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De rockera punk, activista y atea, se volvió católica y… monja

© Theresa Aletheia Noble / Facebook
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“No me avergüenzo de mis cuestionamientos, de mis luchas internas, de mi búsqueda de lo absoluto. No tiré mi pasado a la basura”

La hermana Theresa Aletheia Noble, hoy religiosa católica, fue atea cuando era más joven. Ella pide a Dios que libre a la Iglesia del riesgo de convertirse en “un club para acostumbrados”, un círculo de “iniciados” que se consideran católicos pero más por la rutina y la inercia que por una convicción de corazón.

Cada día se renueva conscientemente, a pesar de las dudas y perplejidades que surgen todo el tiempo en el camino de las personas que sinceramente buscan la Verdad.

Ella misma cuenta su historia:

De rockera punk a religiosa católica

Cuando era pequeña, me gustaba leer novelas de aventura, tocar el violín y escribir cuentos de hadas. Después me volví rockera punk y atea.

Enseguida, decidí adoptar el estilo de vida vegetariano y participar como activista de los derechos de los animales. Cuando terminé la universidad, di clases en barrios pobres. Luego, trabajé en una granja.

Después de eso –milagro– comencé a creer en Dios, en Jesús, y me volví católica. Finalmente, para sorpresa de todos (incluso mía), me volví religiosa.

Ahora cuando voy por las calles vistiendo el hábito de monja, algunos me ven como una representación de la Iglesia – institución; otros como alguien que vive al margen de la sociedad; otros aún, como una excéntrica; y otros, finalmente, miran el amor.

De alguna manera, yo soy todo eso.

Es como si mi pasado y mi presente no se hubieran fusionado completamente. Algunos aspectos de mi vida se fusionaron, sí, pero otros no. Y, al final, el resultado es un bello mosaico vivo.

Yo me pregunto, de vez en cuando, si mi lugar está en el grupo que yo llamo de “acostumbrados” de la Iglesia. ¿Será que terminaré volviéndome una farisea? ¿Será que ya soy un poco así?

¿Continuaré luchando con honestidad por mi fe, encarando mis dudas? ¿o huiré de esta confrontación sincera, prefieriendo buscar el confort, el conformismo, la rutina, la felicidad y una sensación (falsa) de bienestar?

¿Será que me ajusto más al comportamiento de las personas que están a mi alrededor o al comportamiento de Cristo? Después de renunciar a la vida “mundana”, ¿será que me volveré una religiosa “mediocre”?

Yo no tiré mi pasado a la basura

Yo me considero una “ex atea”, pero las cosas no son así de simples. De alguna manera, estoy siempre en sintonía con las varias facetas que mi personalidad tiene, y espero que eso no cambie.

La mayoría de las personas espera que yo sienta vergüenza de mi pasado. Pero lo único que me avergüenza es el modo que tenía de no amar a Dios y a mi prójimo.

No me avergüenzan mis cuestionamientos, mis luchas internas, mi búsqueda por lo absoluto. No me avergüenza tener un lado excéntrico y haberme partido la cabeza en esa búsqueda, ser un poco extraña y rebelde. Yo no tiré mi pasado a la basura.

El ejemplo de san Pablo

Yo pienso que es importante que veamos nuestro pecado de la forma como Dios lo ve. Él conoce con precisión los defectos que nos llevaron a pecar, pero que, trabajados con abnegación, también se vuelven las cualidades que nos santificarán.

San Pablo, por ejemplo, fue un fariseo de los más fervorosos, un perseguidor violento, un hombre que observaba las reglas externas de forma rigurosa. Esas características, que lo llevaron a cometer muchos pecados en nombre de Cristo, son también las que lo llevaron hacia el camino de la santidad.

Cada uno de nosotros tiene dones únicos para hacer fructificar junto a los demás, en el seno de la Iglesia… Y, con frecuencia, es a partir de los aspectos más sorprendentes de nuestra personalidad que Dios hace brillar esos talentos.

Yo enardecí, el otro día, haciendo esta oración un tanto extraña:

“Señor, antes quería que me ayudaras a luchar contra mi naturaleza escéptica. Ahora quiero otra cosa: conservar este escepticismo. No quiero una fe fácil y simplista. Haz que mi fe sea audaz, impetuosa, plenamente asumida, pero también haz que logre entender a aquellos que dudan. Quiero, a toda costa, mantenerme cerca de aquellos que viven al margen de la Iglesia, de aquellos que no entienden de ninguna forma, de aquellos que no pertenecen al círculo de los “habituales”, de aquellos que dudan, buscan, de los excéntricos, de los que no encajan en la sociedad. Líbrame, Señor, de una Iglesia-club, de una iglesia de “acostumbrados”, que cómodamente están acomodados en sus certezas de rutina”.

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