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Cuando alguien a quien amas es un adicto

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Mi querido amigo está enterrado debajo de años de abuso, negligencia, uso de drogas, cambio en la química cerebral y pecado. Sólo Dios puede sacarlo

Cuando le vi atravesar por primera vez la entrada de la parroquia me pregunté si se había perdido. Con la gorra hacia atrás y los pantalones holgados, caminaba contoneándose como un crío acostumbrado a exigir el respecto y el temor de los que le rodean.

Como yo era la encargada del evento de la parroquia, me armé de valor y me acerqué a recibirle.

“Hola”, dije con tono resuelto, pero amable. “¿Has venido por la noche de juegos?”.

De inmediato se esfumó la dureza de sus ojos y me miró tímidamente. Me respondió con una amplia sonrisa en su cara, “¡Sí, gracias!”, y a continuación se sentó como un chiquillo a mirar entusiasmado el juego del Uno que ya estaba en marcha.

Así conocí a mi amigo, llamémoslo Ben, en esta reunión social que había organizado para mi parroquia en Oakland. No tardó en confesarnos, a mí y a varios otros de los feligreses habituales, que acababa de salir de la cárcel. Sin embargo, nos aseguró que durante su reclusión había encontrado a Jesús y había vuelto a su fe católica.

Ben fue una inspiración para todos nosotros. Se conocía la Escritura al dedillo. Estaba repleto de entusiasmo, alegría y compasión por los demás. Era un caballero que mostraba preocupación por los mayores del grupo, siempre se interesaba por cómo estaban los demás y abrió las puertas para la llegada de otros. Su fogosidad con la fe era mayor de la que jamás había visto en alguien de su edad. A veces me preguntaba si su vocación podría ser el sacerdocio.

Pronto descubrí que Ben se crió con dos padres drogadictos. Él mismo ya se había convertido en adicto antes de llegar a la adolescencia. Con el tiempo, empezó a traficar, fue arrestado y terminó en prisión.

Allí en la cárcel, Ben pasó por una experiencia de conversión, dejó a un lado las drogas y se involucró en el ministerio católico. Cambió por completo, pero su pasado aún le perseguía y estaba dispuesto a arrastrarle de nuevo.

Cierto día, mientras íbamos en el coche con unos amigos, alguien le preguntó “Ben, ¿crees que podrías volver a caer en las drogas?”.

Supuse que su respuesta sería “¡Claro que no!”.

Pero hizo una pausa y dijo, con su franqueza característica: “No estoy seguro. Sinceramente espero que no”.

Tengo aquel momento grabado a fuego en mi memoria. Recuerdo la calle en la que entramos. Recuerdo el gesto de sorpresa en cara de mi otro amigo. Y recuerdo que pensé: “En realidad no tengo ni idea de lo que es estar en la piel de Ben”.

Al poco me mudé y me marché del Área de la Bahía de San Francisco para unirme al convento, pero mantuve el contacto. Ben no tenía muchos apoyos en su vida y yo me sentía como su hermana mayor.

Ben había estado trabajando y yendo a la escuela, pero un día me dijo que sentía que debía centrarse en cuidar de su anciana abuela, que padecía demencia. Nadie más podía cuidar de ella. Me pregunté si Ben podría manejar la situación, pero se negó a considerar otras alternativas. Renunció a su trabajo y su vida pasó a girar en torno al cuidado de su abuela.

Comencé a saber de él cada vez con menos frecuencia. Le envié algo de dinero confiando en que pudiera venir a la profesión de mis votos, pero me dijo que lo tenía difícil. Empecé a preguntarme qué estaría pasando. El Ben que yo conocí nunca se habría perdido la ceremonia de mis votos de haber tenido oportunidad. Unos meses más tarde recibí una llamada.

“Tengo que contarte algo, Theresa, y no te va a gustar. He estado tomando drogas otra vez”, dijo Ben con voz temblorosa. Y luego se apresuró a añadir: “Pero ya he parado y voy a levantar cabeza”.

Me quedé helada. “¿Qué se debe decir en una situación así?”, pensé. De inmediato me di cuenta de lo inocente que había sido, mandándole dinero, escuchando sus llamadas nerviosas y paranoides y tratando de empatizar. ¿Cómo no me había dado cuenta?

El periodo de abstinencia de Ben duró un mes o dos como mucho. Pocos meses después estaba de nuevo en prisión con cargos graves. Escribí una carta al juez pidiéndole que enviara a Ben a un centro de desintoxicación y no a la cárcel. Ben no fue a rehabilitación, pero le dieron la condicional después de unos pocos meses en la cárcel.

Cuando liberaron a Ben, un amigo de la parroquia fue a recogerle de la cárcel y le ofreció llevarle directamente a rehabilitación. Ben rechazó la oferta de manera poco convincente, argumentando que tenía que cuidar de su abuela.

Mi amigo me dijo más tarde que el Ben que recogió de la cárcel no era el mismo hombre que conocimos en la iglesia. Estaba encrespado, hiperactivo, agresivo y era incapaz de concentrarse. Nada que ver con el hombre generoso, amable e irremediablemente optimista que conocíamos. Cuando me enteré de esto, supe que era sólo cuestión de tiempo antes de que volviera a la cárcel.

No obstante, llamé por teléfono a Ben varias veces durante los meses siguientes. Cada vez que hablaba con él, le decía que le quería y que me gustaría que mantuviera el contacto, incluso si seguía yendo a rehabilitación y a grupos desintoxicación de 12 pasos.

“No hace falta que estés en un lugar perfecto para hablar conmigo”, le insistía. Incluso tras la neblina de las drogas, escuchó mi súplica y me siguió respondiendo a mensajes que le mandaba periódicamente sólo para hacerme saber que seguía vivo.

Hasta que un día no hubo respuesta.

Tuve la certeza de que había vuelto a la cárcel. Busqué su nombre en Internet y apareció una aterradora fotografía policial. Ahí estaba con una camiseta sucia y desgarrada y un rostro demacrado y macilento. Sus ojos eran fríos y duros.

Todavía no he contactado con Ben. Voy a mandarle una carta diciéndole que le quiero y que rezo para que busque la ayuda que necesita y tenga otra conversión.

Dios ya lo hizo una vez, lo puede volver a hacer.

A veces siento que mi corazón va a explotar de pena por la vida que Ben ha tenido, por las cartas que le han repartido y las elecciones que ha tomado. Me pregunto cómo es posible que Dios quisiera más a Ben que a mí, pero sé que es así y cuento con ello. Mi querido amigo está enterrado bajo años de abuso, negligencia, drogas, química cerebral alterada y pecado.

Sólo Dios puede sacarlo de ahí.

Ojalá todo el mundo hubiera tenido los padres que yo he tenido, el amor que yo he experimentado y el fuego del amor y la fe que Dios encendió y luego pacientemente reavivó en mi corazón.

Yo he visto ese mismo fuego en el corazón de Ben. Era abrasador.

Y sé que Dios lo volverá a encender, si Ben se lo permite.

Por favor, permíteselo.

Querido Dios, un ser querido mío es drogadicto. Sé que no puedo hacer nada para llegar hasta él. La lógica, las palabras perfectas, incluso el amor, a veces no bastan para atravesar la niebla. Eres el único que puede ayudar a __________ a encontrar la motivación y la esperanza para liberarse de las cadenas de la adicción. Señor, viniste a la tierra para liberarnos de nuestros pecados. Vierte tu gracia sobre este mundo tan necesitado de tu amor, y en especial sobre__________, a quien tanto quiero. Amén.

 

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