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El grito de las tribus de Papúa llega al Vaticano

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Quiere llevar a Papa Francisco los deseos, los problemas, las instancias, las luchas, la difícil cotidianidad de los pueblos que viven en las antípodas del Vaticano: las 312 tribus indígenas de Papúa Nueva Guinea (la enorme isla del Pacífico, mosaico de etnias y con 850 lenguas) hoy cuentan con un cardenal, el apenas nombrado John Ribat, arzobispo de Port Moresby. Esta ciudad, en la que desde hace ocho años Ribat guía al pueblo de los bautizados, es la capital de la isla que se encuentra al norte de Australia; su territorio está dividido en dos: la parte oriental es Papúa Nueva Guinea, la parte occidental es una provincia que depende de Jakarta, pues fue ocupada militarmente por Indonesia en 1969.

Si uno lo ve, para los profanos, parecería un africano, pero Ribat es uno de los «negros de Oceanía», los indígenas melanesios que en 1882 los Misioneros del Sagrado Corazón se encontraron en la isla, durante su aventura misionera «hasta los extremos confines». Justamente el nuevo purpurado pertenece a esta orden religiosa.

Los melanesios tienen un aspecto muy diferente del que presentan las demás etnias de la zona, polinesios y micronesios. La cultura y la espiritualidad melanesias, por su concepción de «unión perenne y completa entre lo humano y lo divino», fueron y siguen siendo una buena base para el anuncio de Jesucristo y para favorecer la difusión de la fe cristiana.

Y estos también son algunos de los motivos por los cuales la evangelización entre aquellas poblaciones ha dado frutos inesperados: en la actualidad Papúa Nueva Guinea es una nación de 7 millones de habitantes y el 96% de ellos son cristianos (entre los cuales, 2,2 millones son católicos), y es una realidad en la que las Iglesias ofrecen un aporte decisivo a la sociedad, sobre todo en relación con temas de desarrollo y obras sociales, como la instrucción y la sanidad. Las organizaciones cristianas en la nación están comprometidas en el campo de la educación con más de 3000 escuelas; por otra parte, los 320 hospitales y clínicas sanitarias cristianos constituyen más de la mitad de las estructuras públicas presentes en toda la nación.

En un país casi completamente cristiano se han vivido, en el debate público, fervientes campañas que han excluido la legalización de la pena de muerte o del aborto; e incluso tendencias teocráticas, como una moción parlamentaria que quería prohibir el culto de las religiones no cristianas. También curiosa fue la reciente propuesta presentada en el Parlamento de considerar la histórica Biblia del Rey Jacobo (documento del siglo XVII) como «símbolo de la nación».

Y justamente ha sido la Iglesia la que ha rechazado este tipo de propuestas, promoviendo una visión laica del estado, aunque, como se suele decir en la isla, el cristianismo es parte de la identidad cultural en la moderna Papúa Nueva Guinea.

Sin embargo, la Iglesia local sigue, por muchos motivos, dependiendo de los misioneros, puesto que solo una tercera parte de las diócesis están en manos del clero indígena y muchas de las parroquias no cuentan con un sacerdote. Pero sobre todo son la vida y las condiciones sociales de las poblaciones indígenas las que han desencadenado las preocupaciones de un líder católico y pastor como John Ribat. Se trata de poblaciones que sufren abusos, cuyos derechos humanos son pisoteados y que soportan la explotación económica o la migración forzada.

El cardenal Ribat, de 59 años, después de una vida de servicio a la comunidad local, primero como sacerdote (desde 1985) en la diócesis de Berenia, luego como profesor en las islas Fiyi y finalmente como obispo en Berenia (en 2002) y después en Port Moresby desde 2008, lleva todos estos problemas y desafíos dentro de sí.

Y podría darse que si las instancias de una tierra de frontera como Papúa Nueva Guinea llegan al Vaticano con mayor fuerza (de la mano del nuevo purpurado), tal vez incluso Papa Francisco, gracias a la intermediación de Rabat, podría visitar Oceanía, el único continente que no ha visitado Bergoglio.

El Primer ministro de Papúa Nueva Guinea, Peter O’Neill, envió una invitación oficial al Pontífice. «Es un honor y un orgullo para nuestro pueblo tener al primer cardenal de la historia», dijo O’Neill al exponer públicamente sus intenciones de invitar «formalmente al Papa». La presencia de Francisco sería preciosa para llamar la atención del mundo sobre un continente marítimo, como Oceanía, en el que, como afirmó Ribat refiriéndose a la cuestión ecológica, «viven los pueblos más afectados por los cambios climáticos y por el elevamiento del nivel del mar». «Entre las inundaciones y la sequía, en algunas islas se ha reducido notablemente la capacidad productiva de los terrenos y los nativos se han visto obligados a huir», recordó. Es un fenómeno migratorio poco conocido, que golpea a los habitantes del quinto continente.

El birrete cardenalicio para un líder como John Ribat puede ser la esperanza para tener una nueva «voz en capítulo» y mayor consideración en los foros de la comunidad internacional.
 

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