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«La peor decisión es tratar bruscamente a Rusia»

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«La peor decisión es tratar bruscamente a Rusia». El historiador de la Iglesia ortodoxa Giovanni Codevilla, autor de una monumental «Historia de Rusia y de los países limítrofes» en cuatro volúmenes, acaba de publicar el último de la serie, «La nueva Rusia 1990-2015». Vatican Insider lo entrevistó en un momento en el que los clarines de la guerra se vuelven cada vez más siniestros y parecen volver a soplar los vientos de la Guerra fría en Europa.

Profesor, las últimas decisiones militares de la OTAN en relación con el este parecen llevar a un aislamiento de la Rusia de Putin. ¿Está volviendo la Guerra Fría?

Me parece un desastre cierta política exterior de los Estados Unidos. Solo hay que recordar qué sucedió en Irak o en Libia. Al no tener una historia diplomática, en este sentido son netamente inferiores a los rusos. Por ejemplo, está la colaboración que comenzó Putin con Erdogan, y después del derribo de un avión militar. Desgraciadamente Europa sufre la política exterior estadounidense. Debe existir una posibilidad para llegar a un «modus vivendi» con Rusia, hay que conocer su manera de pensar. La peor decisión es tratar bruscamente con los rusos.

Hablemos sobre el último volumen de su historia del país. ¿Qué encontró sobre la situación religiosa de la Rusia actual?

Hay que distinguir el punto de vista oficial de los datos de facto. Antes que nada, en 1990 fue promulgada una ley que garantizaba la absoluta libertad de culto a todas las religiones. Esta ley no le gustó mucho a los ortodoxos, y en 1997 Borís Yeltsin, a pesar de estar en contra, tuo que ceder y promulgar una nueva normativa que favoreciera más a la Iglesia ortodoxa, en la que se reconocen cuatro religiones «históricas» para Rusia: la ortodoxia, el islam, el budismo y el hebraísmo. Todas las demás pueden existir legítimamente siempre y cuando actúen en el ámbito de la propia comunidad y no hagan proselitismo.

¿Cómo es definido y comprendido el proselitismo en Rusia?

Hay una sentencia de la Corte Constitucional rusa que define el proselitismo como el intento de convertir mediante la violencia, el engaño y el dinero. Pero en realidad es prohibida como proselitismo cualquier actividad para convertir a la propia fe. El problema es la manera en la que se interpreta la ley. Y recientemente ha habido nuevas restricciones con normas que deberían funcionar para frenar el fundamentalismo islámico, pero que en realidad afectan principalmente a los cristianos evangélicos. Hay que reconocer que la historia todavía cuenta mucho. A finales del siglo XVI, el jesuita Possevino contaba que el zar Iván el Terrible, después de haber saludado a las delegaciones extranjeras, se lavaba las manos para descontaminarse…

Hablemos sobre las relaciones entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa rusa. El encuentro en Cuba entre el Papa y el Patriarca Kirill fue un paso importante…

Claro, fue importante. La relación, como se sabe, tiene claroscuros. Están las aperturas que espera la iglesia católica, está la extrema prudencia del mundo ortodoxo ruso. Ahora, después de la conclusión de los trabajos de la última sesión de la comisión para el diálogo católico-ortodoxo, que se llevó a cabo en Chieti (Italia), los ortodoxos rusos pidieron que se incluyera en la agenda el tema de los greco-católicos, de los «uniatas». Ellos presentan el problema al sostener que la vuelta a la plena comunión con Roma de las llamadas Iglesias «rutenas», es decir las que hasta finales del siglo XVII integraban la Confederación polaco-lituana, tuvo motivos principalmente políticos, debido a la injerencia de los soberanos polacos. En realidad, la cuestión es mucho más compleja…

¿Podría explicarla?

Incluso algunos historiadores rusos de la Iglesia reconocen que el fenómeno no se puede explicar solo con las presiones del soberano polaco. En aquella época intervino una fractura entre el episcopado y los laicos. El Patriarcado de Constantinopla le había dado un gran poder a las cofradías de los laicos, y los obispos prácticamente estaban «sometidos». Este fue uno de los motivos que llevaron a los obispos de las Iglesias «rutenas» a acercarse a Roma. También hay que recordar que estos obispos vieron el nacimiento del Patriarcado de Moscú, reconocido por el Patriarca de Constantinopla en 1589 después de que este último hubiera sido detenido bastante tiempo en Moscú en una especie de jaula de oro. Los obispos «rutenos», que habrían preferido permanecer con Constantinopla, decidieron dirigirse hacia Roma. Para volver al presente: es difícil imaginar que la Santa Sede pudiera abandonar a la Iglesia greco-católica más importante, es decir la ucraniana, que tiene millones de fieles en los Estados Unidos, en Sudamérica y en Australia. El problema ucraniano se complica por la existencia, como se sabe, de otras dos Iglesias al lado de la Iglesia vinculada con Moscú: la Iglesia ortodoxa del patriarcado de Kiev y la Iglesia autocéfala ucraniana, por no mencionar formaciones menores. Y el Patriarcado de Moscú teme una hemorragia de fieles hacia la Iglesia del Patriarcado de Kiev, en vista de una unificación de la Ortodoxia ucraniana, según la consigna preferida de los autocéfalos: «Una nación, una lengua, una Iglesia». Entre otras cosas, Ucrania es un país en el que la práctica religiosa todavía tiene mucha vida y fuerza, y en el que el número de las comunidades ortodoxas de las tres jurisdicciones (18.284) es superior al número de las comunidades ortodoxas de toda la Federación Rusa (16.076), y hay que tener en cuenta que la población rusa es tres veces la de Ucrania.

¿Dice esto porque cree que la práctica religiosa no es tan fuerte en el resto de la ex Unión Soviética?

De hecho, en Rusia aumenta el número de las iglesias, de los edificios de culto, que cuentan con financiamiento estatal, pero la práctica religiosa ha disminuido con respecto a los primeros años tras la caída del comunismo soviético, cuando, usando una expresión de Stefano Carpio, «se bautizaba con manguera», porque había muchísimas peticiones para volver a la fe después de la experiencia del ateísmo de Estado. Ahora, excepto en Navidad y Semana Santa, la frecuencia con la que la gente va a la Iglesia es baja, el proceso de secularización se advierte.

¿Cómo se comporta el Estado?

La ortodoxia se ha convertido en la religión del Estado. El Estado se plantea como protector de la Iglesia y esta se plantea como elemento de legitimidad del poder (primero del zar y ahora del presidente). Putin sostiene a las organizaciones que defienden los valores cristianos. Y por esto le gusta a los tradicionalistas del Occidente.
 

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