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Aquel sermón de Bergoglio por Kirchner, el presidente que no lo soportaba

Vatican Insider - publicado el 11/11/16

“Él de verdad no me soportaba”. Por primera vez en años Jorge Mario Bergoglio se refirió, en público, a las tensiones que caracterizaron su relación como cardenal con el presidente argentino Néstor Kirchner. El Papa dejó plasmadas unas breves consideraciones al respecto en la entrevista introductoria de un libro publicado esta semana en Italia y que recopila sus homilías del periodo 1999-2003. Un texto que esconde, casi involuntariamente, varios pasajes de ese tortuoso vínculo con el mandatario. De los “Te Deum” que desataron la ira de Kirchner, hasta el inédito sermón pronunciado pocas horas después de su muerte.

“Nei tuoi occhi è la mia parola” o, en español, “En tus ojos está mi palabra”. Es el título del volumen de más de mil páginas. Un verdadero “librón” compilado por el sacerdote jesuita Antonio Spadaro, director de la revista “La Civiltà Cattolica”. Un trabajo útil y completo, aunque no del todo inédito, ya que las principales homilías y discursos de Bergoglio -en ese mismo periodo- habían sido publicadas en Argentina en 2013. Una serie de cuatro tomos con el nombre “Reflexiones de un pastor”, que poco después la Librería Editorial Vaticana tradujo al italiano con el mismo título.

La labor de compilación fue facilitada, sobre todo, por el mismo Bergoglio y por sus colaboradores de Buenos Aires. El arzobispo siempre se preocupó porque sus mensajes públicos, al menos los más importantes, estuviesen disposición de todos. De ahí que hoy sea posible encontrar, en la página de internet de la arquidiócesis argentina, un completo archivo digital de transcripciones. Año por año, celebración por celebración.

“Yo hablo a través de mis homilías”, solía responder el cardenal cuando los periodistas le solicitaban entrevistas. Las veces que preparaba sus discursos, pedía a sus responsables de prensa que agregasen todas aquellas frases que improvisaba sobre la marcha. Insistía en que los textos estuviesen completos. Cuando hablaba sin notas, las grabaciones se transcribían antes de publicarlas y enviarlas a los periodistas.

Es lo que ocurrió la tarde de aquel 27 de octubre de 2010, día del fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner. Era miércoles feriado, por la realización de un censo nacional en el país. Algunos detalles los contó el propio Francisco, en su entrevista con Spadaro: “Cuando supe que había muerto, a las tres de la tarde, dos horas después hice una conmemoración en la catedral. Esa homilía fue improvisada: no había preparado el texto escrito. Había invitado al pueblo y la iglesia estaba llena. No había nadie del gobierno. El clima era tenso: durante la misa uno me gritó. Yo dije que estábamos ahí para rezar por él que había sido ungido por su pueblo con las elecciones para gobernar a su país. El pueblo lo había elegido y ahora debía rezar por él”.

Por ese tiempo todos sabían del conflicto que se perpetuaba entre Kirchner y Bergoglio, surgido prácticamente desde el inicio de la presidencia del primero, que duró de 2003 a 2007. Fue el mandatario quien eligió al cardenal como su contraparte. Incluso llegó a considerarlo “jefe de la oposición” y a sugerir que era un “diablo con sotana”. Un encono alimentado por políticos, periodistas, obispos y que contó con múltiples capítulos. El más recordado fue la decisión del presidente de faltar al “Te Deum” del 25 de mayo de 2005 en la catedral de Buenos Aires con motivo de las fiestas patrias y cortar así una tradición histórica.

A Kirchner le molestaban las predicaciones de Bergoglio y no estaba dispuesto a escucharlas. Una ruptura que se perpetró hasta su muerte, y que el arzobispo intentó subsanar de diversas maneras. Antes de su fallecimiento, el ex presidente fue internado de urgencia en dos ocasiones. El cardenal decidió tender puentes y mando un sacerdote a conferir los viáticos al enfermo, pero su esposa, Cristina Fernández, impidió la atención espiritual.

No obstante todos estos desencuentros, el arzobispo quiso hacer una misa por el presidente el día de su fallecimiento. Aquella tarde de octubre llamó a sus principales colaboradores de la curia y pidió que rápidamente fuesen invitadas personalidades del gobierno, políticos, sindicalistas y fieles en general. Dio la orden explícita de no reservar lugares en la catedral. “No hay invitados especiales, que se acomoden por orden de llegada”, instruyó.

Asistieron algunos militantes del Partido Justicialista y sindicalistas. Ningún personaje de relevancia de la administración de turno. Existía preocupación porque mientras la eucaristía tenía lugar, afuera la céntrica Plaza de Mayo se iba llenando de militantes convocados para el último adiós. Finalmente la catedral fue respetada. No hubo ni pintadas, ni destrozos.

Al momento del sermón Bergoglio improvisó y en medio de su discurso, que no duró más de ocho minutos, de entre los bancos un fiel gritó su descontento por la conmemoración. Muchos católicos recordaban las feroces críticas lanzadas por aquel hombre contra el cardenal y no podían entender cómo se honrase allí su memoria.

“Este muerto no es solamente un hombre que se enfrenta a esas manos de Dios y se deja recibir, y que hasta ahí lo acompaña este entorno de amigos y de familia sino que este hombre cargó sobre su corazón, sobre sus hombros y sobre su conciencia la unción de un pueblo. Un pueblo que le pidió que lo condujera. Sería una ingratitud muy grande que ese pueblo, esté de acuerdo o no con él, olvidara que éste hombre fue ungido por la voluntad popular. Todo el pueblo, en este momento, tiene que unirse a la oración por quien asumió la responsabilidad de conducir. Las banderías claudican frente a la contundencia de la muerte y las banderías dejan su lugar a las manos misericordiosas del padre”, replicó el arzobispo.

Una homilía a contrapelo de todos los antecedentes, pero que pasó casi desapercibida. Aunque el propio Bergoglio pidió que se transcribiese inmediatamente y se pusiese a disposición de la prensa. Debieron pasar tres años antes que esas palabras fueran escuchadas por la presidente Cristina Fernández de Kirchner, cuando el cardenal argentino ya había sido elegido Papa.

En 2013, en el entorno de la mandataria lograron obtener el video de aquel sermón y se lo acercaron. Ella quedó sorprendida. No sólo por la generosidad de aquel a quien consideraba un acérrimo enemigo y, convertido en Papa, comenzaba a tratar más de cerca no obstante las resistencias del pasado. Le impactó también una oración que el cardenal elevó por ella, en uno de sus días más difíciles: “Dios nuestro, a quien está sometido todo poder humano, concede a la mandataria Cristina un ejercicio acertado de su mandato para que, respetando siempre tus derechos, busque promover como es tu voluntad la paz y el bienestar de su pueblo, 

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