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“Gratia facit fidem”. La ocasión “en riesgo” de Lund

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El ex primado anglicano Rowan Williams decía que «no sucede nada interesante en la Iglesia si no es por obra de Jesús». Y Pablo VI, en el Credo del Pueblo de Dios, escribió que la Iglesia «no posee más vida que la de la gracia». También por este motivo, el breve viaje de Papa Francisco a Lund para conmemorar los 500 años de la Reforma de Martín Lutero no es solo un paréntesis ecuménico importante de su Pontificado, o un momento de relevancia en las relaciones parcialmente reconciliadas entre la Iglesia de Roma y los «hermanos separados» luteranos y reformados. La herida de la separación se abrió cuando Lutero acusó a la Iglesia católica y romana de haber creado un sistema que pretendía justificar a los hombres y salvarlos prescindiendo de la gracia necesaria de Cristo. La misma pretensión se advierte también en nuestros días, en la predicación y en la práctica ordinaria de muchos sujetos y organizaciones eclesiales de diferentes denominaciones. Y dejarse interrogar en el presente por las cuestiones clave que planteó Lutero en su época parece la única manera conveniente para recordar y conmemorar la dolorosa fractura que comenzó hace 5 siglos.

En esa época, la «protesta» del monje agustino aludía directamente a la naturaleza misma de la Iglesia y la íntima dinámica de su misión en el mundo. La conmemoración de los 500 años del comienzo de la reforma luterana ofrece una ocasión preciosa para que todos los bautizados reconozcan (como sugería el poeta francés Charles Péguy) que ahora, más que antes, la actitud corriente de muchos aparatos clericales consiste en oscurecer «el misterio y la acción de la gracia». Lo que Cristo vivo hace hoy, en la actualidad, para la salvación de todos.

Hace ya algunos años, la revisión, por parte de católicos y luteranos juntos, del epicentro del que se expandió la «sacudida» de la Reforma fue una ocasión para volver a saborear y afirmar el misterio y la operación de la gracia de Cristo como la fuente de todas las dinámicas y de cada uno de los latidos de la vida cristiana. Sucedió cuando la Iglesia católica y la Federación de las Iglesias luteranas suscribieron la Declaración conjunta sobre las verdades de fondo de la Doctrina de la Justificación, en la que repitieron juntos que «todos los hombres, en relación con su salvación, dependen completamente de la gracia de Dios». Y en esa ocasión volvieron a confesar juntos la misma fe en la absoluta gratuidad de la salvación prometida a todos los pecadores, y puesta en marcha mediante el Bautismo «por gracia de Dios en la fe en Cristo».

En 1999, cuando fue firmado en Augusta por el obispo Walter Kasper (entonces Presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos) y por el pastor Ishmale Noko (en ese tiempo Presidente de la Federación Luterana Mundial), ese documento representaba el resultado más tangible al que habían llegado las comisiones de diálogo teológico conjuntas entre la Iglesia católica y las «Iglesias hermanas». Gracias al trabajo de esa comisión, aprobado por el entonces cardenal Joseph Ratzinger y por el ex Santo Oficio, los católicos abandonaron sus estereotipos falsos según los cuales la concepción luterana reduciría la gracia a una mera «cobertura» del pecado, que no sería capaz de cambiar verdaderamente las vidas de los pecadores. Y los luteranos, por su parte, se liberaron de sus prejuicios erróneos sobre la concepción católica de las «obras buenas», que en la doctrina católica no son la «condición» para obtener la salvación, sino el fruto del don incondicional de la gracia de Cristo.

En aquel texto se confesaba que todos los que pertenecen al género humano, en la condición histórica marcada por el pecado original, «no son capaces por sí mismos de dirigirse a Dios para obtener la liberación, de merecer la propia justificación frente a Dios o de conseguir la salvación con sus propias fuerzas». La justificación, el ser «vueltos justos» y liberados del pecado, se da «únicamente por gracia de Dios», y gracias a su iniciativa gratuita e incondicional.

En un documento anexo de la Declaración común, justamente para aclarar el vínculo entre la justificación «por gracia» y las obras buenas, se incluyó una frase de santo Tomás de Aquino que resumiría el corazón de toda la vida cristiana: «La gracia», escribió el Doctor Angelicus en su «Summa Theologica», «crea la fe no solo cuando la fe nace en una persona, sino durante todo el tiempo que dura la fe». Así se confesaba que la obra de la gracia no es necesaria solo al principio, como «impulso inicial» de una elección religiosa y moral que luego queda en nuestras manos y en nuestras intenciones, sino indispensable en todo momento, para poder dar cada paso en el camino de una vida iluminada por el Evangelio. Como dijo el obispo chino José Li Langui, en una declaración recientemente citada por el sitio vescovicinesi.net, «en la situación en la que estamos, el Señor nos llama a confiar en Él, a abandonarnos a Él, no día a día, sino minuto a minuto».
 

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