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“Despedidas”: acompañar al más allá

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Una cinta preciosa e ideal para estos días de difuntos sobre la vida y la muerte como lugar para la alegría y la gratitud

2008: ¿Oscar a la mejor película de habla no inglesa a una película sobre amortajamientos? Sí. Y merecidamente. Despedidas es una película que trata, a priori, sobre la muerte. Ideal para estos días de difuntos. Pero es más. Es también una cinta conmovedora e hipnótica sobre la vida. Todo unido en una misma línea: felicidad y trascendencia.

Daigo vaga por la calle sin trabajo. Es un joven violonchelista sin talento que se ha quedado sin orquesta. Un nini nipón. No tiene esperanza. Obligado a buscar un nuevo trabajo, y viendo el percal de las metrópolis, decide volver con su mujer al pueblo natal. Su madre le ha dejado la casa-bar que regentaba.

Allí encontrará un trabajo que nunca habría imaginado: amortajar a los difuntos y acompañar a las familias en la despedida de sus muertos. El joven deberá aprender un antiguo oficio que, a la luz social, y de su mujer, es impuro y execrable.

Gracias a su maestro, Daigo descubre que el amortajamiento es una ocasión privilegiada para recuperar la dignidad y la belleza del muerto y prepararlo con respeto para la eternidad. Y eso sea cuál sea la vida o la muerte que haya tenido. Ante ello, la familia del difunto se muestra agradecida y cambiada.

Pero el camino es para todos, y a partir del trabajo de su marido, Mika comprenderá qué es amar sin pretensiones. También Daigo deberá aprender a ser hijo, marido y padre.

Despedidas es un excelente ejemplo de cómo el cine puede retratar, si quiere, una trama completísima de humanidad. Vida, muerte, amor, perdón, paternidad, trabajo, vocación, relaciones sociales, etc. van creciendo y cogiendo relieve a partir de la muerte.

Todos morimos, se dice en la cinta. Y se ve porque afecta a niños, adultos y ancianos. Nadie queda fuera de la muerte, ni de la vida.

Esta es una cinta con características orientales, pero a gusto del espectador global. Ritmo pausado; personajes cómicos de contrapeso, al estilo nipón; atención al gesto ritual. Algunos dirán que es un ejercicio sentimental de giros recursivos. Andarán cortos de mira.

La muerte pone a flote la seriedad de la vida. Y el amortajamiento es un motivo que sirve para hacer emerger e ir al fondo las exigencias humanas de los personajes, y la de los espectadores. La suya y la mía, lector, que hemos pensado en nuestros difuntos estos días.

La película muestra al hombre como ser trascendente, sea cual sea su religión, pensamiento o situación. Amigos, intenten vivir, o morir, sin atender a ese gusanillo interior que dice que no morimos. ¿Cómo puede caber lo infinito en un ser finito?

Matrimonio, relación con el padre, trabajo, sentimientos y miedos. En nuestra vida todo, afirma el film, es una trama completísima abierta a algo más. El llanto que se pega al espectador tras visionar la cinta es el signo de saber que es así. Baudelaire, poeta maldito y descreído, lo reconocía. ¿Y ustedes? Hagan lo que quieran.

Pueden ver la cinta y negarlo, y acusar al guionista y al director de estafarles. Háganlo. Estarán más enfadados y se perderán lo mejor, de la vida y de esta cinta bella y pausada que contiene una verdad. Una verdad que vale para todos los recovecos de nuestra vida. Y de la muerte.

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