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Ser padres, ¡no es un tormento! Míralo por el lado espiritual

Shereen M / Flickr CC

Natalia Bialobrzeska - publicado el 11/11/16

El amor, con la testarudez de un maníaco, nos zumba en la conciencia que primero somos marido y mujer, y luego somos mamá y papá

Final de la tarde. Salgo a caminar. Frente a mí la escalada durante toda la noche. Después de varias horas me siento en la cima y disfruto de los primeros rayos del sol. Cansada, pero feliz. Y después, el punto final del viaje: la misa. Sucia y cargada de trastos, me siento como de costumbre, en el banco de la segunda fila… y me duermo.

Si os preguntáis cómo es la crianza de los hijos día a día, es así como lo describí arriba. Con la diferencia de que a la cumbre no subís solos. Al lado camina la persona que más quieres en el mundo, junto con vuestro hijo. Y, a veces con más niños.

Disfruto de mis pasiones, me gusta mi trabajo y todo lo que puedo vivir fuera del horario de ser madre. Incluso me gusta estar a solas, como en los viejos tiempos, cuando era soltera. Todo esto forma parte de mi camino.

Pero el hecho de que camine acompañada por alguien que para mí es el más importante, que pueda vivir mi vida en relación con alguien y asumir la responsabilidad no sólo por mí misma, me ennoblece y me ayuda a madurar. Y, sobre todo, hace que nazca en mí la creencia de que la vida familiar es el viaje más hermoso de todos los que habría podido elegir. 

Uh, cuánta emoción. Es hora de tocar el suelo.

Porque sabéis, no siempre es como si todo fuera de color de rosa y no siempre nos miramos mi marido y yo a los ojos con la mirada atontada de los enamorados. Aunque sí nos sintamos a veces como en una góndola -tomamos distancia con el pasado, y con lo que está por venir- podéis estar seguros de que en cualquier momento el niño se colgará fuera de la ventana o se tragará un lápiz de color, recordándonos su existencia. Por supuesto, tampoco es cierto que siempre es todo de color gris y sombrío.

En la vida familiar -como en las montañas- la atmósfera suele ser variable. Y la manera como sobrevivamos en estos diferentes momentos depende de lo que llevemos para esta escapada.En primer lugar, no nos hemos visto obligados a hacerla (es decir, a ser padres).Caminamos porque queremos.

¿Asociáis este extraño estado de encantamiento, cuando por fin, después de muchos años, llegamos a un lugar de ensueño? Aunque cayera un fuerte granizo alrededor nuestro, pensamos que para nosotros es el lugar más bello. ¡Lo conseguimos, por fin! Y este estado de encantamiento, dependiendo de la fuerza de nuestro deseo, dura tres meses, seis, un año, ya veces más.

Levantarme por la noche para atender al niño no es tan agotador para mí, y la lactancia materna -a pesar del dolor- es puro placer. Lo del marido expulsado de la habitación para dormir en el sofá es sólo una divertida anécdota familiar, no una desgracia. Y es bueno disfrutar de toda esta felicidad.

Su efecto secundario es la amnesia temporal que afecta positivamente a la relación de pareja. Nosotros ya lo vivimos desde hace dos años.

En segundo lugar, avanzamos en la misma dirección.

Para no empujar la silla de bebé en dos direcciones a la vez, es necesario volver a evaluar las prioridades. Hay que enumerar nuestros objetivos y cumplirlos a corto plazo. Todo esto, para que, en momentos cruciales de la vida, no perdamos tiempo ni energía en empujones innecesarios, pequeñas discusiones o días sin dedicarnos ni una palabra.

Los intereses y pasiones son variables y definen nuestra individualidad. Sin embargo, los valores son la base. Cuando todo va mal, nos sirven de referencia de lo permanente en nosotros, que es nuestro denominador común, el punto de partida y, a menudo un punto de inflexión.

En tercer lugar, estamos atados a la misma cuerda del arnés.

Tiene un efecto terapéutico. Nos miramos a nosotros mismos como en un espejo. Nos exigimos el uno al otro. Aprendemos a hablar y también a escuchar con amor (sería torpe y estúpido caminar tan cerca el uno del otro con la inscripción en la frente: “no conozco a esta persona”). No hay lugar para los sprints narcisistas.

Si uno de nosotros está en mejores condiciones psico-espirituales, se ajustará a la velocidad del otro que no puede hacerlo tan bien. Tratará de apoyar a su pareja y hacerle avanzar.

No dirigimos la luz de los focos hacia el “yo, yo, yo”. El egoísmo es un mal consejero, porque nos jugamos nuestro matrimonio. Si a uno de nosotros se le tuerce la pierna sobre el precipicio, sufrirá toda la familia. Por eso nos centramos en lo que es importante.

En cuarto lugar, ama y haz lo que quieras.

El amor, con la testarudez de un maníaco, nos zumba en la conciencia que primero somos marido y mujer, y luego somos mamá y papá. Y que lo segundo anda cojo si no tenemos lo primero. El amor nos dice que todo esto nos es dado sólo por un momento. Tómalo con calma, no te preocupes en exceso de asuntos triviales, perdona y ama.

El amor libera. No estamos pegados entre sí. Sabemos que nuestros hijos un día encontrarán a alguien que amar. Llegará la hora de cortar la cuerda en la creencia de que en este camino común habían aprendido a vivir no sólo para ellos mismos. Que están equipados con lo que les ayudará a llegar con seguridad a su propia cumbre.

Estos cuatro puntos afectan la óptica de nuestros corazones. Tomamos puñados de lo que tenemos hoy. Tenemos una sola vida. Delante de nosotros la vida eterna. Es por ello que lo que más deseamos del mundo es nuestra salvación.

Y tal vez -al igual que después de aquella memorable escapada para ver la salida del sol- al final de nuestro viaje como matrimonio entraremos en la casa del Padre, nos sentaremos cómodamente y… conciliaremos el sueño. Felices y agradecidos por este camino común. La mayor aventura de nuestras vidas.

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