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¿Observas o contemplas?

Adam Hester | Getty Images

Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/11/16

Dios habla en cualquier circunstancia, en cualquier momento

Hay una gran diferencia entre observar y contemplar. Con frecuencia observo la vida. Lo que sucede delante de mí. Lo analizo, lo disecciono, y decido lo que está bien y lo que no corresponde. Me indigno con lo que no comparto. Quiero cambiarlo. Me emociono con lo que toca mi alma. Quiero alterar la disposición de las cosas. Eliminar algunas, introducir otras nuevas. Tengo una tendencia natural a observar lo que sucede y después actuar. Miro, pero no contemplo.

Me cuesta más estar sencillamente contemplando lo que tengo en frente, admirándome de su belleza, sin hacer nada.

El otro día leía: “Si uno observa quiere saber y obtener información. Uno quiere conseguir algo, por ejemplo conocimiento. En cambio el mero contemplar no pretende conseguir nada. La actitud contemplativa nos conduce a una increíble calma. Todo lo que está presente puede estar presente. No necesitamos cambiar nada. Lo dejamos todo como está. Contemplando se llega al amor por lo contemplado. La contemplación es desinteresada y libre de intereses propios. Así, nunca desearíamos que Dios nos observara, pero somos felices cuando nos contempla bondadosamente. En la vida eterna tampoco observaremos a Dios, sino que lo contemplaremos y por eso lo amaremos”[1].

Me gustaría aprender a vivir así. Y sacar paz de todo lo que veo. Detenido ante la vida llenarme de la presencia de Dios. Sé que todo me habla de su amor, de su preocupación por mí. Quiero que Dios me contemple.

Quiero contemplar a Dios y saber lo que me está diciendo en medio de mis días. No sólo donde creo que Dios sí me tiene que decir algo.

Precisamente el otro día caminando por la calle se me acercó un perro para olerme. Yo me aparté un poco porque me asusté. La chica que lo llevaba atado con una correa, me miró y me dijo: “Hola”. Por un momento pensé que la conocía y le respondí: “Hola”. La chica joven me dijo: “No soy yo, es el perro el que te dice hola”. Me quedé algo confundido. Y le dije hola al perro. Luego me preguntó: “¿Eres cura?”. “Sí”, le dije. Entonces, cuando me temía cualquier cosa, me dijo: Dile a todos que es necesario abrazar. Muchas personas mueren sin ser abrazadas.

A veces creo que Dios me va a hablar a través de los santos, a través del Evangelio, a través de escritos piadosos, a través de personas en las que creo y confío. Pero me cuesta pensar que Dios me vaya a hablar de cualquier forma en mitad de la calle. A través de una persona desconocida con un perro.

Sin duda esa chica rubia con su perro me dijo algo de Dios ese día. No que los perros dicen hola. Eso no me afecta demasiado. Sino que es necesario abrazar para vivir. Que es verdad que muchas personas mueren sin ser abrazadas. Y es necesario dar abrazos y querer con el alma y con los gestos.

Me recordó algo que sé pero que a veces olvido. Que el amor que no se expresa se pierde y la muerte es muy dura cuando nos falta el amor en el camino. Me recordó que tengo que abrazar a las personas a las que quiero, antes de que se vayan. Porque la vida es muy corta. Tengo que abrazar cuando perdono al que me ha hecho daño.

Pienso que Dios me habla a través de otras formas de vivir y de pensar, diferentes a las mías. Y que no por ser diferentes tengo que querer cambiarlas. No me habla sólo en aquellos que piensan como yo, en los creyentes, en los que están muy cerca de Dios.

A veces me sigue sorprendiendo. Y me habla en lo que no conozco. En lo diferente. En lo que me asusta. En cualquier circunstancia. En cualquier momento.

Por eso creo que tengo que aprender a contemplar más la vida. Detenerme y mirar sin querer cambiar nada. Admirarme más, sorprenderme más. Y no querer cambiar inmediatamente lo que no comparto, lo que no me gusta.

Tal vez por eso me sorprende encontrar personas muy religiosas que dudan del Papa. No están de acuerdo con sus gestos y no ven en ellos nada profético, ninguna señal de Dios. No les gustan sus opiniones sobre distintos temas. Dudan y les molesta un Papa molesto. Quieren cambiarlo. Les cuesta percibir en sus actitudes una voz de Dios que nos saca a todos de nuestro conformismo.

Contemplar la vida significa aprender a tomarla como es sin querer cambiarla. Aprender a sacar su belleza admirando lo que Dios me regala, lo que me muestra, allí donde me habla.

Significa estar abierto a lo que recibo de otros, aunque piense que yo lo haría de forma diferente. No importa. Esa tentación la tengo yo mismo cada día. El prejuicio que me hace evitar al que no es como yo, al que actúa de otra forma, al que no piensa como yo pienso. A aquel que me va a sacar de mi esquema, de mi horario, de mis planes. Observo la vida y quiero cambiarla. No escucho.

Quiero aprender a contemplar al que me detiene por la calle. Al que me habla cuando yo no le busco. Al que rompe mi camino para sacarme de él. Contemplar la vida y en la vida contemplar a Dios. Es una forma de vivir que quiero aprender cada día. Me cuesta.

[1] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 36

Tags:
contemplación
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