicos van a vivir a la calle. Por supuesto que a los mismos padres les genera un dolor terrible esta situación. Había madres que pedían que metieran presos a los vendedores de paco. Fue entonces cuando yo salí a exponer en los medios de comunicación: era la manera de protegerlas.

–¿Qué le decían esas madres?

–Que su temor era por los chicos, no por ellas. “Si me matan a mi hijo, mi vida no tiene sentido”, comentaban angustiadas. Es muy fácil hacer pasar por suicidio o por lo que sea la muerte de un chico que consume paco. Mi exposición fue para poner el foco sobre ellas.

–En esta cruzada usted pelea contra una complicidad de poderes.

–Sí. Yo no tengo pruebas para demostrar qué tipo de complicidad hay, quiénes son los cómplices ni nada. Pero, viendo el grado de avance del narcotráfico, no se explica cómo es tan grande el negocio y nadie se da cuenta, nadie lo ve, nadie hace nada … Me refiero a aquellos que deberían hacer. Hay que mirar todas las aristas posibles, porque de lo contrario esto queda como si sólo en nuestro barrio hubiera responsables. Cuando se habla de narcotráfico se miran únicamente los barrios humildes y las villas, donde es cierto que el narcotráfico mueve mucho. A veces se pelea territorio y alguno termina herido o muerto. Pero tengamos en cuenta que hay quien habilita las fronteras y las rutas, quien mira para otro lado en el Poder Judicial y en el poder político. En algún lugar del sector financiero hay una puerta que se abre para que ingrese ese dinero. Hay complicidad de todo tipo y en todos lados.

–En este contexto, ¿cuál debe ser el rol de la Iglesia?

–El papa Francisco tiene un frase que me ha movilizado mucho, en el sentido de que una parte de la misión es ser hospital de campaña. Estamos en una situación compleja: se nos mueren los chicos. Por lo menos es necesario tender una mano, tratar de ayudarlos a salir asumiendo que la droga es un problema más en medio de un montón de otros problemas que supone la marginalidad. Si milagrosamente se resolviera el tema del narcotráfico –ojalá ocurriera–, igual los chicos seguirían siendo excluidos del sistema y de las posibilidades laborales. Por eso nuestro eje es la inclusión. No podemos quedarnos callados.

–Y por eso se paga un precio.

–A ver … Amenaza formal no he recibido. Puede ser que tenga que escuchar algunas cosas en la calle, pero al mismo tiempo mucha gente del barrio, cansada de vivir así, me felicita por lo que hago. Eso compensa. Hay gente que de corazón te dice padre, qué necesitás, yo te ayudo. Y a veces uno percibe que alguno que otro dice tomá, te tiramos todo esto y a ver qué hacés vos. No sé si se entiende lo que digo.

–Se entiende. ¿Usted siente que Dios lo puso ahí?

–En ese sentido, sí. Pero no me toca hacer todo a mí. Acá, en primer lugar, el que tiene que actuar es el Estado. Gracias a Dios hay distintas instituciones que colaboran y el Estado se está haciendo un poquito presente. Tal vez uno siente más peso del que puede aguantar. Pero no cabe duda de que si Dios pide una misión, El también va poniendo lo que hace falta.

–Frente a este panorama, ¿se puede diseñar alguna estrategia?

–Si no se lo aborda de manera global es muy difícil. Me pasa que hay gente que, en confianza, me dice: “Padre, si no consigo una changuita voy a tener que salir a vender droga. Me presionan los narcos que están alrededor de mi casa. Y yo no me quiero meter, pero no tengo para darles de comer a mis hijos”. No lo digo justificando nada, pero a veces la necesidad tiene cara de hereje. La plata que mueve el narcotráfico reconoce varios niveles. Puede que haya un narco más grande que maneja alguna red y gasta el dinero en otros lugares, comprando autos y casas, viajando … Pero el vendedor común, el que lo hace para pucherear, gasta la plata en el mismo barrio. Compra fideos, verduras, carne, y va generando así una economía paralela, mezclada con la formal. El carnicero no va a pedirle una declaración jurada al que le compra un kilo de asado … Si de golpe hoy desapareciera el narcotráfico, que es lo que todos queremos, se generaría un estallido social del que no sé si alguien estaría dispuesto a hacerse cargo.

–¿Le abre alguna esperanza el elogio a su labor del presidente de la Nación?

–En algún punto, sí. No puedo negar que me sorprendió y que es un gran honor. También creo que hay gente que está laburando muchísimo más que nosotros y que merece mayor reconocimiento, pero igual lo agradezco profundamente. Y yo me pongo a pensar que bueno, ojalá estas palabras vayan acompañadas de gestos concretos y de acciones de inclusión a lo largo y a lo ancho del país.

Artículo originalmente publicado por Valores Religiosos

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