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¿Dios premia a los que cumplen y castiga a los que no?

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Una respuesta de Jesús que quizás no te esperas

Hoy el evangelio me habla de dos hombres que van a orar. En ellos hay representadas dos formas de amar, de darse, de orar, de estar con Dios. Los dos se ponen en camino. Se acercan a Dios. Miro a esos dos hombres que suben al templo para estar con Dios.

Jesús mira el corazón de cada persona. No se fija en las apariencias, en lo que se ve, en lo que parece ser. Mira más hondo. Mira la verdad de cada uno. La verdad escondida. Estos dos hombres quieren ser sinceros ante Dios.

Pero no siempre somos sinceros cuando rezamos. Nos engañamos a veces. Pretendemos quedar bien incluso ante Dios.

El fariseo oraba muy cerca de Dios: “El fariseo, erguido, oraba así en su interior: – ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

Reza erguido, orgulloso, seguro de sí mismo y de su salvación. El fariseo cumple todo lo que Dios le pide. Hace todo lo que corresponde a su estado. No roba, no es injusto, no es adúltero, no miente. No hace ningún mal, no es egoísta.

Describe con claridad todo lo que hace bien y resalta todo el mal que evita. Y está agradecido por ser tan honesto. Es un hombre aparentemente perfecto, pero tiene el corazón sellado. Sólo le habla a Dios de sus logros, de sus conquistas, pero no le abre su corazón.

Se compara con otros hombres pecadores. Se pone delante. Piensa que tiene derecho a los primeros puestos. Piensa que está ahí ante Dios porque se lo merece, porque vive con justicia. No conoce la misericordia y en su oración, en ningún momento le pide a Dios nada, porque no necesita nada.

Piensa que tiene derecho al agradecimiento de Dios. Piensa que Dios se lo debe todo a él. No necesita la compasión. Sólo espera el premio por una vida digna. No hay lugar para que Dios entre en él.

Nada ha cambiado después de su oración. Ha llegado solo y se va solo. Se va erguido, orgulloso, con su cartilla perfecta, pero sin posibilidad de que Dios haya tocado su corazón. No le habla de sus miedos, de sus preguntas, de sus dudas, de lo más suyo. Tal vez lo desconoce. No se conoce en lo más hondo.

Sólo le habla de lo superficial, de lo que hace bien. Y no deja que Dios lo cambie por dentro. Su corazón no está roto, está duro. Veo al fariseo y me siento tan identificado con él… Muchas veces me veo reflejado en sus palabras. Cumplo. Llego al mínimo.

Incluso hago algo más. Doy más de lo necesario. Respondo. Actúo. No me guardo. Pero luego voy por la vida engreído, erguido, lleno de vanidad, seguro de mí mismo. ¡Me es tan fácil caer en la soberbia cuando cumplo! Llego al mínimo y más todavía. Logro lo máximo y me siento orgulloso.

¡Cómo no me voy a sentir orgulloso con el trabajo bien hecho! Es sano ese orgullo del que hace las cosas bien. Lo contrario sería una falsa modestia que me envenena. Si uno canta bien, es bueno agradecer con orgullo por el don recibido.

Cuando respondemos a los que nos piden y lo hacemos con nota, también está bien. Realizar nuestra misión nos tiene que llenar de un sano orgullo. Como dice san Pablo: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida”.

No es malo en sí mismo el orgullo por el trabajo bien hecho. Al contrario. Me da fuerzas para seguir luchando, para seguir siendo generoso con mi vida. Me hace mirar con gratitud a Dios por todo lo que me regala. Por los talentos que ha puesto en mis manos. Por la fuerza que me da para luchar y ser fiel.

Sé que cumplir es un bien. Porque cuando cumplo me hago un bien a mí mismo y hago un bien a los otros. Mi trabajo bien hecho es un bien para el mundo. El problema es cuando mi orgullo y mi vanidad me hacen sentir mejor que otros. Me cierran. Me alejan de Dios.

Entonces ocupo los primeros puestos, espero alabanzas y elogios. Critico y condeno al que no lo hace bien, al que no trabaja, al que no cumple. Y deseo que todos respeten mi vida por todo lo que hago. Busco el aplauso. Desprecio al que no cumple.

Hoy Jesús les habla a “algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. Cuando desprecio a los demás, justo ahí se encuentra mi pecado. Cuando me río del que no hace, del que no cumple, del que no es perfecto, mirándolo con desdén, me cierro en mi vanidad. En mi orgullo está mi perdición, mi pecado.

El otro hombre, el publicano, reza desde lejos, en el último lugar del templo: “El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: – ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

¿Por qué dice Jesús que uno salió justificado y el otro no? ¡Cuántas veces creo que Dios me quiere si cumplo todo y se lo presento todo bien hecho! Le entrego mis deberes y Dios me justifica. Le hablo de mis propósitos cumplidos y sonríe.

¡Cuántas otras veces me alejo porque siento que soy un desastre y lo hago todo mal! Y me creo, entonces, que Dios no me va a mirar, no me va a amar, ni me va a acoger.

Hoy Jesús me dice que uno sale justificado y el otro no. Y el que sale justificado es justamente el que se siente pecador. Me cuesta entenderlo. Sé que Jesús mira el corazón, no se dedica a premiar a los que han cumplido y castigar a los que no.

Si soy honesto conmigo mismo, debo reconocer que muchas veces pienso que Dios es como soy yo. Juzgo, acepto al que se porta bien, valoro el cumplimiento, la vida intachable, sin mancha. Rechazo al que peca, al que no cumple, al que me defrauda.

Hoy Jesús no valora más al pecador en su pecado. Y no desprecia al que cumple en su virtud. Lo que valora es la humildad. Lo que desprecia es el orgullo.

Jesús mira el corazón roto del publicano. Y no entiende la rigidez y cerrazón del fariseo. Le duele el orgullo del que ha cumplido porque no le busca con humildad.

El publicano se sienta atrás, no levanta los ojos y muestra su herida, su grieta en el alma. Se humilla, se siente indigno. Y lo más importante, pide compasión. Se sabe necesitado, implora piedad, amor, un abrazo, para empezar de nuevo a luchar, para volver a creer.

Sólo uno de los dos hombres necesita a Dios. Sólo uno de los dos hombres no puede salir del templo sin que Dios lo haya escuchado. Sólo uno de los dos hombres golpea el corazón de Dios con su miedo, con su soledad, con su pobreza.

“Ten compasión de mí”, suplica el publicano. Su corazón herido está preparado para que Dios entre, lo acoja, le bendiga y se quede con él. Es humilde. “El humilde comprende que por sus fuerzas, nada puede. Que sin Dios no somos nada. El que es humilde agrada a Dios. Esta es una virtud que descubrí en los santos. Se abandonaban en la voluntad del Padre. Y todo les parecía bien[1].

El publicano se siente débil, sabe que solo no puede. Entonces su corazón escucha que Dios lo esperaba desde hacía mucho tiempo. Entiende que Dios cada tarde salía a buscarlo. Descubre que tiene un lugar en su casa y que es una fiesta su llegada.

Sólo el hombre herido puede dejarse curar por Dios, abrazar por Él, acariciar con ternura. Sólo el hombre roto tiene un resquicio para que Dios entre y lo invada todo.

Ese hombre, publicano, pecador público, ese que engañaba a otros para lucrarse y vivir bien, muestra su verdad, reconoce lo que es. Ante esa confesión Dios no puede resistirse.

Como leía hace poco: El hombre humilde, por muchas veces que caiga, arregla las cuentas con Dios y vuelve a empezar, porque su humildad le revela su total dependencia de Él. Se culpa a sí mismo de los desórdenes de su vida, de sus fracasos y sus faltas, y lucha por volver a encontrar el sentido de la entrega a la voluntad de Dios”[2].

Ese hombre no tiene derechos, no tiene nada, está vacío. Sólo tiene dinero. Sólo vive bien a costa de otros. Pero se arrepiente y eso lo cambia todo. Se queda sin nada y entonces puede recibirlo todo.

Sólo el hombre herido vuelve con Dios dentro. Sólo el hombre que pidió compasión la recibe. Sólo el hombre pobre necesita el amor incondicional de Dios y se encuentra con su abrazo.

Dios mira con predilección al hombre que se muestra tal y como es y comparte con Él su vida. Abraza al que lo necesita para cambiar, para caminar, para empezar de nuevo. ¡Cuánta paz sentiría ese publicano en su oración al sentirse amado, escuchado, acogido!

Pienso en Mateo el publicano, que cambió su vida por una mirada de Jesús. En Zaqueo, que al recibir a Jesús en su casa repartió parte de sus bienes. El amor incondicional de Dios nos sana y nos hace creer en lo que podemos llegar a ser. Descubrimos que siempre hay una nueva oportunidad. Ante nuestra pobreza reconocida, Dios no puede resistirse.

Decía el padre José Kentenich: “La bondad paternal de Dios no podía oponer resistencia a la debilidad reconocida y aceptada de sus hijos”[3].

Cuando oro, ¿me muestro como soy ante Dios o sólo le hablo de lo que hago bien y me quejo de lo que no hacen los otros? ¿Me rompo ante el Señor? ¿Le pido que me abra el corazón como a ese publicano?

Quiero mostrarle a Dios mi pobreza, mi herida, mi necesidad. Quiero decirle que lo necesito para caminar, para amar. Y que sin Él nada puedo. Quiero pedirle que me regale su compasión.

Creo que a veces en la oración no soy sincero. No me rompo. Y también me cuesta romperme en la confesión, reconocer mi pobreza, mostrarme herido ante un hombre, ante Dios. Me cuesta incluso ver mis pecados. Me justifico. Veo más lo que hago bien.

Pero sé que Jesús sólo se conmueve ante mi corazón roto. No puede entrar en mí si no tengo fisuras, si mi orgullo me vuelve duro y rígido.

Hoy quiero decirle a Jesús una y mil veces: “Ten compasión de este pecador”. Esa oración es la que me salva. Esa mirada humilde es la que me lleva de verdad hasta el corazón de Dios. Sólo cuando me reconozco necesitado es cuando Dios puede actuar en mí.

[1] Claudio de Castro, El poder de la alegría

[2] Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros

[3] J. Kentenich, Niños ante Dios

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