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¿Quién mató a Galileo Galilei?

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La verdad es que murió en su cama, y que nunca estuvo en la cárcel ni fue jamás torturado por sus teorías

La leyenda negra sobre el caso Galileo, repetida incluso por estudiosos de la ciencia, no tiene ninguna base histórica. Incluso entre algunos católicos formados se suele escuchar repetidamente que la Iglesia ha perseguido a los científicos como Galileo y que lo torturó y mató la Inquisición, entre otros disparates sin fundamento.

¿Qué sucedió realmente? Los documentos que se conservan permiten reconstruir casi todos los aspectos del proceso con gran fiabilidad. En el presente artículo sintetizamos los amplios y documentados trabajos de quien fue uno de los mayores expertos en el tema, Mariano Artigas[1].

¿Cómo murió Galileo?

No lo mató la inquisición, ni nadie. No fue condenado a muerte, sino que murió de muerte natural. El único proceso en el que fue condenado, le dispuso arresto domiciliario en 1633 y nunca estuvo en la cárcel. Durante el proceso estuvo alojado en Villa Medici. Luego se alojó en el palacio del arzobispo Piccolomini, admirador y amigo personal de Galileo. En 1638 después del proceso, publicó su obra más importante Discursos y demostraciones en torno a dos nuevas ciencias, una obra donde expone los fundamentos de la nueva ciencia de la mecánica.

Galileo jamás fue torturado o recibió malos tratos, aunque el proceso a su avanzada edad fue desgastante. Murió en su casa, en las afueras de Florencia, con 78 años de edad, el miércoles 8 de enero de 1642.

¿Cómo entender lo que sucedió con Galileo?

Hubo dos procesos, uno en 1616, en el que solo recibió una notificación, y otro en 1633 que fue realmente ante un tribunal.

En 1616 se acusaba a Galileo de sostener el sistema heliocéntrico propuesto en la antigüedad por los pitagóricos y en la época moderna por Copérnico: afirmaba que la Tierra no está quieta en el centro del mundo, como generalmente se creía, sino que gira sobre sí misma y alrededor del Sol, lo mismo que otros planetas del Sistema Solar.

Esto parecía ir contra textos de la Biblia donde se dice que la Tierra está quieta y el Sol se mueve, de acuerdo con la experiencia. No era una novedad teológica que cuando la Biblia habla de cuestiones científicas, adopta el modo de hablar propio de cada cultura, de la época en que se escribió. Este mismo argumento usó Galileo en su defensa.

Pero para entender la complejidad y el contexto del asunto, Mariano Artigas lo resume en tres problemas: En primer lugar Galileo se basó en sus descubrimientos astronómicos, gracias al telescopio que él mismo perfeccionó, para criticar la física aristotélica y apoyar la teoría heliocéntrica.

Los profesores aristotélicos eran muchos y poderosos y sintieron que Galileo contradecía su ciencia y los dejaba en ridículo, razón por la que lo atacaron mezclando argumentos teológicos en la discusión.

En segundo lugar, la Iglesia Católica estaba pasando por un momento de especial sensibilidad respecto a la libre interpretación de la Biblia, en pleno enfrentamiento con la Reforma Protestante. Una situación peligrosa para que un laico use argumentos bíblicos y teológicos, como lo hizo Galileo, que no se limitó a discutir cuestiones científicas, sino que entró en debates teológicos.

Y en tercer lugar, la cosmovisión tradicional, que colocaba a la Tierra en el centro del mundo, parecía estar de acuerdo con la experiencia ordinaria: si la Tierra se moviera, deberían suceder cosas que no suceden: proyectiles tirados hacia arriba caerían atrás, etc. Además la cosmovisión tradicional parecía más lógica y coherente con la centralidad del hombre en la creación.

1616: El comienzo del conflicto

Hay que tener en cuenta que, aunque las críticas de Galileo a la posición del geocentrismo tenían sus fundamentos teóricos, ni él ni nadie en su tiempo poseían argumentos para demostrar que la Tierra se mueve alrededor del Sol. Esta afirmación parecía absurda, tal como la calificaron los teólogos del Santo Oficio.

En una famosa carta, el cardenal Belarmino, pidió a Galileo que utilizara el heliocentrismo sólo como una hipótesis astronómica, sin pretender que fuera verdadera. Pero Galileo, para defenderse de acusaciones personales, se lanzó a una defensa fuerte del copernicanismo, trasladándose a Roma e intentando influir en las personalidades eclesiásticas. En febrero de 1616 por orden del Papa Pablo V, el cardenal Belarmino citó a Galileo y le amonestó para que abandonara la teoría copernicana. Galileo entendió que no podía argumentar a favor del copernicanismo, y en efecto así lo hizo durante años.

1633: La acusación y el final del proceso

Galileo sabía que la prohibición de 1616 se basaba en una equivocación y quería solucionar el problema. En 1623 fue la elección del Papa Urbano VIII, gran admirador de Galileo quien lo recibió cordialmente seis veces en 1624.

En este contexto Galileo publica en 1630 su teoría, en su obra «Dialogo en torno a los dos grandes sistemas del mundo, el tolemaico y el copernicano» y lo llevó a Roma para obtener el permiso eclesiástico para su impresión. Varias razones que demoraron la aprobación y la mala comunicación de la época pusieron nervioso a Galileo, por lo cual solicitó la intervención de su embajador en Roma para obtener el permiso, y finalmente lo imprimió en Florencia en 1632.

En esos años la mayor preocupación del Papa no era precisamente si se movía la Tierra o el Sol, porque estaba en pleno desarrollo la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). En 1632, en una reunión con cardenales, el cardenal Gaspar Borgia, embajador del Rey Católico y protector de España, acusó abiertamente al Papa de no defender como era preciso la doctrina católica.

Se creó una situación muy tensa, por lo que el Papa se vio obligado a evitar cualquier cosa que pudiera interpretarse como no defender la fe católica con claridad.

Precisamente en ese tiempo comenzaron a llegar los primeros ejemplares del Dialogo. En su situación el Papa no podía tolerar que se publicara un libro con su permiso, en el que se defendía una teoría condenada como falsa y contraria a la Biblia.

Galileo llegó a Roma en 1633 y vivió en el Palacio de Florencia. El Santo Oficio había descubierto en los archivos de 1616 la prohibición a Galileo de tratar de cualquier modo el copernicanismo, lo que llevó a centrar el proceso en su desobediencia. Lo llamaron al Santo Oficio el 12 de abril de 1633, aunque no estuvo en la cárcel, sino que fue instalado en habitaciones del fiscal de la Inquisición.

El Padre Comisario propuso a los Cardenales visitar a Galileo e intentar convencerle para que reconociera su error. Lo consiguió después de una larga charla y el 30 de abril Galileo reconoció ante el tribunal que, al volver a leer ahora su libro, se daba cuenta de que, debido no a mala fe, sino a vanagloria y al deseo de mostrarse más ingenioso que el resto de los mortales, había expuesto los argumentos en favor del copernicanismo con una fuerza que él mismo no creía que tuvieran. Ese mismo día se permitió a Galileo volver al palacio de Florencia.

El 16 de junio el Santo Oficio en su reunión con el Papa decidió que Galileo fuera examinado acerca de su intención y tuvo que abjurar públicamente de su opinión sobre el movimiento de la Tierra. Luego del proceso, se recuperó en Siena y en diciembre del mismo año volvió a su casa en las afueras de Florencia, con arresto domiciliario, hasta su muerte.

Aclaraciones importantes

Galileo había realizado unos descubrimientos astronómicos importantes y se le habían reconocido, pero no podía probar el movimiento de la Tierra. La ciencia moderna prácticamente no existía: las contribuciones más importantes de Galileo a esa ciencia fueron las publicadas después del proceso.

Los eclesiásticos al igual que la mayoría de los profesores universitarios, pensaban que el movimiento de la Tierra era absurdo, porque contradice a muchas experiencias ciertas y, si existiera, debería tener consecuencias que de hecho no se observan. No era fácil tomarse en serio el copernicanismo.

Los teólogos que valoraron en 1616 la quietud del Sol y el movimiento de la Tierra dijeron, en primer lugar, que ambos eran absurdos y contrarios a la Biblia. Belarmino, y otros eclesiásticos, advirtieron que si se llegaba a demostrar el movimiento de la Tierra, habría que interpretar una serie de pasajes de la Biblia de modo no literal; sabían que eso podría hacerse, pero pensaban que el movimiento de la Tierra nunca se demostraría y que era absurdo. Esto no justifica toda su actuación, pero permite situarla en su contexto histórico real y hacerla comprensible.

El proceso de Galileo no debería entenderse como un enfrentamiento entre ciencia y religión. Galileo siempre se consideró católico e intento mostrar que el copernicanismo no se oponía a la doctrina católica. Por su parte, los eclesiásticos no se oponían al progreso de la ciencia. Sencillamente consideraban que su teoría era falsa.

También el ambiente teológico de su tiempo, vinculaba el heliocentrismo a doctrinas esotéricas sospechosas, como fue el caso de la condena de Giordano Bruno, que no fue condenado por temas científicos, sino por doctrinas religiosas. De hecho Bruno no era científico, sino que tomó como punto de partida la teoría de Copérnico para sus postulados religiosos panteístas.

Lo cierto es que el caso Galileo no afectó al progreso de la ciencia. Todos los investigadores señalan que es importante destacar que no ha existido ningún otro caso semejante al de Galileo. El caso más semejante es el del evolucionismo, pero la teoría de la evolución, dentro de su ámbito científico, nunca ha sido condenada por ningún organismo de la Iglesia universal. Muchos son los que ignoran la verdadera historia en la relación entre la Iglesia y la ciencia.

Bibliografía:

ARTIGAS, Mariano (2004). Ciencia, razón y fe. Pamplona: Eunsa.

ARTIGAS, Mariano. (2007). Ciencia y religión. Conceptos fundamentales. Pamplona: Eunsa.

ARTIGAS, M. – SÁNCHEZ DE TOCA, M. (2008). Galileo y el Vaticano: Historia de la Comisión Pontificia de estudio del caso Galileo (1981-1992). Madrid: BAC.

RIAZA MORALES, J.M. (1999). La Iglesia en la historia de la ciencia. Madrid: BAC.

 

[1] Doctor en Ciencias Físicas y Doctor en Filosofía. Fue profesor en la Universidad de Pamplona, miembro ordinario de la Academia Pontificia Santo Tomás de Aquino y de la Sociedad Internacional para Ciencia y Religión (Cambridge). Uno de los mayores especialistas de habla hispana en el diálogo ciencia y religión.

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