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“Siempre hay un pobre que me necesita y no puedo delegar el compromiso”

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«Hay siempre alguien que tiene hambre y sed y tiene necesidad de mí. No puedo delegar a ningún otro. Este pobre necesita de mí, de mi ayuda, de mi palabra, de mi compromiso. Estamos todos comprometidos en esto». El Papa dedicó la Audiencia general de hoy al eco en la fe cristiana del hambre y de la sed: «¡Cuántas veces recitamos el “Padre Nuestro” —subrayó—, es más, no ponemos atención verdaderamente en esas palabras. “Danos hoy nuestro pan de cada día”».

«Una de las consecuencias del llamado “bienestar” —explicó al principio Papa Francisco— es aquella de llevar a las personas a encerrarse en sí mismas, haciéndolas insensibles a las exigencias de los demás. Se hace de todo para ilusionarlas presentándoles modelos de vida efímeros, que desaparecen después de algunos años, como si nuestra  vida fuera una moda a seguir y cambiar en cada estación. No es así. La realidad debe ser acogida y afrontada por aquello que es, y muchas veces nos presenta situaciones de urgente necesidad. Es por esto que, entre las obras de misericordia, se encuentra el llamado al hambre y a la sed: dar de comer al hambriento (existen muchos hoy, ¿¡eh!?) y de beber al sediento».

«Cuántas veces los medios de comunicación nos informan de poblaciones que sufren la falta de alimentos y de agua, con graves consecuencias especialmente para los niños», insistió el Papa. «Ante estas noticias y especialmente ante ciertas imágenes —continuó—, la opinión pública se siente afectada y de vez en cuando se inician campañas de ayuda para estimular a la solidaridad. Las donaciones se hacen generosas y de este modo se puede contribuir a aliviar el sufrimiento de muchos. Esta forma de caridad es importante, pero tal vez no nos involucra directamente».

En cambio, «cuando, caminando por la calle, encontramos a una persona en necesidad, o quizás un pobre viene a tocar a la puerta de nuestra casa, es muy distinto, porque no estamos más ante una imagen, sino somos involucrados en primera persona. No existe más alguna distancia entre él o ella y yo, y me siento interpelado. La pobreza en abstracto no nos interpela, pero nos hace pensar, nos hace acusar; pero cuando tú ves la pobreza en la carne de un hombre, de una mujer, de un niño, ¡esto sí que nos interpela!». Pero, por el contrario, se difunde la costumbre de «huir de la necesidad, de no acercarnos o enmascarar un poco la realidad de los necesitados con las costumbres de la moda. Así nos alejamos de esta realidad. No hay más alguna distancia entre el pobre y yo cuando lo encuentro. En estos casos, ¿Cuál es mi reacción? ¿Dirijo la mirada a otro lugar y paso adelante? O ¿Me detengo a hablar y me intereso de su estado? Y si tú haces esto no faltara alguno que diga: “¡Pero este está loco al hablar con un pobre!” ¿Veo si puedo acoger de alguna manera a aquella persona o busco de librarme lo más antes posible? Pero tal vez ella pide solo lo necesario: algo de comer y de beber».
 
La experiencia del hambre, continuó el Pontífice, « es dura. Lo sabe quién ha vivido periodos de guerra o carestía. Sin embargo esta experiencia se repite cada día y convive junto a la abundancia y al derroche». El Papa recordó las palabras del apóstol Santiago («¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras?») para insistir en que «hay siempre alguien que tiene hambre y sed y tiene necesidad de mí. No puedo delegar a ningún otro. Este pobre necesita de mí, de mi ayuda, de mi palabra, de mi compromiso. Estamos todos comprometidos en esto». Por ello el milagro de Jesús de la multiplicación de los panes y de los peces «es una lección muy importante para nosotros. Nos dice que lo poco que tenemos, si lo ponemos en las manos de Jesús y lo compartimos con fe, se convierte en una riqueza superabundante».

 
Citando la encíclica «Caritas in veritate» de Benedicto XVI, Francisco recordó: ««Dar de comer a los hambrientos es un imperativo ético para la Iglesia universal. […] El derecho a la alimentación y al agua tiene un papel importante para conseguir otros derechos». Y pidió que recordemos las palabras d Jesús: «Yo soy el pan de vida» y «El que tenga sed, venga a mí». Para todos los creyentes, indicó, estas palabras son una provocación, llaman a reconocer que al dar de comer a los hambrientos y dar de beber a los sedientos se da «nuestra relación con Dios, un Dios que ha revelado en Jesús su rostro de misericordia».

Al final de la Audiencia, el Papa recibió como regalo un ostensorio hecho con las láminas de chabolas de Liberia, en Nairobi (Kenya), la mayor periferia del África subsahariana. Con la bendición de Papa Francisco, el ostensorio, una iniciativa de la fundación de la Casa del espíritu y de las artes, viajará por las diócesis de Italia y del mundo, representando, con ese metal pobre, de descarte, el amor de Jesús por los pobres y marginados.
 

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