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Niño hijo de una violación pregunta ¿por qué?

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Cuando tu vida parece «una perversa broma cósmica» tienes que recordar que Dios te ha querido

Todavía sigo citando el Catecismo Menor de Martín Lutero para la explicación del Credo en el Artículo Primero. Me crié en el luteranismo. Es un viejo hábito de un exluterano el recordar algunas de las cosas que dijo el hombre.

El Artículo Primero habla de Dios y dice tal que así: “Creo en Dios (…) Creador del cielo y de la tierra”. El primer significado que se deriva de esto y que señala Lutero es “Dios me ha creado a mí”. Por lo tanto, también te incluye a ti. La cuestión es que no somos accidentes. Somos deseados. Dios siempre ha querido a alguien como tú. Ahora ya lo tiene.

Pero cuando se produce una concepción problemática, el asunto se tambalea. A un niño nacido de una violación o de un incesto le puede surgir una terrible duda: ¿Tal vez no es del todo cierto que Dios me quisiera a “mí”?

Hubo un tiempo en que yo pertenecía a un grupo de apoyo en Internet para personas nacidas de violación o incesto. El sitio web hace mucho que se extinguió. Si lo buscáis –stigmatized.org–, ahora es una página que ofrece escritos con disertaciones personalizadas.

Sin embargo, el nombre era evocador: estigmatizados. Solía describir los sentimientos de la fundadora, por entonces una joven madre de dos criaturas de dentro y fuera de relaciones, y que siempre buscaba el amor de su madre biológica –la mujer de cuya violación ella fue fruto–, aunque sus intentos eran respondidos con rechazo.

Así es como llegó a sentirse ella, hija de una violación: estigmatizada. Muchos de los demás se sentían de la misma forma; como que ellos y los nacidos de incesto eran accidentes.

Hablamos de personas comunes y corrientes, con los mismos impulsos comunes hacia el bien y hacia otros asuntos no tan buenos. Todos eran adoptados, todos habían rastreado sus orígenes biológicos y todos quedaron estupefactos.

El descubrimiento de las circunstancias de su concepción y nacimiento los sumergió en una ventisca de ofuscadas preguntas, la mayoría sin respuesta. ¿Cómo su nacimiento pudo haber sido un momento de tantísimo dolor para otra persona? “Un chiste cósmico perverso”, según lo explicó alguien, “en el que el final no tiene gracia”. “Menudo bromista es Dios”, respondió otro en tono amargo.

Así que yo terminé haciendo de capellán informal, repitiendo insistentemente: Dios te creó. La Biblia está repleta de historias donde el bien surge del mal, repetía. Eres el final feliz que Dios quería.

Yo no encajaba en ninguna categoría, no del todo. Mi padre biológico quizás violara a su hermanastra, mi madre biológica, o tal vez una noche se emborracharan y se enrollaran, según me contó mi “tía” biológica. Mi “tía” era la viuda del hermano de sangre de mi madre biológica (los lazos familiares son tremendamente enrevesados en las historias de adopción). Que se enrollaron, eso creía ella. Por lo que supe de la personalidad de mi padre biológico, lo dudo mucho. Pero ahí estaba yo, mi concepción y mi nacimiento.

Me asaltaban preguntas sobre el tema que me atosigaban intensamente más o menos una vez cada veinte años. Descubría un poco más sobre la historia y eso me satisfacía durante un tiempo. Luego la duda venía a incordiar otra vez. Esta última vez hice una investigación genealógica, gracias a mi certificado de nacimiento original, el que decía que mi nacimiento era ilegítimo. Así encontré a mi “tía”.

Según averigüé, mi madre biológica vivió sus últimos años en la misma ciudad pequeña donde yo enseñaba el catecismo luterano como pastor. Murió en 1997 en un hospital de Jefferson City, Misuri, el mismo hospital donde yo visitaba a mis feligreses luteranos. Murió en el mismo hospital donde, dos meses más tarde, nacería mi hija menor.

En aquella pequeña ciudad lo más seguro es que nos cruzáramos en algún pasillo del supermercado, echáramos gasolina en la misma gasolinera, enviáramos cartas desde la misma oficina.

No, no me estaba buscando; todo fue una intrincada coincidencia. Lo extraño es que el saber de su muerte me hizo sentir que había de confrontar una pérdida más, otra cosa que había quedado a medias y sin oportunidad de resolución.

Hay miles de razones naturales por las que no deberías estar aquí, al margen de tus orígenes biológicos. Si sabes un mínimo de biología, sabrás que las posibilidades de que se produjera tu nacimiento en concreto son ínfimas, prácticamente imposibles de calcular.

Sin un creador —sin Dios, el Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra—  tu concepción y tu nacimiento es exactamente un chiste cósmico sin gracia: vivimos, morimos y nos desvanecemos del recuerdo. Pero con Dios, el creador del cielo y de la tierra, entonces tu propio cuerpo —todo tu ser—  es un rapapolvo viviente contra aquellos que consideran la vida humana una mera cuestión de conveniencia.

 

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