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Sanar, cambiar, ser salvado es un regalo, ¿aceptas?

© Procsilas Moscas / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 01/11/16

Lo gratuito es lo que despierta en mí la generosidad más grande

La salvación no es para los perfectos, porque ellos no sienten necesidad de conversión. El otro día leía: Los perfectos reaccionan de manera diferente: no se sienten pecadores ni tampoco perdonados. No necesitan de la misericordia de Dios. El mensaje de Jesús los deja indiferentes”[1].

Llenarse de alegría es el primer fruto de encontrarse con Jesús. Pero a veces estar en la Iglesia no nos da alegría. Más bien nos llena de seriedad, de medidas, de juicios, de densidad. La alegría, la libertad, surgen cuando cambia el corazón. Cuando somos salvados. Son los frutos de recibir a Jesús, de encontrarse con Él.

La vida en abundancia de la que Jesús me habla parte de ahí. Surge de la alegría de un Dios que se acerca y me ama como soy, se hospeda en mi casa y no me pide nada a cambio. Surge de la alegría de comenzar de nuevo, de vivir de un modo nuevo, renunciando a mis comodidades.

Si me creo salvado es señal de que todavía estoy lejos de Dios. Si me veo necesitado de su amor, inseguro, débil, herido, es señal de que estoy en camino.

Quiero que venga a mi casa para poder entregar lo que me ata, lo que me sobra, lo que no me hace feliz. Esa mitad de mis bienes que me esclaviza. Quiero que se quede conmigo para comenzar a vivir de verdad. Ese Dios que camina y se detiene ante mí. Ese Dios que me llama por mi nombre.

Ese es el amor de Dios. Ese amor es capaz de hacerme arder, de hacerme volver a empezar. Me arrodillo ante Él, ante ese amor hecho a la medida de mi sed más honda, de mi vacío.

Jesús sobrepasa mis pretensiones. Me da mucho más. Siempre me sobrepasa. Me acoge como soy, un pecador. Sin condiciones. No pide que limpie mi vida, ni mi casa, ni mi corazón, para que Él pueda entrar. Pero cuando entra en mi casa, cambia mi corazón.

Me conmueve ese amor gratuito de Dios. Ojalá me creyese que así es el amor de Dios. Me alejo cuando caigo porque me siento indigno, sucio, demasiado pecador. Y Jesús sólo quiere venir a hospedarse en mi casa tal como es.

Pienso que esa gratuidad y esa confianza es el arma más poderosa para que alguien cambie, para sanar cualquier herida.

Cuando alguien confía en mí me siento capaz de todo. Cuando alguien me quiere como soy sale lo mejor de mí. Lo gratuito es lo que despierta en mí la generosidad más grande.

Dios desborda siempre mi expectativa. Su mirada y su presencia obran el milagro de la generosidad en mí. Y logro dar más allá de mis límites, más de lo mínimo, más de lo esperado. La salvación ha llegado a mi casa.

Ojalá pudiera escuchar esa afirmación de Jesús al llegar a mi vida. La salvación verdadera es su presencia salvadora en mí, su amor inmenso, su mano sanadora.

Muchas veces busco el camino seguro para salvarme. ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué tengo que cumplir? ¿Qué normas debo respetar? Busco la puerta estrecha. Quiero cumplir para salvarme. Como si con mi voluntad lograra el éxito ante Dios.

Y resulta que la salvación llega a mi casa cuando acepto a Jesús a comer conmigo. Cuando lo acepto en mi vida, en mis planes, en mi camino. Cuando permito que vaya conmigo. Entonces sucede lo gratuito. La salvación llega a mi casa.

Soy salvado sin méritos, sin hacer nada especial, sin dejar una huella grande en la tierra. Soy salvado porque me quiere por lo que soy, no por lo que hago. Me acepta y me busca porque me ama y quiere mi salvación.

La verdadera conversión del corazón sucede cuando entiendo que todo es don. Que su misericordia es don. Y que su vida cambia mi vida para siempre. Aceptar este camino de conversión cambia mis esquemas.

Buscar a Jesús y dejar que Jesús me encuentre. Dar una parte de mi vida y oír cómo la salvación llega a mi casa. Y dejarque su presencia vaya cambiando todo aquello que hay en mí que todavía no le pertenece.

[1] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

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