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Tomasi: “Justo dar la ciudadanía a los hijos de los migrantes”

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Monseñor Silvano Maria Tomasi fue durante mucho tiempo nuncio vaticano en la Sede de la ONU de Ginebra y ahora es el Secretario delegado del Pontificio Consejo «Justicia y Paz», desde donde sigue, entre otras cosas, la fusión en curso (fruto de la reforma de la Curia romana) entre varios dicterios vaticanos comprometidos en los frentes de la caridad y de la solidaridad. Se ha ocupado en varias ocasiones de las migraciones como parte de su trabajo diplomático. Lo hemos entrevistado al margen de la presentación del III Encuentro Mundial de los Movimientos Populares (en el que participarán un centenar de organizaciones), en programa del 2 al 5 de noviembre en el Pontificio Colegio Internacional Maria Mater Ecclesiae de Roma.

Monseñor Tomasi, ¿se puede afirmar que los prófugos forman parte de esa humanidad que el Papa define «los descartados»?

Diría que debemos ver el fenómeno ampliamente, sobre todo debemos ser objetivos: no podemos quejarnos de que muchos refugiados tocan a las puertas de Europa, de Estados Unidos o de los países desarrollados, cuando las decisiones de los mismos países son, a menudo, el origen del movimiento forzado de estas personas. Hay Estados, potencias, poderes que provocan los problemas de los que derivan los grandes flujos humanos, es decir el desarraigo de las personas de sus tierras para huir a la muerte; estos Estados deben asumir sus responsabilidades por sus acciones. No es suficiente ofrecer sumas de dinero para ayudar a los prófugos. Si no damos la prioridad a la búsqueda de soluciones a lo que provoca estas masas de migrantes y refugiados, el problema no se resolverá.

Pero las causas son muy complejas, mientras que las llegadas de los prófugos son hechos de crónica cotidiana…

Claro, se necesitan tiempos largos para remediar las causas. Pero, por ejemplo, tomemos el caso de Siria, en donde por lo menos hay tres millones y medio de refugiados fuera del país y seis millones de desplazados internos; si los poderes que están combatiendo en Siria no se sientan a una mesa con el objetivo de encontrar un acuerdo para que cese la violencia, el éxodo continuará. La voluntad política de detener la violencia podría ser puesta en práctica hoy mismo, pero se requiere, efectivamente, la voluntad de buscar el bien de la gente y no de los propios intereses y hegemonías.

Pero en Europa los prófugos tienen miedo. En Italia se dio el caso del pueblo de Goro, en donde algunas mujeres y niños fueron rechazados por la población. ¿Cómo se puede cambiar esta actitud?

El miedo que existe ahora se debe a la falta de información. Una de las responsabilidades de los medios de comunicación también es la de educar, hacer entender que hay un aspecto muy positivo en la presencia de los migrantes y de los refugiados, siempre y cuando esta presencia sea administrada sabia y racionalmente. Por ejemplo, todos los estudios y las investigaciones hechos nos dicen que, a largo plazo, las migraciones dan beneficios a los migrantes como al país que los acoge y a los países de origen. Tomemos el caso de Italia: hay, tal vez, poco más de dos millones de migrantes que trabajan regularmente, pagan sus impuestos y viven con normalidad. De este trabajo llegan los recursos que le sirven a Italia para ocuparse de la crisis migratoria, pero también para pagar 600 mil jubilaciones a italianos. Es un dato del Ministro del Interior. Estos aspectos positivos deben ser sobresaltados para decirle a nuestras comunidades: vean, no todo es una amenaza, no todo es robar trabajo, sino un aporte al bien de Italia en conjunto.

Uno de los miedos más difundidos es el de la «invasión» por parte de otras culturas…

En efecto, otro aspecto importante es el miedo del cambio de identidad. Se dice: perderemos nuestra identidad porque llegan nuevas culturas, nuevas religiones que desequilibran a la sociedad como la conocemos. Y este es un aspecto más complicado y más difícil de afrontar. Pero también hay que decir que hay una responsabilidad por parte de países como Italia o del resto de Europa que reciben a los migrantes; la de decirle a estos últimos: queridos amigos, necesitan protección y son bienvenidos, pero tenemos algunos valores fundamentales (la igualdad del hombre y de la mujer, la libertad de religión, la aceptación de la pluralidad en la sociedad, la división entre la política y la religión) que ustedes deben aceptar, de lo contrario no podemos vivir juntos en paz. Entonces, la educación a la integración se vuelve mucho más importante que el debate sobre el número de cuántos hay que recibir o hasta qué punto debemos abrir las puertas.

Justamente en relación con este punto existe en Italia la cuestión de la falta de la reforma al derecho de ciudadanía, en particular para los hijos de los migrantes que han nacido aquí. ¿Qué opina?

Los jóvenes que nacieron en Italia o que llegaron de niños a Italia, que se están integrando muy bien, deben tener la posibilidad incluso legal de ser reconocidos como italianos, debemos apostar por la ciudadanía con igualdad de derechos y deberes, y no por la identidad religiosa o étnica, como sucede, por ejemplo, en Medio Oriente, en donde este enfoque de la no-ciudadanía es la fuente de un constante problema de discriminación estructural contra las personas que no forman parte de la mayoría.

Es casi cotidiana la polémica sobre la falta de compromiso europeo para afrontar los flujos de los prófugos, y a menudo Italia critica a la Unión Europea. Pero, ¿cuáles son las razones de esta dificultad de la Unión frente al problema?

Lo que sorprende es que Europa está dejando una cuestión semejante, que afecta a todos los países del continente, al margen del debate más serio. Claro, se habla sobre ello en todas las reuniones, hay encuentros de emergencia en Bruselas entre los ministros del Interior, del Exterior, entre los primeros ministros, para afrontar el problema, pero no se llega a conclusiones concretas, eficaces y que sean aceptadas por todos los países. Este hecho indica que estamos en una cultura pública en la que, según mi opinión, el subjetivismo extremo está quemando la posibilidad de una solidaridad que sería un beneficio para todos los países de Europa: no se trata de un pretexto para ayudar a Italia o a Grecia. En segundo lugar, estamos frente al envejecimiento de Europa y a una disminución demográfica que demuestra que se necesita mano de obra; puede parecer una ironía decirlo, pero, si se analiza la situación, las cosas son así. Necesitamos personas que trabajen para pagar eventualmente las jubilaciones de los jubilados italianos; pongamos las premisas para una integración inteligente, coherente, humana, de la que nazcan relaciones interpersonales de amistad, de aceptación recíproca, que eviten las tensiones que hemos visto en otros países Europeos.

 

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