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¿Sabes lo que hace falta para que tu encuentro con Dios cambie tu vida?

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Está en tu mano...

Me gusta pensar que Dios me quiere a mí como soy. Tal como soy. Me quiere santo a mi manera, según mi forma de ser. Con mis pasiones y tensiones. Con mis defectos y mis límites. Desde mi verdad más honda. Dios no quiere que imite y yo a veces me empeño en seguir a otros, en actuar como otros, en pensar como piensan otros.

El padre José Kentenich me habla del peligro de simplemente imitar a los santos: Ni siquiera el revivir la vida de los santos está al resguardo de suscitar el desarrollo de un impersonalismo, de criar esclavos, borregos, no personalidades vigorosas”[1].

Quiero ser santo desde mi originalidad, desde lo que soy. Con vigor, sin frenos. Y desde ahí, anclado en Dios, plasmar el mundo que Dios pone a mis pies en la fuerza de su Espíritu.

Y también decía: El santo de la vida diaria es el hombre que, a partir de una actitud sobrenatural, tiene un logrado dominio sobre la vida cotidiana habitual”[2]. Dominar mi vida desde Dios.

¿Domino yo mi vida o la vida me acaba dominando? Quiero vivir plenamente desde lo que yo soy. Quiero decidir yo, actuar yo, optar yo. Desde lo que soy.

Dios me quiere tal como me ha creado. Respeta mi camino original. No quiere que sea como otros. Dios me llama desde lo que soy. Y me pide que le dé lo que tengo, lo que he recibido, lo que he conquistado. Y convierte mi agua en vino, mi torpeza en fuente, mi debilidad en su fuego.

Lo he visto tantas veces en mi propia vida… Cuando soy débil en Él, soy fuerte. Eso siempre me da paz y me conforta. Me sostiene y me llena de esperanza. Puede hacer milagros con mi vida si yo le dejo entrar. Si pronuncio mi sí. Si me abandono en sus manos.

Cuando me dejo encontrar por Él en medio de mi vida, de mi camino. En lo cotidiano, cuando menos lo espero. Ese encuentro que cambia mi vida.

Por eso me gustan los encuentros de Jesús con personas en el Evangelio. Esos encuentros en los que mira a los hombres en su belleza interior. En medio del camino, en lo alto de un árbol, arrodillados a sus pies.

Los ama en lo que son, en medio de su vida cotidiana. Le importa lo que sucede en su corazón. Se conmueve, tiembla. Abraza, consuela. Levanta, da esperanza. Mira en silencio, sostiene su debilidad. Y tras encontrarse con Jesús, sus vidas cambian para siempre.

Como la mía cuando me encontré con Él en el camino. Cuando me llamó por mi nombre. Ese nombre que ni yo mismo sabía. Y me vio como soy. Y me dijo cómo era. Y le creí. Y entonces comencé a seguir sus pasos.

Por eso me gusta detenerme en el milagro de Dios en el corazón de cada hombre. En mi propia vida. Jesús y yo nos vamos encontrando en la vida. Nos buscamos, a veces yo voy delante y Él me sigue. A veces yo le persigo y Él marca mis huellas.

Y algunas veces, las tengo marcadas en mi alma y en mi historia, nos alcanzamos. Y todo cambia. Se subió a mi barca un día y todo fue diferente. Le dije que sí entre lágrimas. Sin entender demasiado. Sí a lo que Él quisiera. Sí a dónde Él fuera. Y seguí anclado en su tierra, en su vida. Porque así es Jesús cuando se detiene ante mí, ante los hombres.

Me conmovió su mirada. Y me tocaron sus palabras. Desde entonces me acostumbré a ir a su paso.

Pero es verdad que no todo el que se encuentra con Jesús cambia de vida. Jesús curó a muchos, pero no a todos les cambió la vida esa curación. Habló a muchos, pero sólo unos cuantos lo siguieron y comenzaron a vivir de otra forma.

Juega un papel la libertad humana. Jesús necesita que yo quiera estar con Él para siempre. No todo el que se encuentra con Jesús cambia. No todo el que conoce a hombres santos quiere ser santo. Hace falta un sí del alma. Un sí fiel y continuado. Un sí sostenido en el tiempo. Un sí robusto y alegre.

¿Qué me ha sucedido a mí a lo largo de mi vida? Cada encuentro con Él me ayuda a crecer en la conversión de mi corazón. No basta un solo encuentro. Necesito volver a empezar cada día. Si no sucede, si no me cambia por dentro, todo se queda en un cambio superficial.

Es verdad que puedo hablar de Él, cumplir sus preceptos, predicar con pasión. Puedo vivir en la Iglesia, pero sólo le seguiré de lejos. Todo se juega en el encuentro frente a frente. Dios y yo. Le digo que sí. Le sigo. Lo amo.

[1] J. Kentenich, Textos pedagógicos

[2] J. Kentenich, Textos pedagógicos

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