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“Si el pastor piensa en el poder, acabará con sus sobrinos esperando la herencia”

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Todos podrán abandonarlos, pero no Dios. Los pastores que siguen a Jesús y no el poder, el dinero o los grupos, aunque se queden solos y desolados, nunca estarán «amargados», porque el Señor siempre estará a su lado. Palabra de Papa Francisco.

Comentando la Segunda Carta a Timoteo en la homilía de esta mañana, este 18 de octubre de 2016, el Pontífice reflexionó en la capilla de la Casa Santa Marta sobre el final de los Hechos de los Apóstoles que, como San Pablo al final de sus días, deben afrontar el drama de la soledad en momentos de dificultades. Los apóstoles son despojados, atacados e incluso piden limosna.

El Obispo de Roma subrayó: « Solo, mendicante, víctima del encarnizamiento, abandonado. Pero es el gran Pablo, ¡el que ha oído la voz del Señor, la llamada del Señor! Aquel que fue de una parte a otra, que sufrió tantas cosas y tantas pruebas por la predicación del Evangelio, el que hizo comprender a los Apóstoles que el Señor quería que también los Gentiles entraran en la Iglesia. El gran Pablo que en la oración subió hasta el Séptimo Cielo y oyó cosas que nadie había oído antes: el gran Pablo, allí, en aquella pequeña habitación de una casa, aquí, en Roma, en espera de cómo terminaría esta lucha dentro de la Iglesia entre las partes, entre la rigidez de los judaizantes y aquellos discípulos fieles a él».

Así acaba la existencia del «gran Pablo, en la desolación: no en el resentimiento y en la amargura, sino con la desolación interior».
 
Lo mismo pasó con San Pedro y San Juan el Bautista, que «en la celda, solo y angustiado», envía a sus discípulos a preguntar a Jesús si es Él el Mesías, y termina degollado «por el capricho de una bailarina y la venganza de una adúltera». El siglo pasado sucedió algo parecido con Maximiliano Kolbe, «que había hecho un movimiento apostólico en todo el mundo y tantas cosas grandes», y murió en la celda de un campo de concentración.

«El apóstol, cuando es fiel –subrayó Papa Francisco– no espera otro fin que el mismo de Jesús». Pero el Señor permanece cerca de él, «no lo deja y allí encuentra su fuerza». Así muere Pablo. «Ésta es la Ley del Evangelio: si la semilla de trigo no muere, no da fruto». Después viene la resurrección. Un teólogo de los primeros siglos decía que la sangre de los mártires es la semilla de los cristianos: «Morir así como mártires, como testigos de Jesús es la semilla que muere y da fruto y llena la tierra de nuevos cristianos. Cuando el pastor vive así no está amargado: quizás sienta desolación, pero tiene aquella certeza de que el Señor está junto a él. Pero cuando el pastor, en su vida, se  ocupa de otras cosas que no son los fieles – por ejemplo, está apegado al poder, está apegado al dinero, está apegado a los acuerdos, está apegado a tantas cosas – al final no estará solo, quizás estarán los sobrinos, que esperan que muera para ver qué cosa pueden llevarse».

«Cuando voy a visitar la casa para sacerdotes ancianos —concluyó Papa Bergoglio— encuentro a tantos de estos buenos, buenos, que han dado la vida por los fieles. Y están allí, enfermos, paralíticos, en silla de ruedas, pero inmediatamente se ve aquella sonrisa. ‘Está bien, Señor; está bien, Señor’, porque sienten al Señor muy cerca de ellos. Y también aquellos ojos brillantes que tienen y preguntan: ‘¿Cómo va la Iglesia? ¿Cómo va la diócesis? ¿Cómo van las vocaciones?’. Hasta el final, porque son padres, porque han dado la vida por los demás. Volvamos a Pablo. Solo, mendicante, víctima del encarnizamiento, abandonado por todos, menos que por el Señor Jesús: ‘¡Sólo el Señor está cerca de mí!’. Y el buen pastor, el pastor debe tener esta seguridad: si él va por el camino de Jesús, el Señor estará cerca de él hasta el final. Recemos por los pastores que están en el final de su vida y que están esperando que el Señor se los lleve con Él. Y recemos para que el Señor les dé la fuerza, el consuelo y la seguridad de que, aunque se sientan enfermos e incluso solos, el Señor está con ellos, cerca de ellos. Que el Señor les dé a ellos la fuerza». 

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