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Lo que esta católica aprendió una mañana con unos niños evangélicos

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Si les preguntara a mis propios hijos sobre su pasaje bíblico favorito, y el porqué ¿qué dirían?

A pesar de que soy católica, hace poco me pidieron que sustituyera a un profesor para una clase de oralidad en una cooperativa de orientación evangélica de educación en el hogar. Había siete estudiantes aquella mañana, con edades de entre 11 y 16 años, todos preparados para ofrecer su primer discurso del semestre, una presentación para romper el hielo. Yo era toda oídos.

Escuché cómo cuatro de los alumnos destacaban su versículo favorito de la Biblia y el impacto que el pasaje en cuestión había tenido sobre sus vidas. Tres de ellos se refirieron a sus bautismos como “el mejor día de su vida” o “la mejor decisión de su vida”, y varios de ellos hablaron de su considerable participación en su iglesia y del papel primordial que la iglesia desempeña en sus vidas. Estaba gratamente impresionada. Era todo un placer escuchar a estos niños y sentí que había sido todo un privilegio para mí el que me invitaran a participar de esta forma tan humilde en sus vidas.

Lo cual me hizo pensar… Si le preguntara a mis propios hijos (tengo seis, desde los 15 meses a los 12 años) cuál es su pasaje favorito de la Biblia y por qué, ¿qué me dirían? ¿Podrían mencionar siquiera uno? Mis hijos conocen bien las historias de la Biblia –los dos mayores (de 10 y 12) al menos podrían resumir básicamente las más importantes– pero no podría decir con seguridad que la Palabra de Dios vive en ellos. Mis hijos apenas han empezado a arañar la superficie literal de las historias de niños de la Biblia, aún no han escarbado en la auténtica riqueza de la Palabra de Dios. Así que, ¿cómo podrían amar algo que aún no conocen?

Recuerdo que, de niña, nos educaban a mis hermanos y a mí en la iglesia fundamentalista a aprender de memoria pasajes de las Escrituras. Desde entonces, con el paso de los años, he deambulado por múltiples iglesias antes de aterrizar firme y definitivamente en la fe católica, pero lo cierto es que aquellos primeros años de memorizar las Escrituras me sirvieron de mucho y han sido una bendición para mí.

Aunque la mayor parte de los detalles sobre el libro/capítulo/versículo los he ido olvidando con el tiempo, las ideas básicas arraigaron y los fragmentos de los versículos flotaban por mi mente durante mis turbulentos años de deriva; unos versículos que, en su momento, me suministraron esa ancla para mi alma que necesitaba tan desesperadamente. Dios es amor… Yo soy el camino, la verdad… Elige, pues, la vida… Estaré con ustedes siempre… El Señor es mi pastor… Sé muy bien los planes que tengo para ustedes…

Así que ahora estoy empezando a guiar a mis hijos en el hábito de memorizar las Escrituras. Pequeños fragmentos, orientados a los niños, uno por semana. El versículo que toca memorizar una semana lo escribimos en una pizarra pequeña y queda a la vista en la pared de la cocina, así que todos lo vemos constantemente al pasar por al lado.

Para finales de la semana, los más pequeños (de 3, 5 y 8) tienen la oportunidad de decirme de memoria el versículo. Los dos mayores (de 10 y 12) deben saberlo de memoria y también encontrarlo en sus propias Biblias. Todo aquel que lo consiga, obtiene una pegatina junto a su nombre en un ranking. Con cinco pegatinas, ganan un regalo.

Nadie recibe presiones para aprender de memoria los versos, pero el reto está ahí y surge durante las conversaciones de la semana. Confío y rezo que por la gracia de Dios, la Palabra se imprima en sus almas y se abra camino hasta sus pensamientos, palabras y acciones.

Comenzamos con una frase tan sencilla que incluso escuchábamos al pequeño de 3 años repitiéndosela a sí mismo allá por donde iba: “Dios es amor” (1 Juan 4,8). La semana dos encontramos “Sean bondadosos unos con otros” (Efesios 4,32). Veremos qué tal va el de esta semana: “Confía en el Señor de todo corazón” (Proverbios 3,5). Pero el pronóstico es bueno. A finales de la semana ya hay 10 pegatinas junto a los cinco nombres de la clasificación.

 

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