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No hagáis prisioneros: Gomorra, segunda Temporada

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Comprender qué es la mafia de la mano de esta adaptación del bestseller de Roberto Saivano

Muchas películas y series de televisión nos invitan a pensar que la realidad a veces sólo puede ser representada a través de la ficción, porque algunos hechos por sí solos no resultarían creíbles, comprensibles o asimilables. Por eso actúan minuciosa e hiperbólicamente sobre las imágenes, forzándolas hasta convertirlas en algo más. Hablo del glamour y el ritualismo escénico de El Padrino (The Godfather, 1972, Francis Ford Coppola) y de los juegos intertextuales de Reservoir Dogs (1992, Quentin Tarantino) con la música pop o el cómic, del desparpajo macarra o las muertes sin trámites de Los Soprano y las lecciones de química o la inocencia corrompida de Breaking Bad, aunque los ejemplos podrían ser muchos más.

Ante su elocuencia visual o dialéctica, absorbemos aspectos formales, frases ocurrentes y un nihilismo indiscriminado, casi sin oponer resistencia, como si nos hubiéramos introducido en el interior del mecanismo de lo real a través de uno de sus múltiples desvíos, para conectarnos de una manera íntima y perversa con algo que hasta entonces nunca habíamos visto de una forma tan expresiva en el ámbito de lo real y que, sin embargo, le proporciona un significado a todas sus contradicciones.

La serie italiana Gomorra es diferente. Y quizás es diferente porque ha procesado el cine para llegar a la realidad en lugar de procesar la realidad para llegar al cine. En la primera temporada, la familia Savastano intentaba acabar con sus enemigos, pero en lugar de eso el patriarca acababa en la cárcel, su mujer se hacía cargo de los negocios familiares hasta que la mataban, y el hijo desaparecía en Honduras durante un viaje para controlar desde allí la distribución de droga en Italia.

Como no son ni guapos, ni simpáticos, y ni siquiera muy inteligentes, sólo unas malas bestias con el instinto de los animales, la serie los rodea siempre de una fauna humana en la que se mezclan los cazadores y las presas, los asesinos y los mecánicos, los jóvenes enamorados y los esposos que matan a sus esposas, las madres fieles y las suegras despiadadas, un puñado de hombres libres pero esclavizados a la droga y un puñado de hombres encarcelados pero capaces de desafiar al sistema desde sus celdas…

Además de delitos, se canta, se ríe y se hacen todo tipo de cosas banales que nadie distinguiría de la rutina diaria en cualquier ciudad italiana. Con ello la serie, basada libremente en el libro homónimo de Roberto Saviano, quizás quiera avisarnos sobre la naturalidad con que conviven el bien y mal, a veces sin crear conflictos y otras provocando estallidos de violencia.

Y esa naturalidad es la que proporciona a las imágenes su lado siniestro a la segunda temporada, en la que el patriarca de la familia Savastano acaba enfrentándose a su propio hijo, mientras a su alrededor todo el mundo rompe y forja alianzas en un juego estratégico donde nadie sale indemne, mucho menos los políticos o los economistas, a quienes se paga hasta que traicionan a sus jefes y se los mata, con una lógica tan impenetrable como implacable. No hay grandilocuencia operística, tampoco parodia; quizás una pizca de Shakespeare sin notas a pie de página, en una edición popular de El Rey Lear, Macbeth y Hamlet procesadas al mismo tiempo.

Para el escritor Roberto Saviano y los responsables de esta colosal serie, la mafia la componen personas que tienen miedo y lo provocan. Actúan con una absoluta falta de convicciones ideológicas o morales. Tan pronto ordenan matar a alguien como son ellos mismos asesinados, en un bucle donde los personajes tienen algo de héroes trágicos y viven de forma provisional, en un universo que se perpetúa con la extraña lógica del capitalismo: ampliando su campo de acción, en busca de nuevas fuentes de ingresos, devorando a quien se interponga.

Aquí la mafia no consiste en redes de protección, tráfico de drogas, juego o prostitución, es algo mucho más amplio: un sistema social que se retroalimenta de sí mismo y de sus representaciones literarias, cinematográficas o televisivas, hasta hacer que hoy en día -según la policía napolitana- los jóvenes de algunas ciudades italianas ya no traten de imitar a la camorra y lo único que pretendan es parecerse a los personajes de Gomorra.

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